INFRA ROJO
Minsa, Maseca y la hambruna que germinó bajo la Cuarta
Transformación
Crónica del colapso del maíz mexicano: entre los
discursos de autosuficiencia y la dependencia que alimenta la desigualdad
Por Jose Rafael Moya Saavedra
En 2025, el maíz mexicano
—símbolo nacional y sustento de millones— atraviesa una crisis que revela la
fragilidad del campo, la concentración industrial y el fracaso de las políticas
de apoyo. Mientras las grandes agroindustrias multiplican sus ganancias, los
productores pierden su tierra y el país su soberanía alimentaria.
I. Amanecer sobre la milpa vacía
El sol apenas asoma sobre los surcos secos de Guasave. Manuel
Ortega, de 63 años, mira su parcela como quien observa una herida abierta. “Antes
el maíz era vida. Hoy es deuda”, dice mientras aplasta entre los dedos
una mazorca pequeña, amarillenta.
No sembró este año: la tonelada
se paga en 3 200 pesos, y producirla cuesta casi el doble.
En Sinaloa, Chihuahua y
Zacatecas, miles de productores hicieron lo mismo. Dejaron descansar la tierra,
o tal vez la abandonaron.
La sequía, el aumento de los
insumos y la caída internacional del precio del maíz han puesto al campo
mexicano contra la pared.
Las carreteras se llenan de
tractores y pancartas; los pueblos, de conversaciones amargas.
El maíz —la raíz de México, su símbolo y su alimento—
atraviesa la peor crisis de su historia moderna.
II. Los hilos invisibles del mercado
La historia empieza lejos, en los
tableros electrónicos de la Bolsa de Chicago. Ahí, los futuros del maíz se
desplomaron más del 50 % desde 2022. Estados Unidos, Brasil y Ucrania
produjeron volúmenes récord, inundando el mercado mundial.
México, por el T-MEC, fija su
precio interno según esas cotizaciones. El resultado: los agricultores
mexicanos venden su grano con precios dictados por el norte, pero con costos
mucho más altos.
“Nos dicen que el mercado es libre —explica un
productor del Bajío—, pero libre solo para perder.”
La sobreoferta mundial y la
apreciación del peso frente al dólar abarataron las importaciones.
El 99 % del maíz que México compra proviene de Estados Unidos, y más del 90 %
de ese grano es transgénico. Ironía cruel: el país que domesticó el maíz
depende ahora del maíz modificado de su vecino.
III. La tormenta climática
A la tormenta económica se sumó
la ambiental. El cambio climático redujo lluvias y secó canales de riego. Los
campos de Sinaloa, antes verdes y ordenados, se transformaron en espejos de
polvo. Los rendimientos cayeron hasta un 40 %. El maíz —tan resistente en la
cosmovisión ancestral— se volvió frágil ante la realidad del siglo XXI.
Sin financiamiento ni seguros
agrícolas, los productores quedaron a la intemperie.
La desaparición de la Financiera Nacional de Desarrollo fue un golpe
invisible, pero letal: sin crédito, no hay siembra; sin siembra, no hay país.
IV. El mapa del poder: quién gana con la crisis
El maíz mexicano tiene dueño, y
no está en el campo. Empresas como Maseca (Gruma), Minsa y Cargill
controlan casi el 87 % de las compras nacionales. Imponen precios, plazos y
condiciones. Compran a bajo costo, procesan y venden con márgenes de hasta 200
%.
Entre el productor y el
consumidor se abre un abismo donde desaparece el dinero y florecen los
intermediarios.
Los “coyotes”
recorren los pueblos ofreciendo pagos inmediatos: compran barato el grano, lo
almacenan y lo revenden caro. Para muchos campesinos, venderles es la única
opción para sobrevivir.
“Nosotros sembramos el maíz, pero ellos cosechan el
dinero”, dice una productora de Zacatecas.
La tortilla no baja de precio. El kilo se mantiene arriba de
22 pesos, aunque el productor reciba menos que nunca. La ecuación es simple: al
consumidor le cuesta más; al campesino, le deja menos.
V. El campo que protesta
En el norte, los tractores
bloquean autopistas. En el sur, las comunidades indígenas realizan marchas
silenciosas con mazorcas secas en las manos. Piden algo que suena elemental: un
precio de garantía justo, que cubra el costo real de producción.
El gobierno federal respondió con
mesas de diálogo, apoyos directos y créditos blandos. También anunció en
octubre de 2025 la creación del Sistema Mexicano de Ordenamiento de Mercado
y Comercialización del Maíz, una plataforma que busca establecer precios de
referencia antes de la siembra y promover ventas directas entre productores e
industria.
Sobre el papel, el sistema
promete ordenar el caos. En la práctica, las negociaciones avanzan lento y los
campesinos no ven resultados.
“Nos piden paciencia”, dice un líder agrario de
Nayarit, “pero la tierra no espera.”
VI. Dependencia estructural y vulnerabilidad
México importa tanto maíz como el
que produce. En los últimos treinta años, la autosuficiencia alimentaria
cayó del 72 % al 42 %. El país es hoy más dependiente que nunca del grano
extranjero.
Y esa dependencia es un riesgo estratégico: una disputa comercial, una sequía
en el Medio Oeste estadounidense o una devaluación podría poner al país en
jaque alimentario.
Además, casi todo el maíz importado
es transgénico amarillo, destinado a la ganadería y la industria, pero
con trazabilidad limitada.
Nadie puede asegurar que no
termine en la cadena de consumo humano.
La frontera entre lo permitido y lo real es tan porosa como la que divide las
economías de ambos países.
VII. Los rostros del desequilibrio
Mientras el pequeño productor
vende con pérdidas, las grandes agroindustrias reportan ganancias récord en sus
estados financieros. Mientras un campesino en Zacatecas deja la tierra, una empresa exportadora acumula inventarios para revenderlos con el doble de
margen.
El maíz, que alguna vez fue el
eje de una cultura comunitaria, hoy reproduce la desigualdad: unos pocos ganan mucho; millones pierden todo.
“La tragedia no es que el maíz haya perdido valor”,
comenta un académico del Colegio de Postgraduados, “sino que perdió
justicia.”
VIII. Escenarios del porvenir
Los expertos visualizan tres caminos posibles:
- La
continuidad: seguir atados a la Bolsa de Chicago y al libre mercado,
con más importaciones y menos producción local.
- La
intervención regulatoria efectiva: consolidar el nuevo sistema de
comercialización, con precios de referencia y control sobre
intermediarios.
- La
reforma estructural: reactivar la banca rural, invertir en
tecnificación sustentable y crear un esquema nacional de precios de
garantía basado en productividad real y justicia social.
Sin estas medidas, advierten, el
país seguirá caminando sobre un campo de incertidumbre,
sembrando maíz y cosechando dependencia.
IX. Colofón: la semilla que resiste
En la comunidad de San Miguel del
Monte, en Michoacán, un grupo de mujeres guarda semillas criollas en frascos de
vidrio. Las cuidan como quien custodia la memoria. No reciben subsidios ni
créditos, pero cada año siembran lo que llaman “el maíz del alma”.
“Si dejamos de sembrarlo, nos morimos por dentro”,
dice doña Estela, levantando una mazorca roja brillante.
En esa imagen —la semilla en la
mano de una mujer que no se rinde— cabe toda la paradoja de México: un país que
alimentó al mundo, pero que hoy lucha por no perder su propio alimento.
El futuro del maíz no solo se
juega en los mercados o en las leyes. Se juega en la tierra, en la fe y en la
voluntad de quienes aún creen que sembrar es un acto de resistencia.