lunes, 23 de febrero de 2026

 

INFRA ROJO |Serie:  Calor extremo 2026 (6)

La temporada que dejó de ser excepción

NFRA ROJO · Entrega 6

QUÉ HACER (CIUDADANÍA) | Cuidarse sin romantizar la resistencia

 Por Jose Rafael Moya Saavedra

A media tarde, alguien busca sombra pegándose a la pared de un edificio.
Cambia de banqueta para caminar unos metros menos bajo el sol.
Compra una botella de agua tibia en una tienda.
Se detiene cinco minutos aunque llegue tarde.

Eso también es gestión del riesgo.
Pequeña, cotidiana, silenciosa.

En la Ciudad de México la autoprotección frente al calor no ocurre en manuales, ocurre en decisiones mínimas: moverse antes, detenerse cuando se puede, tomar agua, aunque no haya sed, evitar el esfuerzo innecesario cuando el cuerpo ya va justo.

Pero hay que decirlo claro: cuidarse no es heroísmo, y resistir no debería ser la norma.

La narrativa dominante suele cargar la responsabilidad en la persona: “hidrátate”, “usa bloqueador”, “evita el sol”. Todo eso sirve, sí, pero tiene límites muy claros en una ciudad donde millones no controlan su tiempo ni su espacio.

Aun así, hay acciones que reducen daño real cuando el calor aprieta:

Hidratarse de forma programada, no reactiva. No esperar a tener sed: cuando llega, el cuerpo ya va tarde.

Mover el trabajo de campo a la mañana temprana o al final de la tarde cuando sea posible.
No siempre se puede, pero cuando se puede, hace diferencia.

Buscar sombra como estrategia, no como casualidad. Conocer las rutas, los parques, los edificios públicos, los espacios cerrados donde el cuerpo puede bajar revoluciones.

Escuchar los primeros síntomas: mareo, dolor de cabeza, fatiga rara, náusea. No minimizarlos. No “aguantarlos”.

Cuidar a otros: niñas, niños, personas mayores, enfermos crónicos. El golpe de calor rara vez es súbito; casi siempre avisa.

Pero Infra Rojo marca una línea clara: la autoprotección no sustituye la responsabilidad colectiva ni estatal.

Porque hay gente que no puede elegir sombra.
Porque hay trabajos que no se pueden reprogramar solos.
Porque hay viviendas donde el calor no se va ni de noche.

Ahí la recomendación individual se queda corta.

El riesgo empieza cuando el discurso se vuelve moral: “si te pasó algo, fue porque no te cuidaste”. No. Muchas veces fue porque la ciudad no estaba diseñada para cuidarte.

Marzo 2026 va a poner esta tensión sobre la mesa antes de tiempo. Más calor, más horas críticas, más cuerpos forzados a aguantar.

Y una narrativa que todavía insiste en la resistencia individual como solución.

Infra Rojo no desacredita el autocuidado. Lo coloca en su lugar real: como contención, no como respuesta estructural.

 

domingo, 22 de febrero de 2026

 


INFRA ROJO |Serie:  Calor extremo 2026 (5)

La temporada que dejó de ser excepción

INFRA ROJO · Entrega 5

QUIÉN | Los cuerpos que cargan el calor

 Por Jose Rafael Moya Saavedra

El calor no afecta a “la población”.
Afecta a cuerpos concretos, en rutinas concretas.

        A las doce del día, bajo el sol directo, el obrero sigue colando concreto en una obra del sur de la ciudad. La camisa ya no se seca. El casco guarda calor. El descanso se retrasa porque la obra no se puede parar. Nadie le pregunta cómo se siente. El calor no es accidente laboral reconocido; es parte del paisaje.

        En la banqueta, la vendedora ambulante ajusta la sombrilla. Lleva horas de pie. Toma refresco porque es lo que hay. El mareo aparece despacio, como si fuera cansancio normal. Tiene que aguantar: si se mueve, pierde el lugar; si se sienta, vende menos. El calor no da permiso.

        En el transporte público, el adulto mayor viaja de pie. El vagón está lleno, el aire es espeso. La presión sube. La respiración se acorta. Nadie lo nota. El golpe de calor no siempre tumba; a veces va apagando.

        En la escuela, niñas y niños salen al recreo justo cuando el sol está más alto. Corren, juegan, se agitan. No tienen sed todavía, pero el cuerpo ya está perdiendo líquidos. No hay sombra suficiente. El horario sigue siendo el mismo porque “siempre ha sido así”.

Estos son los primeros rostros del riesgo térmico en la Ciudad de México.

No aparecen en los comunicados.
No salen en los mapas generales.
Pero sostienen la ciudad mientras el calor aprieta.

        También están quienes trabajan en la calle sin uniforme ni contrato: repartidores, policías, barrenderos, personal de limpia, vigilantes. Personas que pasan horas expuestas porque su trabajo depende de estar ahí, aunque el cuerpo ya esté pidiendo pausa.

        Y están los periodistas, fotógrafos, investigadores en campo. Caminan, esperan, documentan. Cargan equipo. Saltan de sombra en sombra. El riesgo no es solo físico; es de atención, de juicio, de errores. El calor también nubla decisiones.

El patrón se repite:
quien puede refugiarse, se protege;
quien no puede, resiste.

Ahí el calor se vuelve factor de desigualdad.

        No es que unas personas sean más frágiles por naturaleza. Es que algunas vidas están organizadas de tal forma que no tienen margen térmico. No pueden ajustar horarios, no pueden dejar de salir, no pueden apagar el cuerpo cuando la ciudad sigue encendida.

        Marzo 2026 adelanta este escenario. Lo empuja hacia adelante. Obliga a cuerpos cansados a adaptarse antes de tiempo, sin preparación, sin protocolos claros, sin respaldo institucional suficiente.

    Infra Rojo insiste en nombrarlos porque el riesgo empieza aquí: cuando el calor se normaliza sobre quienes menos capacidad tienen de evitarlo.

 

sábado, 21 de febrero de 2026

 


INFRA ROJO |Serie:  Calor extremo 2026 (4)

La temporada que dejó de ser excepción

INFRA ROJO · Entrega 4

DÓNDE | Los lugares donde el calor pega primero

 Por Jose Rafael Moya Saavedra

En la Ciudad de México el calor no se reparte parejo. Tiene dirección, tiene altura, tiene clase social.

Mientras en algunas colonias el calor se mitiga con árboles, sombra y espacios cerrados, en otras se acumula sin escape. Basta cruzar una avenida, subir o bajar unos metros, para sentir la diferencia. El riesgo térmico tiene mapa, aunque casi nadie lo mire así.

En el oriente de la ciudad —Iztapalapa, parte de Gustavo A. Madero, Nezahualcóyotl— el sol cae sobre calles con poco arbolado, superficies duras y viviendas que guardan calor. Las casas de lámina o concreto sin ventilación se convierten en hornos. Aquí el calor no termina cuando se mete el sol.

En el centro histórico y las zonas de alta densidad, el problema es otro: edificios antiguos que concentran calor, banquetas saturadas, tráfico constante. El asfalto no descansa. El aire no corre. El cuerpo tampoco. El riesgo se camufla entre turistas, vendedores y oficinistas que siguen moviéndose como si nada.

En los corredores viales —Periférico, Insurgentes, Circuito Interior— el calor se mezcla con contaminación. No es solo temperatura: es sensación térmica, gases, ozono, ruido, estrés. Aquí el riesgo no es quedarse quieto, es tener que cruzar todos los días.

Y luego están las periferias altas y los bordes verdes de la ciudad.

Ajusco, Chichinautzin, Milpa Alta, Desierto de los Leones. Zonas que todavía refrescan por la mañana, pero que en temporada seca se vuelven frágiles. La vegetación pierde humedad. El suelo se vuelve combustible. Un incendio ahí no se queda ahí. El humo baja, se mete en la cuenca, entra a los pulmones de la ciudad.

El calor viaja.

Por eso la Zona Metropolitana del Valle de México es una sola historia. Toluca, Naucalpan, Tlalnepantla, Ecatepec, Chalco, Texcoco: cada municipio siente el calor de forma distinta, pero lo comparte. La cuenca no reconoce límites administrativos. El aire tampoco.

Hay colonias con margen de adaptación: árboles, parques, edificios con ventilación, acceso a agua, horarios flexibles.

Y hay otras que viven en exposición constante: calor, transporte largo, trabajo al aire libre, viviendas precarias.

Ahí el riesgo no es meteorológico. Es social.

Marzo 2026 llega cuando estas diferencias ya están marcadas. No las crea, las acentúa. Lo que antes era incomodidad se vuelve desgaste. Lo que antes se toleraba se vuelve peligroso.

Infra Rojo pone el foco aquí porque el “dónde” define casi todo:

  • dónde se enferma primero la gente,
  • dónde se disparan las contingencias,
  • dónde se queman los cerros,
  • dónde el calor deja de ser anécdota y se vuelve rutina hostil.

 

 

viernes, 20 de febrero de 2026

 


INFRA ROJO |Serie:  Calor extremo 2026 (3)

La temporada que dejó de ser excepción

INFRA ROJO · Entrega 3

CUANDO | Las horas en que la ciudad se vuelve peligrosa

Por Jose Rafael Moya Saavedra

En la Ciudad de México el riesgo no entra de golpe. Entra por horas.

        A las seis de la mañana todavía se puede abrir la ventana. El aire es fresco. En zonas altas del sur o del poniente incluso hay frío. Ese primer tramo del día refuerza la idea de que “no está tan mal”, de que el calor será soportable.

Pero el reloj empieza a correr.

        Entre las diez y las once de la mañana, el sol ya no ilumina: incide. La radiación se vuelve directa sobre una ciudad hecha de concreto, asfalto y vidrio. No hay nubes que filtren, no hay viento suficiente que limpie. La CDMX empieza a calentarse desde el suelo hacia arriba.

A partir de ahí, cada hora suma riesgo.

        Entre las 11:00 y las 16:00 se abre la ventana crítica. Es el periodo en el que coinciden casi todos los factores:

  • máxima radiación solar,
  • temperaturas en ascenso,
  • tráfico intenso,
  • mayor actividad laboral y escolar,
  • aire estancado en la cuenca.

        Es la franja horaria donde el calor deja de ser incomodidad y empieza a ser amenaza fisiológica. El cuerpo se deshidrata más rápido. La presión arterial se descompensa. La fatiga nubla decisiones. Y, sin embargo, es justo cuando más gente está en la calle.

La ciudad sigue funcionando porque siempre ha funcionado así.

Pero el problema no es solo el mediodía.
El problema es la acumulación.

        Cuando marzo llega más caliente de lo habitual, el sistema urbano no alcanza a “enfriarse” de un día para otro. Las noches no disipan del todo el calor almacenado. Las azoteas siguen calientes. El concreto sigue irradiando. El cuerpo empieza el siguiente día sin haber recuperado del todo.

        Ahí aparece el segundo momento crítico: el tercer o cuarto día consecutivo de calor.

        No importa tanto el pico aislado, sino la persistencia. Tres días seguidos con calor y radiación intensa bastan para disparar:

  • más contingencias ambientales,
  • más consultas médicas,
  • más errores operativos,
  • más incendios periféricos.

La CDMX no colapsa el primer día. Se desgasta.

        Marzo 2026 es especialmente delicado por eso: llega antes de que la ciudad entre mental y operativamente en “modo calor”. Todavía hay actividades físicas al aire libre sin ajuste. Todavía no se reprograman horarios. Todavía se subestima el riesgo porque “no es mayo”.

Y luego está el tercer tiempo del riesgo: la tarde.

        Entre las cuatro y las siete, cuando el sol empieza a bajar, el calor no desaparece. Se queda atrapado. El aire sigue sucio. El tráfico se intensifica. El cansancio acumulado del día pesa más. Es una franja silenciosa, pero peligrosa, donde se mezclan fatiga, contaminación y estrés.

Finalmente, llega la noche.
No refresca como antes.

            Las temperaturas mínimas suben poco a poco, imperceptiblemente. Dormir cuesta más. El cuerpo no descansa igual. Al día siguiente, el umbral de tolerancia al calor es más bajo. El ciclo se repite.

        Eso es lo que hace distinto al riesgo térmico en la Zona Metropolitana del Valle de México: no es un evento, es una secuencia.

Horas críticas dentro de días críticos dentro de meses cada vez más largos.

Y mientras tanto, la ciudad no ajusta su ritmo.
Las escuelas no cambian horarios.
Las obras siguen al sol.
El transporte sigue saturado.
Los parques se llenan justo cuando el ozono está más alto.

I        nfra Rojo subraya esto porque aquí se juega la prevención real: el riesgo no se gestiona solo con pronósticos, sino con reconocimiento del tiempo peligroso.

Marzo 2026 no será crítico todo el día, todos los días.
Será más inquietante: lo será por momentos, suficientes para cobrar factura si no se reconocen.

 

jueves, 19 de febrero de 2026

 

INFRA ROJO |Serie:  Calor extremo 2026 (2)

La temporada que dejó de ser excepción

INFRA ROJO · Entrega 2

CÓMO | La ciudad se convierte en trampa térmica

Por Jose Rafael Moya Saavedra

Es jueves.

Son las dos de la tarde y el cielo sobre la Ciudad de México está limpio, casi bonito. No hay nubes, no hay lluvia, no hay viento. En el celular aparece la notificación: contingencia ambiental por ozono. La mayoría la lee rápido. Algunos ni siquiera la abren.

En el parque, la gente sigue corriendo.
En la obra, los trabajadores no se detienen.
En la avenida, el tráfico avanza lento, soltando calor y gases invisibles.
La ciudad no se detiene porque nunca aprendió a detenerse por calor.

Así es como empieza el problema.

El calor en la CDMX no se vive como incendio o inundación. Se vive como acumulación. El sol calienta el asfalto, el concreto, las azoteas. La ciudad guarda ese calor como una esponja. Al mediodía lo devuelve. Por la tarde lo retiene. Por la noche apenas lo suelta.

Eso se llama isla de calor urbano.
Y en el Valle de México funciona como una trampa.

La cuenca encierra el aire. La radiación solar acelera las reacciones químicas. Los contaminantes emitidos por autos, transporte de carga, gas LP, industria y solventes se transforman en ozono. No hace falta que la temperatura sea extrema: basta con que sea constante.

Cada grado cuenta.
Cada hora sin viento suma.

El resultado no es inmediato, pero es predecible: más días con mala calidad del aire, más contingencias, más gente respirando un cóctel de calor y contaminación que el cuerpo no sabe procesar bien.

Aquí el calor no mata de golpe. Debilita.

Debilita a quien camina largas distancias.
A quien trabaja en la calle.
A quien tiene presión alta, asma, problemas cardiacos.
A quien cree que “no pasa nada” porque el cielo está azul.

Y mientras tanto, los sistemas empiezan a resentirlo.

En los hospitales, las consultas por deshidratación, cefaleas, crisis hipertensivas y fatiga extrema se adelantan al calendario. No es una avalancha, es un goteo constante que ocupa camas, turnos y personal. El calor no colapsa el sistema de salud; lo desgasta.

En la red eléctrica, los aires acondicionados, ventiladores y equipos de refrigeración empiezan a encenderse antes de lo habitual. Todavía no es el pico de mayo, pero la curva ya va en subida. Cada día caluroso es un ensayo general del estrés que vendrá después.

En los bosques que rodean la ciudad —Ajusco, Chichinautzin, Milpa Alta, Desierto de los Leones— la vegetación se seca un poco más. No hace falta el gran incendio: basta una colilla, una quema mal apagada, una chispa mínima. El humo no se queda en el cerro. Baja a la ciudad.

Y entonces el calor deja de ser solo calor.
Se vuelve contaminación.
Se vuelve humo.
Se vuelve riesgo sanitario.

Todo ocurre al mismo tiempo, pero no se ve como crisis. Se ve como día normal con mala suerte.

Ese es el mecanismo más peligroso del calor en la CDMX: funciona dentro de la normalidad.

No hay sirena que avise cuando la ciudad entra en trampa térmica. No hay semáforo que marque “sistema al límite”. Solo hay señales dispersas que aprendimos a ignorar: dolor de cabeza, cansancio temprano, aire pesado, notificaciones que se descartan.

Infra Rojo insiste en esto porque ahí está el quiebre: el calor extremo no necesita espectáculo para ser riesgo. Le basta con repetirse.

Marzo 2026 no inaugura el problema, pero sí lo acelera. Es el mes donde la trampa empieza a cerrarse más temprano y durante más horas. El ensayo general de una temporada larga en la que la ciudad seguirá funcionando… aunque ya no funcione bien.

miércoles, 18 de febrero de 2026

 


INFRA ROJO |Serie:  Calor extremo 2026 (1)

La temporada que dejó de ser excepción

INFRA ROJO · Entrega 1

QUÉ | Marzo dejó de ser primavera en la Ciudad de México

Por Jose Rafael Moya Saavedra

A las siete de la mañana, la Ciudad de México todavía engaña.

En Coyoacán, en la Narvarte, en Toluca o en Neza, la gente sale con su rutina intacta: chamarra ligera, café en vaso térmico, el pensamiento puesto en el tráfico y no en el clima. Marzo siempre fue así. El último respiro antes del calor “de verdad”. Una tregua entre el frío que se va y las lluvias que algún día llegarán.

Pero a las once la ciudad empieza a cambiar de piel.

El sol cae vertical sobre el Valle de México. No hay nubes, no hay viento. El aire se vuelve denso. El asfalto del Periférico, de Insurgentes, de la México–Toluca, empieza a devolver el calor como si la ciudad respirara hacia afuera. El trayecto que normalmente se soporta se vuelve pesado. La cabeza duele. El cuerpo se cansa antes. Nadie habla de emergencia, pero la incomodidad se vuelve colectiva.

Eso es lo que trae marzo 2026 a la CDMX: no un golpe súbito, sino una tensión que se instala.

Durante décadas pensamos el calor como un problema del verano, de mayo o de junio. Marzo era transición. Un mes noble. Hoy ya no. Marzo se ha convertido en el punto donde el sistema urbano empieza a crujir sin hacer ruido.

En la Ciudad de México el calor no actúa solo. Aquí se mezcla con todo:

  • con la contaminación que se cocina al mediodía,
  • con la falta de viento que encierra el aire sucio en la cuenca,
  • con la presión sobre el transporte, la electricidad y los hospitales,
  • con millones de personas obligadas a seguir funcionando como si nada pasara.

El calor en la CDMX no se vive, se administra mal.

A diferencia de otras regiones, aquí las temperaturas no siempre rompen récords espectaculares. No hacen falta 45 grados para que el riesgo aparezca. Basta con varios días consecutivos arriba de 28 o 30 grados, con radiación intensa y cielo limpio, para que la ciudad entre en modo frágil.

El ozono sube.
Las contingencias ambientales se asoman.
Las actividades físicas al aire libre se vuelven peligrosas, aunque nadie las suspenda.
Los hospitales empiezan a ver más consultas por deshidratación, presión alta, fatiga extrema.

Y todo eso ocurre sin una narrativa de riesgo clara.

Porque marzo no suena a emergencia.
Porque la primavera sigue apareciendo en el calendario.
Porque el calor todavía se confunde con “buen clima”.

Ahí está el error.

Marzo 2026 se perfila como un mes bisagra para el Valle de México: el momento en que el invierno se retira de golpe y el calor se instala antes de que la ciudad esté preparada para gestionarlo. No es solo un cambio de temperatura; es un cambio de régimen.

Las mañanas frescas engañan.
El mediodía castiga.
La tarde acumula.
La noche no alcanza a disipar.

Y mientras tanto, la ciudad sigue operando al límite: escuelas abiertas, obras en marcha, jornadas laborales intactas, tráfico interminable, parques llenos, vendedores en la calle bajo el sol directo. El riesgo se reparte de manera desigual, pero se construye de forma colectiva.

Infra Rojo no habla de un colapso inmediato. Habla de algo más incómodo: de cómo la Ciudad de México se está acostumbrando a funcionar cada vez más cerca del punto de falla.

Marzo ya no es el mes amable que recordábamos.
Es el aviso temprano de una temporada larga, seca y exigente.
Una advertencia que, si se ignora, reaparece más adelante en forma de contingencia, incendio, apagón o saturación hospitalaria.

En la CDMX, el calor no grita.
Se filtra.

Y cuando por fin se reconoce como problema, ya lleva semanas trabajando en silencio.

 

miércoles, 11 de febrero de 2026

 


"INFRA ROJO | Cuando el simulacro deja de serlo".

Antes, durante y después "Si el sismo del 18 de febrero ocurre¡¡¡"

Por Jose Rafael Moya Saavedra

Antes

La familia López vio el anuncio en el celular una semana antes:
“18 de febrero, 11:00 horas. Simulacro por sismo. Magnitud 7.2. Epicentro en Oaxaca.”

Lo comentaron en la cena, sin mucha ceremonia.
—“Hay que bajar”, dijo alguien.
—“Sí, como siempre”, respondió otro.

Nadie habló de rutas.
Nadie revisó la mochila que nunca existió.
El mueble alto seguía sin anclaje.
El tanque de gas no se revisó.
El punto de reunión era una idea vaga: “nos vemos afuera”.

No fue mala fe. Fue algo más peligroso: costumbre.

La costumbre de creer que saber salir es lo mismo que estar preparado.
La costumbre de pensar que el simulacro es el fin, no el medio.

Durante

A las 11:00 en punto, sonó la alerta.
En el celular.
En la calle.
En la cabeza.

Los López hicieron lo que habían hecho otras veces: tomaron llaves, cerraron puertas, bajaron las escaleras. El cronómetro corría. Todo parecía ordenado.

Pero entonces ocurrió lo que nadie quiere imaginar y todos deberían considerar:
el movimiento empezó de verdad.

Primero leve.
Luego más fuerte.

Ya no era simulacro.

El padre dudó:
—“¿Seguimos bajando?”
La madre miró a los niños, uno llorando, otro paralizado.
El vecino gritó algo contradictorio.
El edificio crujió.

No hubo plan.
Solo instinto.

Hicieron lo que pudieron.
No lo que habían ensayado.

Después

El temblor terminó.

Los López estaban vivos.
Pero no estaban preparados.

No sabían dónde encontrarse.
El celular de uno no tenía señal.
La mochila no existía.
El niño necesitaba un medicamento que estaba dentro del departamento.
La madre no sabía a quién avisar.
El padre no sabía si el edificio era seguro.

A su alrededor, la escena se repetía:
personas sentadas en el piso,
llamadas que no entraban,
miradas buscando autoridad,
preguntas sin respuesta.

El simulacro había servido para salir.
Pero no para sobrevivir.

Y ahí, entre el polvo y el silencio incómodo, apareció la verdad que nadie anuncia en conferencias de prensa:

El riesgo no se gestiona cuando suena la alerta.
Se gestiona mucho antes.

Epílogo Infra Rojo

Al día siguiente, los comunicados dirán que el simulacro fue un éxito.
Que la evacuación fue ordenada.
Que los tiempos mejoraron.

Los reportes celebrarán tiempos de evacuación, no la ausencia de protocolos familiares ni de planes para población dependiente.

De los niños sin plan.
De los adultos mayores sin apoyo.
De las mochilas inexistentes.
De la supervivencia improvisada.

… Porque eso no luce en el informe.
Pero eso es lo que define quién vive mejor cuando el simulacro deja de serlo.
Cuando el ejercicio se vuelve real, la diferencia no es el tiempo... es la preparación.

lunes, 9 de febrero de 2026

 

INFRA ROJO

Mucho simulacro, poca preparación

Por Jose Rafael Moya Saavedra

El 18 de febrero de 2026, a las 11:00 horas, la ciudad volverá a ensayar.
Sonará la alerta sísmica, habrá comunicados oficiales, spots, infografías, conteos regresivos y recordatorios insistentes: habrá simulacro. La hipótesis es clara: sismo de magnitud 7.2, con epicentro cercano a Pinotepa Nacional, Oaxaca, perceptible con fuerza en la Zona Metropolitana del Valle de México.

Todo eso está bien.
Lo que no está bien es lo que no se anuncia con la misma intensidad.

Porque mientras el simulacro se promociona con bombo y platillo, la preparación real —la que permite sobrevivir y no solo correr— sigue siendo marginal, fragmentaria y, en muchos casos, inexistente.

El simulacro mide tiempos; la prevención salva vidas.

La gran contradicción

Se nos pide no entrar en pánico, pero no se nos dan herramientas suficientes para resistir un sismo real.

Se nos convoca a evacuar ordenadamente, pero no se nos exige ni acompaña para reducir riesgos antes del movimiento ni para enfrentar el después.

Evacuar es importante.
Pero evacuar no es sobrevivir.

Sobrevivir depende de lo que se hizo antes:

de la vivienda revisada o no,

del mueble anclado o no,

del plan familiar que existe o no,

de la mochila preparada o inexistente,

de los acuerdos claros o de la improvisación.

Y ahí está el vacío.

La negligencia acumulada

El riesgo casi nunca mata por sorpresa; mata por negligencia acumulada.

Negligencia que se tolera durante años:

  • salidas de emergencia usadas como bodegas;
  • rutas invadidas “temporalmente”;
  • edificios sin evaluación estructural;
  • familias que nunca han hablado de qué hacer si se separan;
  • escuelas y centros de trabajo con protocolos en papel, pero sin hábitos.

El día del simulacro todo se ve ordenado. El día real, no siempre.

Datos que incomodan

Tras los sismos de 2017, más del 75% de los inmuebles dañados en la Ciudad de México fueron viviendas. A pesar de ello, solo alrededor del 6.5% de las casas en el país cuenta con un seguro por riesgo catastrófico.

No es una percepción: es una radiografía de la falta de preparación.

Para 2026, la ciudad ha programado tres simulacros sísmicos en el año como parte de la estrategia para “fortalecer la cultura de la prevención”.

No existe, en cambio, un esfuerzo equivalente y sostenido para que cada familia tenga un plan mínimo, para que las viviendas se revisen de forma accesible, o para que la prevención deje de ser una recomendación y se convierta en práctica cotidiana.

Hay alertas.
No hay acompañamiento suficiente.

Lo que sí debería anunciarse

Si el Estado puede coordinar alertas masivas, también puede coordinar prevención masiva.
        Con la misma fuerza mediática con la que se anuncia el simulacro, debería exigirse y promoverse que antes del ejercicio:

  • Cada familia tenga un punto de reunión acordado y una alternativa.
  • Cada vivienda identifique zonas de menor riesgo reales, no improvisadas.
  • Cada escuela y centro de trabajo asigne responsabilidades claras para el después del movimiento.
  • Se revisen condiciones físicas mínimas: salidas libres, puertas sin candado, mobiliario anclado.
  • Cada persona sepa qué necesita para las primeras 72 horas, no solo para los primeros 60 segundos.

La prevención no es vistosa.
No se fotografía bien.
No cabe en un boletín.

Pero es lo único que marca la diferencia cuando el simulacro deja de serlo.

Infra Rojo lo dice sin rodeos

El simulacro no es el problema.
El problema es creer que con eso basta.

Mientras se celebre la evacuación, pero se ignore la preparación previa, seguiremos entrenando para correr…
no para sobrevivir.

Y el día que el ejercicio resulte real, la pregunta no será si sonó la alerta,
sino quién estaba realmente listo.

Evacuar es un reflejo.
Sobrevivir es una decisión que se toma antes.

 

miércoles, 4 de febrero de 2026

 

INFRA ROJO · 72 / 24 / 12

Crónicas de una ciudad que ensaya el orden... pero no lo resiste

Por Jose Rafael Moya Saavedra

 

72 HORAS

El orden todavía respira

La ciudad no colapsa de inmediato.
Eso es lo primero que confunde.

Los edificios siguen en pie.
El cielo no se cae.
El tráfico, aunque torpe, se mueve.
El refrigerador sigue frío.




                Las primeras horas después de un evento grave —un sismo mayor, un apagón extendido, una inundación, una explosión… no parecen apocalípticos. Parecen una copia defectuosa de la normalidad.

Los semáforos funcionan intermitentes.
El celular prende, pero tarda.
Los mensajes llegan duplicados.
Las noticias se contradicen.

Alguien dice: “tranquilos, ya lo están atendiendo”. En el chat de vecinos circula el primer "comunicado oficial" reenviado, sin fuente.
Y todos quieren creerle.

Las 72 horas no son el caos.
Son el tiempo muerto entre el orden que conocíamos
y el que ya no va a volver igual

Casi nadie vive preparado para la incertidumbre.
Vivimos preparados para la rutina.
Para que todo funcione como siempre.
Para que alguien más se encargue.

En estas horas se revela la fragilidad de la vida urbana: … dependemos de sistemas que no vemos —subestaciones, centros de control, despachos remotos—, de redes que no controlamos y de decisiones que se toman lejos.

Las 72 horas no prueban si eres valiente.
Prueban si tu vida tenía margen para fallar.

 

24 HORAS

Cuando nadie responde

A las 24 horas, la ansiedad cambia de forma.

Ya no es el susto inicial.
Es la espera.

La gente revisa compulsivamente el teléfono.
Las actualizaciones oficiales en redes llegan tarde o no llegan.

Las versiones se contradicen.
Cada uno tiene “un conocido que sabe”.

El Estado existe, pero no alcanza.
Las apps prometen servicio, pero nadie llega.

En las colonias, los edificios viejos crujen distinto.
Las grietas se miran con más atención.
Los pasillos se vuelven estrechos.
Las escaleras improvisadas ya no parecen buena idea.

Los mismos pasillos donde antes corrías en el simulacro
ahora parecen demasiado largos.

Es el día en que los vecinos se miran de otra forma.
No con odio.
Con cálculo.

¿Quién tiene agua?

¿Quién tiene coche?

¿Quién sabe primeros auxilios?

¿Quién tiene un contacto afuera?

¿Quién fue a las capacitaciones de Protección Civil?

Aquí se rompe una ficción muy urbana: la de que vivimos juntos.

En realidad, vivimos cerca, que no es lo mismo.

Las redes comunitarias no se improvisan en la crisis.
O existen antes…
o no existen.

Las 24 horas no preguntan si eres solidario.
Preguntan si, antes del desastre, alcanzaste a tejer algo más que tu propio encierro.

 

12 HORAS

Lo único que importa

Las primeras 12 horas pasan rápido.
Demasiado rápido.

No hay tiempo para planes largos ni discursos elevados.
Solo para lo esencial.

Agua.
Medicinas.
Documentos.
Personas.

Todo lo demás estorba.


El miedo no grita.

Se instala en el cuerpo:
Dormir mal.
Comer poco.
Pensar con dificultad.

Aquí se cae el mito del héroe urbano.
No hay rescates épicos ni liderazgo carismático.
Hay personas cansadas intentando no equivocarse.

Porque en un desastre real no decides lo mejor.
Decides lo posible.

Las 12 horas no distinguen entre expertos y ciudadanos.
Entre preparados y confiados.
Entre discursos y realidades.

Solo muestran una verdad brutal: La prevención no empieza cuando suena la alarma.

Empieza cuando aceptamos que el orden es frágil

y que nadie —nadie— puede sostenerlo solo.

CIERRE GENERAL

La ciudad ensaya simulacros.
Ensaya evacuaciones.
Ensaya orden.

Pero no ensaya el desorden.
No ensaya la espera.
No ensaya la incertidumbre.

Y ahí, justo ahí,
es donde se decide quién resiste
y quién solo esperaba que todo funcionara.

INFRA ROJO no va a prometer orden.
Va a mirar esos huecos:
el agua que no llega,
la luz que se va,
el aire que pesa más que el concreto

lunes, 2 de febrero de 2026

 

INFRA ROJO

Instituciones vs. comunidades: cuando el simulacro se queda corto

Por Jose Rafael Moya Saavedra

            Los simulacros en la Ciudad de México se han consolidado como una práctica periódica y visible. Sirenas, evacuaciones ordenadas, personal con chalecos, transmisión en tiempo real y mensajes oficiales que refuerzan la idea de una ciudad preparada. Sin embargo, la pregunta clave sigue abierta: ¿para qué tipo de riesgo están pensados realmente estos ejercicios?

            En la práctica, la mayoría de los simulacros parecen concentrarse en un nivel básico y limitado: que la gente salga del edificio. Poco se sabe —al menos de manera pública y verificable— sobre si estos ejercicios están diseñados también como mecanismos reales de coordinación interinstitucional entre la Secretaría de Gestión Integral de Riesgos y Protección Civil, la Secretaría de Seguridad Ciudadana, SEMOVI, C5, alcaldías y empresas de servicios estratégicos. La evacuación individual funciona, pero el sistema en su conjunto rara vez se pone a prueba.

            Esto abre una segunda grieta: la distancia entre instituciones y comunidades. En barrios precarios o zonas de alta vulnerabilidad —muchas de ellas ya identificadas en el Atlas de Riesgos— no existen programas sólidos y sostenidos de acompañamiento técnico comunitario para que las propias colonias diseñen sus planes de emergencia: rutas seguras adaptadas a su traza urbana real, puntos de reunión viables, redes vecinales de cuidado, identificación de personas dependientes o con movilidad limitada. En lugar de eso, la participación suele reducirse a un mensaje genérico: “participa en el simulacro”.

            El riesgo de este enfoque es que el simulacro se convierta en un ritual legitimador. La ciudad produce imágenes de orden, disciplina y prevención —útiles para la narrativa institucional— mientras mantiene sin intervención estructural edificios que ya sabe que están en alto riesgo: inmuebles con grietas, hundimientos diferenciales, dictámenes postergados o reforzamientos nunca ejecutados. Se simula la emergencia, pero no se corrige el peligro.

            Así, el simulacro corre el riesgo de funcionar más como escenificación de control que como herramienta de reducción real del riesgo. No porque el ejercicio sea inútil en sí mismo, sino porque se le exige demasiado poco. Cuando no va acompañado de inversión, mantenimiento, seguimiento técnico y trabajo comunitario, el simulacro tranquiliza… pero no protege.

            La pregunta de fondo no es si debemos hacer simulacros. Es qué tipo de ciudad estamos ensayando cuando los hacemos: una ciudad que evacua bien, o una ciudad que realmente cuida.

domingo, 1 de febrero de 2026

 

INFRA ROJO

Tres simulacros al año: ¿prevención o ritual?

Por Rafael Moya Saavedra

A las 11:00 en punto, la alarma sísmica corta la mañana en Paseo de la Reforma. El sonido rebota entre fachadas de cristal, atraviesa lobbys con plantas pulidas y recepciones vigiladas. En el piso 14 de una torre corporativa, una brigadista levanta una paleta verde y repite el guion aprendido: “No corran, no griten, no empujen”. El simulacro estaba en el calendario desde hace semanas. Las escaleras están despejadas, los extintores con sello vigente, los jefes de piso saben exactamente qué hacer. Abajo, en la banqueta, se pasa lista. Alguien toma fotos para el reporte. Diez minutos después, todos vuelven a sus escritorios, con la tranquilidad de que el edificio resistiría mejor que muchos de sus departamentos.

A la misma hora, a unos kilómetros de ahí, en una vecindad de Iztapalapa, la alerta llega distorsionada. El altavoz más cercano falla. Se mezcla con el ruido de los mototaxis y una bocina que anuncia tamales. En el tercer piso, una familia duda: la puerta metálica se atora, el pasillo está invadido por triques, la reja nunca abre del todo. “¿Bajamos o nos quedamos?”, pregunta alguien, mirando las grietas del descanso y los cables colgando. Algunos salen corriendo, otros apenas se asoman. No hay brigadistas, ni lista, ni punto de reunión marcado. El punto es “donde no se caiga la barda”. Nadie sabe si ese edificio aguantaría un sismo fuerte. Pero el simulacro contará igual como participación exitosa.

        En 2026, la Ciudad de México decidió institucionalizar tres simulacros sísmicos al año. La jefa de gobierno ha dicho que el objetivo es fortalecer de forma constante la cultura de la prevención y mejorar la capacidad de respuesta ante emergencias. La medida suena razonable. La pregunta incómoda es otra: ¿qué cambia realmente con más simulacros?

1. El eje institucional: cumplir no es aprender

        En el discurso oficial, los simulacros sirven para evaluar tiempos de reacción, rutas de evacuación, fallas en altavoces y coordinación entre dependencias. En la práctica, la experiencia muestra un patrón conocido: algunas instituciones aprenden, otras solo cumplen.

        Corporativos, dependencias centrales y escuelas privadas suelen planear el ejercicio, activar brigadas, hacer conteos y redactar reportes. En cambio, miles de oficinas pequeñas, comercios y servicios informales viven el simulacro como una interrupción obligatoria. Se sale a la calle porque suena la alerta, no porque exista un plan.

La pregunta clave rara vez se responde de forma pública:

¿qué se corrigió entre un simulacro y otro?

¿qué protocolos cambiaron?

¿qué dependencias fallaron de manera sistemática?

        Sin informes desagregados, sin evaluación verificable, repetir el ejercicio corre el riesgo de convertirse en una coreografía bien ensayada que tranquiliza, pero no transforma.

2. El eje de la desigualdad: no todos ensayan desde el mismo piso

        La política de más simulacros expone una desigualdad estructural. En zonas corporativas como Reforma, Polanco o Santa Fe, los edificios cuentan con diseño antisísmico, planes de continuidad de operaciones, seguros y consultorías privadas en gestión de riesgos. Ahí, el simulacro sirve para afinar logística.

        En colonias populares, conjuntos de vivienda vieja o zonas con autoconstrucción, el escenario es otro: salidas limitadas, escaleras improvisadas, sobrecarga estructural, presencia de personas mayores, niñas y personas con discapacidad. En muchos casos no existen programas internos de protección civil, ni señalización, ni puntos seguros definidos. El simulacro se reduce a una consigna básica: “cuando suene, salgan”.

        El resultado es perverso: se perfecciona la evacuación donde el riesgo de colapso es menor, mientras se deja casi intacta la situación donde la vulnerabilidad estructural es mayor. La alerta suena igual para todos, pero no todos tienen lo mismo detrás del sonido.

3. El eje ritual: imágenes de orden, riesgos intactos

        Aquí aparece el mayor peligro. El simulacro puede convertirse en un ritual legitimador. La ciudad produce imágenes potentes: miles de personas evacuando ordenadamente, autoridades coordinadas, mensajes de resiliencia. Todo parece bajo control.

        Mientras tanto, siguen sin intervenirse edificios que el propio Estado sabe que están en alto riesgo: inmuebles con grietas, hundimientos diferenciales, dictámenes postergados, colonias marcadas en el Atlas de Riesgos como zonas críticas. El peligro está mapeado, pero no corregido. La respuesta más visible no es estructural, es pedagógica y mediática.

        Repetir simulacros sin cerrar la brecha material puede normalizar una idea peligrosa: que la prevención consiste, sobre todo, en saber correr cuando suena la alerta, no en vivir en condiciones seguras.

¿Prevención para quién?

        Tres simulacros al año permiten mostrar orden, disciplina y control. Lo que no muestran es la desigualdad sobre la que se ensaya.

        Una ciudad que sabe dónde están sus edificios en riesgo y aun así se limita a pedirle a la gente que salga cuando suene la alerta no está fortaleciendo la prevención: está trasladando la responsabilidad.

        El simulacro termina. La gente vuelve a su escritorio, a su cuarto en azotea, a su escalera improvisada. El riesgo se queda. Mientras la ciudad ensaya evacuaciones, convive con edificios que ya sabe que pueden fallar. Mientras celebra la cultura de la prevención, normaliza la desigualdad del peligro.

        Cuando el simulacro se vuelve costumbre y la intervención estructural se posterga, la prevención deja de ser política pública y se convierte en coartada.

            Quizá el mayor riesgo no sea que la alerta falle. Quizá sea que funcione tan bien… que deje de incomodarnos.

 

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