INFRA ROJO
Tres simulacros al año: ¿prevención o ritual?
Por Rafael Moya Saavedra
A las 11:00 en punto, la alarma
sísmica corta la mañana en Paseo de la Reforma. El sonido rebota entre fachadas
de cristal, atraviesa lobbys con plantas pulidas y recepciones vigiladas. En el
piso 14 de una torre corporativa, una brigadista levanta una paleta verde y
repite el guion aprendido: “No corran, no griten, no empujen”. El simulacro
estaba en el calendario desde hace semanas. Las escaleras están despejadas, los
extintores con sello vigente, los jefes de piso saben exactamente qué hacer.
Abajo, en la banqueta, se pasa lista. Alguien toma fotos para el reporte. Diez
minutos después, todos vuelven a sus escritorios, con la tranquilidad de que el
edificio resistiría mejor que muchos de sus departamentos.
A la misma hora, a unos
kilómetros de ahí, en una vecindad de Iztapalapa, la alerta llega
distorsionada. El altavoz más cercano falla. Se mezcla con el ruido de los
mototaxis y una bocina que anuncia tamales. En el tercer piso, una familia
duda: la puerta metálica se atora, el pasillo está invadido por triques, la
reja nunca abre del todo. “¿Bajamos o nos quedamos?”, pregunta alguien, mirando
las grietas del descanso y los cables colgando. Algunos salen corriendo, otros
apenas se asoman. No hay brigadistas, ni lista, ni punto de reunión marcado. El
punto es “donde no se caiga la barda”. Nadie sabe si ese edificio aguantaría un
sismo fuerte. Pero el simulacro contará igual como participación exitosa.
En 2026, la Ciudad de México decidió institucionalizar tres
simulacros sísmicos al año. La jefa de gobierno ha dicho que el objetivo es
fortalecer de forma constante la cultura de la prevención y mejorar la
capacidad de respuesta ante emergencias. La medida suena razonable. La pregunta
incómoda es otra: ¿qué cambia realmente con más simulacros?
1. El eje institucional: cumplir no es aprender
En el discurso oficial, los simulacros sirven para evaluar
tiempos de reacción, rutas de evacuación, fallas en altavoces y coordinación
entre dependencias. En la práctica, la experiencia muestra un patrón conocido:
algunas instituciones aprenden, otras solo cumplen.
Corporativos, dependencias centrales y escuelas privadas
suelen planear el ejercicio, activar brigadas, hacer conteos y redactar
reportes. En cambio, miles de oficinas pequeñas, comercios y servicios
informales viven el simulacro como una interrupción obligatoria. Se sale a la
calle porque suena la alerta, no porque exista un plan.
La pregunta clave rara vez se responde de forma pública:
¿qué se corrigió entre un simulacro y otro?
¿qué protocolos cambiaron?
¿qué dependencias fallaron de manera sistemática?
Sin informes desagregados, sin evaluación verificable,
repetir el ejercicio corre el riesgo de convertirse en una coreografía bien
ensayada que tranquiliza, pero no transforma.
2. El eje de la desigualdad: no todos ensayan desde el
mismo piso
La política de más simulacros expone una desigualdad
estructural. En zonas corporativas como Reforma, Polanco o Santa Fe, los
edificios cuentan con diseño antisísmico, planes de continuidad de operaciones,
seguros y consultorías privadas en gestión de riesgos. Ahí, el simulacro sirve
para afinar logística.
En colonias populares, conjuntos de vivienda vieja o zonas
con autoconstrucción, el escenario es otro: salidas limitadas, escaleras
improvisadas, sobrecarga estructural, presencia de personas mayores, niñas y
personas con discapacidad. En muchos casos no existen programas internos de
protección civil, ni señalización, ni puntos seguros definidos. El simulacro se
reduce a una consigna básica: “cuando suene, salgan”.
El resultado es perverso: se perfecciona la evacuación
donde el riesgo de colapso es menor, mientras se deja casi intacta la
situación donde la vulnerabilidad estructural es mayor. La alerta suena igual
para todos, pero no todos tienen lo mismo detrás del sonido.
3. El eje ritual: imágenes de orden, riesgos intactos
Aquí aparece el mayor peligro. El simulacro puede
convertirse en un ritual legitimador. La ciudad produce imágenes
potentes: miles de personas evacuando ordenadamente, autoridades coordinadas,
mensajes de resiliencia. Todo parece bajo control.
Mientras tanto, siguen sin intervenirse edificios que el
propio Estado sabe que están en alto riesgo: inmuebles con grietas,
hundimientos diferenciales, dictámenes postergados, colonias marcadas en el
Atlas de Riesgos como zonas críticas. El peligro está mapeado, pero no
corregido. La respuesta más visible no es estructural, es pedagógica y
mediática.
Repetir simulacros sin cerrar la brecha material puede
normalizar una idea peligrosa: que la prevención consiste, sobre todo, en saber
correr cuando suena la alerta, no en vivir en condiciones seguras.
¿Prevención para quién?
Tres simulacros al año permiten mostrar orden, disciplina y
control. Lo que no muestran es la desigualdad sobre la que se ensaya.
Una ciudad que sabe dónde están sus edificios en riesgo y
aun así se limita a pedirle a la gente que salga cuando suene la alerta no está
fortaleciendo la prevención: está trasladando la responsabilidad.
El simulacro termina. La gente vuelve a su escritorio, a su
cuarto en azotea, a su escalera improvisada. El riesgo se queda.
Mientras la ciudad ensaya evacuaciones, convive con edificios que ya sabe que
pueden fallar. Mientras celebra la cultura de la prevención, normaliza la
desigualdad del peligro.
Cuando el simulacro se vuelve costumbre y la intervención
estructural se posterga, la prevención deja de ser política pública y se
convierte en coartada.
Quizá el mayor riesgo no sea que la alerta falle. Quizá sea que funcione tan bien… que deje de incomodarnos.