INFRA ROJO · 72 / 24 / 12
Crónicas de una ciudad que ensaya el orden... pero no lo
resiste
Por Jose Rafael Moya Saavedra
72 HORAS
El orden todavía respira
La ciudad no colapsa de inmediato.
Eso es lo primero que confunde.
Los edificios siguen en pie.
El cielo no se cae.
El tráfico, aunque torpe, se mueve.
El refrigerador sigue frío.
Las primeras horas después de un
evento grave —un sismo mayor, un apagón extendido, una inundación, una
explosión… no parecen apocalípticos. Parecen una copia defectuosa de la
normalidad.
Los semáforos funcionan intermitentes.
El celular prende, pero tarda.
Los mensajes llegan duplicados.
Las noticias se contradicen.
Alguien dice: “tranquilos,
ya lo están atendiendo”. En el chat de vecinos circula el primer "comunicado
oficial" reenviado, sin fuente.
Y todos quieren creerle.
Las 72 horas no son el caos.
Son el tiempo muerto entre el orden que conocíamos
y el que ya no va a volver igual
Casi nadie vive preparado para la incertidumbre.
Vivimos preparados para la rutina.
Para que todo funcione como siempre.
Para que alguien más se encargue.
En estas horas se revela la
fragilidad de la vida urbana: … dependemos de sistemas que no vemos
—subestaciones, centros de control, despachos remotos—, de redes que no
controlamos y de decisiones que se toman lejos.
Las 72 horas no prueban si eres valiente.
Prueban si tu vida tenía margen para fallar.
24 HORAS
Cuando nadie responde
A las 24 horas, la ansiedad cambia de forma.
Ya no es el susto inicial.
Es la espera.
La gente revisa compulsivamente el teléfono.
Las actualizaciones oficiales en redes llegan tarde o no llegan.
Las versiones se contradicen.
Cada uno tiene “un conocido que sabe”.
El Estado existe, pero no alcanza.
Las apps prometen servicio, pero nadie llega.
En las colonias, los edificios viejos crujen distinto.
Las grietas se miran con más atención.
Los pasillos se vuelven estrechos.
Las escaleras improvisadas ya no parecen buena idea.
Los mismos pasillos donde antes corrías en el simulacro
ahora parecen demasiado largos.
Es el día en que los vecinos se miran de otra forma.
No con odio.
Con cálculo.
¿Quién tiene agua?
¿Quién tiene coche?
¿Quién sabe primeros auxilios?
¿Quién tiene un contacto afuera?
¿Quién fue a las capacitaciones de Protección Civil?
Aquí se rompe una ficción muy urbana: la de que vivimos
juntos.
En realidad, vivimos cerca, que no es lo mismo.
Las redes comunitarias no se improvisan en la crisis.
O existen antes…
o no existen.
Las 24 horas no preguntan si eres solidario.
Preguntan si, antes del desastre, alcanzaste a tejer algo más que tu propio
encierro.
12 HORAS
Lo único que importa
Las primeras 12 horas pasan rápido.
Demasiado rápido.
No hay tiempo para planes largos ni discursos elevados.
Solo para lo esencial.
Agua.
Medicinas.
Documentos.
Personas.
Todo lo demás estorba.
El miedo no grita.
Se instala en el cuerpo:
Dormir mal.
Comer poco.
Pensar con dificultad.
Aquí se cae el mito del héroe urbano.
No hay rescates épicos ni liderazgo carismático.
Hay personas cansadas intentando no equivocarse.
Porque en un desastre real no decides lo mejor.
Decides lo posible.
Las 12 horas no distinguen entre expertos y ciudadanos.
Entre preparados y confiados.
Entre discursos y realidades.
Solo muestran una verdad brutal: La prevención no empieza cuando suena la alarma.
Empieza cuando aceptamos que el orden es frágil
y que nadie —nadie— puede sostenerlo solo.
CIERRE GENERAL
La ciudad ensaya simulacros.
Ensaya evacuaciones.
Ensaya orden.
Pero no ensaya el desorden.
No ensaya la espera.
No ensaya la incertidumbre.
Y ahí, justo ahí,
es donde se decide quién resiste
y quién solo esperaba que todo funcionara.
INFRA ROJO no va a prometer orden.
Va a mirar esos huecos:
el agua que no llega,
la luz que se va,
el aire que pesa más que el concreto


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