lunes, 2 de febrero de 2026

 

INFRA ROJO

Instituciones vs. comunidades: cuando el simulacro se queda corto

Por Jose Rafael Moya Saavedra

            Los simulacros en la Ciudad de México se han consolidado como una práctica periódica y visible. Sirenas, evacuaciones ordenadas, personal con chalecos, transmisión en tiempo real y mensajes oficiales que refuerzan la idea de una ciudad preparada. Sin embargo, la pregunta clave sigue abierta: ¿para qué tipo de riesgo están pensados realmente estos ejercicios?

            En la práctica, la mayoría de los simulacros parecen concentrarse en un nivel básico y limitado: que la gente salga del edificio. Poco se sabe —al menos de manera pública y verificable— sobre si estos ejercicios están diseñados también como mecanismos reales de coordinación interinstitucional entre la Secretaría de Gestión Integral de Riesgos y Protección Civil, la Secretaría de Seguridad Ciudadana, SEMOVI, C5, alcaldías y empresas de servicios estratégicos. La evacuación individual funciona, pero el sistema en su conjunto rara vez se pone a prueba.

            Esto abre una segunda grieta: la distancia entre instituciones y comunidades. En barrios precarios o zonas de alta vulnerabilidad —muchas de ellas ya identificadas en el Atlas de Riesgos— no existen programas sólidos y sostenidos de acompañamiento técnico comunitario para que las propias colonias diseñen sus planes de emergencia: rutas seguras adaptadas a su traza urbana real, puntos de reunión viables, redes vecinales de cuidado, identificación de personas dependientes o con movilidad limitada. En lugar de eso, la participación suele reducirse a un mensaje genérico: “participa en el simulacro”.

            El riesgo de este enfoque es que el simulacro se convierta en un ritual legitimador. La ciudad produce imágenes de orden, disciplina y prevención —útiles para la narrativa institucional— mientras mantiene sin intervención estructural edificios que ya sabe que están en alto riesgo: inmuebles con grietas, hundimientos diferenciales, dictámenes postergados o reforzamientos nunca ejecutados. Se simula la emergencia, pero no se corrige el peligro.

            Así, el simulacro corre el riesgo de funcionar más como escenificación de control que como herramienta de reducción real del riesgo. No porque el ejercicio sea inútil en sí mismo, sino porque se le exige demasiado poco. Cuando no va acompañado de inversión, mantenimiento, seguimiento técnico y trabajo comunitario, el simulacro tranquiliza… pero no protege.

            La pregunta de fondo no es si debemos hacer simulacros. Es qué tipo de ciudad estamos ensayando cuando los hacemos: una ciudad que evacua bien, o una ciudad que realmente cuida.

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