INFRA ROJO
Instituciones vs. comunidades: cuando el simulacro se
queda corto
Por Jose Rafael Moya Saavedra
Los simulacros en la Ciudad de México se han consolidado
como una práctica periódica y visible. Sirenas, evacuaciones ordenadas,
personal con chalecos, transmisión en tiempo real y mensajes oficiales que
refuerzan la idea de una ciudad preparada. Sin embargo, la pregunta clave sigue
abierta: ¿para qué tipo de riesgo están pensados realmente estos ejercicios?
En la práctica, la mayoría de los simulacros parecen
concentrarse en un nivel básico y limitado: que la gente salga del edificio.
Poco se sabe —al menos de manera pública y verificable— sobre si estos
ejercicios están diseñados también como mecanismos reales de coordinación
interinstitucional entre la Secretaría de Gestión Integral de Riesgos y
Protección Civil, la Secretaría de Seguridad Ciudadana, SEMOVI, C5, alcaldías y
empresas de servicios estratégicos. La evacuación individual funciona, pero el
sistema en su conjunto rara vez se pone a prueba.
Esto abre una segunda grieta: la distancia entre instituciones
y comunidades. En barrios precarios o zonas de alta vulnerabilidad —muchas
de ellas ya identificadas en el Atlas de Riesgos— no existen programas sólidos
y sostenidos de acompañamiento técnico comunitario para que las propias
colonias diseñen sus planes de emergencia: rutas seguras adaptadas a su traza
urbana real, puntos de reunión viables, redes vecinales de cuidado,
identificación de personas dependientes o con movilidad limitada. En lugar de
eso, la participación suele reducirse a un mensaje genérico: “participa en
el simulacro”.
El riesgo de este enfoque es que el simulacro se convierta
en un ritual legitimador. La ciudad produce imágenes de orden,
disciplina y prevención —útiles para la narrativa institucional— mientras
mantiene sin intervención estructural edificios que ya sabe que están en alto
riesgo: inmuebles con grietas, hundimientos diferenciales, dictámenes
postergados o reforzamientos nunca ejecutados. Se simula la emergencia, pero no
se corrige el peligro.
Así, el simulacro corre el riesgo de funcionar más como escenificación
de control que como herramienta de reducción real del riesgo. No porque el
ejercicio sea inútil en sí mismo, sino porque se le exige demasiado poco.
Cuando no va acompañado de inversión, mantenimiento, seguimiento técnico y
trabajo comunitario, el simulacro tranquiliza… pero no protege.
La pregunta de fondo no es si debemos hacer simulacros. Es qué
tipo de ciudad estamos ensayando cuando los hacemos: una ciudad que evacua bien, o una ciudad que realmente cuida.
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