INFRA ROJO
El arte de empezar de nuevo en gestión de riesgos
Por José Rafael Moya Saavedra
En el mundo de la gestión de
riesgos y la protección civil, existe una peligrosa costumbre: esperar al
calendario para actuar. Se piensa que las revisiones deben hacerse en el
aniversario del programa, que los simulacros solo tienen sentido en las fechas
conmemorativas, o que la actualización de planes debe esperar a que lo ordene
la autoridad. Como si la resiliencia dependiera de un acto solemne y no de una
decisión cotidiana.
La trampa del “día perfecto”
Al igual que quien posterga sus
cambios personales hasta el lunes o al primero de enero, muchas instituciones
repiten el mismo autoengaño: “la próxima semana capacitamos”, “el mes que
viene revisamos extintores”, “cuando se acerque la inspección reforzamos
protocolos”. La cultura de la prevención se convierte entonces en cultura
de la postergación. Y lo que se aplaza una y otra vez termina abriéndole la
puerta a la vulnerabilidad.
La paradoja es clara: los
desastres no respetan fechas. No anuncian su llegada para que cuadre con un
simulacro, ni esperan a que la póliza de seguro se renueve. Llegan un martes
cualquiera, una madrugada cualquiera, una tarde de oficina cualquiera.
La resiliencia no es solemne, es cotidiana
La gestión integral de riesgos
debería aprender a mirar con humildad lo ordinario. La diferencia entre una
comunidad segura y una comunidad expuesta no se juega en los discursos del Día
Nacional de Protección Civil, sino en las decisiones pequeñas: revisar que una
ruta de evacuación esté despejada, capacitar brigadas sin esperar la auditoría,
mantener vigente la bitácora de extintores aunque nadie la pida.
Cada día ofrece la oportunidad de
empezar de nuevo. Cada martes puede ser el día en que una empresa se decide a
instalar alarmas que llevaba meses posponiendo, o en que una escuela practica
un repliegue sin esperar la próxima visita oficial.
La postergación institucional
En México, la cultura de esperar
al calendario también es política pública. Cada desastre desnuda
improvisaciones: Atlas de riesgos desactualizados, comités de protección
civil que existen solo en actas, promesas de reconstrucción que se quedan en
discursos. La resiliencia se convierte en espectáculo conmemorativo —un
simulacro en septiembre, una declaratoria de emergencia en octubre, una foto
oficial en noviembre— mientras la vulnerabilidad se acumula en silencio los 365
días del año.
La tragedia de fondo es que la
gestión de riesgos se trata como trámite y no como política de Estado. Lo
urgente desplaza a lo importante, y lo simbólico sustituye lo estructural. Pero
los sismos, huracanes o incendios no distinguen entre discursos y realidades:
golpean donde encuentran grietas, y esas grietas son producto de años de
negligencia.
El arte de empezar hoy
El arte de empezar de nuevo en
gestión de riesgos es entender que la prevención no vive en los calendarios,
sino en la voluntad. Que no se trata de esperar la línea de salida perfecta,
sino de reconocer que cualquier día es lo suficientemente digno como para
corregir, capacitar o prevenir.
El verdadero profesional de
riesgos sabe que la resiliencia no se decreta ni se inaugura: se construye. Y
esa construcción se da paso a paso, decisión tras decisión, en medio de la
rutina, en martes, en jueves o en domingo.
Conclusión
Si algo nos enseña la historia
reciente es que la fragilidad no espera. Que la tormenta, el incendio o el
sismo irrumpen sin invitación. Por eso la gestión de riesgos debe romper con la
inercia de la espera. Porque cada día que se pospone, se acumula vulnerabilidad;
y cada día que se actúa, se siembra resiliencia.
El arte de empezar de nuevo es, en el fondo, el arte de no
esperar más.
Llamado
Hoy, más que nunca, las
autoridades deben dejar de gobernar con simulacros y empezar a gobernar con
prevención real. Los recursos invertidos en propaganda deben transformarse
en infraestructura segura, planes actualizados y comunidades capacitadas. Y la
ciudadanía, por su parte, debe asumir que la cultura de la autoprotección es un
derecho y un deber: exigir cuentas, involucrarse en su comunidad, no
conformarse con el ritual de septiembre.
Porque la prevención no se
celebra un día: se vive todos los días. Y si el Estado y la sociedad no
empiezan de nuevo hoy, los desastres de mañana nos cobrarán la factura de la
espera.