martes, 30 de septiembre de 2025

 

INFRA ROJO

El arte de empezar de nuevo en gestión de riesgos

Por José Rafael Moya Saavedra

En el mundo de la gestión de riesgos y la protección civil, existe una peligrosa costumbre: esperar al calendario para actuar. Se piensa que las revisiones deben hacerse en el aniversario del programa, que los simulacros solo tienen sentido en las fechas conmemorativas, o que la actualización de planes debe esperar a que lo ordene la autoridad. Como si la resiliencia dependiera de un acto solemne y no de una decisión cotidiana.

La trampa del “día perfecto”

Al igual que quien posterga sus cambios personales hasta el lunes o al primero de enero, muchas instituciones repiten el mismo autoengaño: “la próxima semana capacitamos”, “el mes que viene revisamos extintores”, “cuando se acerque la inspección reforzamos protocolos”. La cultura de la prevención se convierte entonces en cultura de la postergación. Y lo que se aplaza una y otra vez termina abriéndole la puerta a la vulnerabilidad.

La paradoja es clara: los desastres no respetan fechas. No anuncian su llegada para que cuadre con un simulacro, ni esperan a que la póliza de seguro se renueve. Llegan un martes cualquiera, una madrugada cualquiera, una tarde de oficina cualquiera.

La resiliencia no es solemne, es cotidiana

La gestión integral de riesgos debería aprender a mirar con humildad lo ordinario. La diferencia entre una comunidad segura y una comunidad expuesta no se juega en los discursos del Día Nacional de Protección Civil, sino en las decisiones pequeñas: revisar que una ruta de evacuación esté despejada, capacitar brigadas sin esperar la auditoría, mantener vigente la bitácora de extintores aunque nadie la pida.

Cada día ofrece la oportunidad de empezar de nuevo. Cada martes puede ser el día en que una empresa se decide a instalar alarmas que llevaba meses posponiendo, o en que una escuela practica un repliegue sin esperar la próxima visita oficial.

La postergación institucional

En México, la cultura de esperar al calendario también es política pública. Cada desastre desnuda improvisaciones: Atlas de riesgos desactualizados, comités de protección civil que existen solo en actas, promesas de reconstrucción que se quedan en discursos. La resiliencia se convierte en espectáculo conmemorativo —un simulacro en septiembre, una declaratoria de emergencia en octubre, una foto oficial en noviembre— mientras la vulnerabilidad se acumula en silencio los 365 días del año.

La tragedia de fondo es que la gestión de riesgos se trata como trámite y no como política de Estado. Lo urgente desplaza a lo importante, y lo simbólico sustituye lo estructural. Pero los sismos, huracanes o incendios no distinguen entre discursos y realidades: golpean donde encuentran grietas, y esas grietas son producto de años de negligencia.

El arte de empezar hoy

El arte de empezar de nuevo en gestión de riesgos es entender que la prevención no vive en los calendarios, sino en la voluntad. Que no se trata de esperar la línea de salida perfecta, sino de reconocer que cualquier día es lo suficientemente digno como para corregir, capacitar o prevenir.

El verdadero profesional de riesgos sabe que la resiliencia no se decreta ni se inaugura: se construye. Y esa construcción se da paso a paso, decisión tras decisión, en medio de la rutina, en martes, en jueves o en domingo.

Conclusión

Si algo nos enseña la historia reciente es que la fragilidad no espera. Que la tormenta, el incendio o el sismo irrumpen sin invitación. Por eso la gestión de riesgos debe romper con la inercia de la espera. Porque cada día que se pospone, se acumula vulnerabilidad; y cada día que se actúa, se siembra resiliencia.

El arte de empezar de nuevo es, en el fondo, el arte de no esperar más.

Llamado

Hoy, más que nunca, las autoridades deben dejar de gobernar con simulacros y empezar a gobernar con prevención real. Los recursos invertidos en propaganda deben transformarse en infraestructura segura, planes actualizados y comunidades capacitadas. Y la ciudadanía, por su parte, debe asumir que la cultura de la autoprotección es un derecho y un deber: exigir cuentas, involucrarse en su comunidad, no conformarse con el ritual de septiembre.

Porque la prevención no se celebra un día: se vive todos los días. Y si el Estado y la sociedad no empiezan de nuevo hoy, los desastres de mañana nos cobrarán la factura de la espera.

 

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