domingo, 1 de febrero de 2026

 

INFRA ROJO

Tres simulacros al año: ¿prevención o ritual?

Por Rafael Moya Saavedra

A las 11:00 en punto, la alarma sísmica corta la mañana en Paseo de la Reforma. El sonido rebota entre fachadas de cristal, atraviesa lobbys con plantas pulidas y recepciones vigiladas. En el piso 14 de una torre corporativa, una brigadista levanta una paleta verde y repite el guion aprendido: “No corran, no griten, no empujen”. El simulacro estaba en el calendario desde hace semanas. Las escaleras están despejadas, los extintores con sello vigente, los jefes de piso saben exactamente qué hacer. Abajo, en la banqueta, se pasa lista. Alguien toma fotos para el reporte. Diez minutos después, todos vuelven a sus escritorios, con la tranquilidad de que el edificio resistiría mejor que muchos de sus departamentos.

A la misma hora, a unos kilómetros de ahí, en una vecindad de Iztapalapa, la alerta llega distorsionada. El altavoz más cercano falla. Se mezcla con el ruido de los mototaxis y una bocina que anuncia tamales. En el tercer piso, una familia duda: la puerta metálica se atora, el pasillo está invadido por triques, la reja nunca abre del todo. “¿Bajamos o nos quedamos?”, pregunta alguien, mirando las grietas del descanso y los cables colgando. Algunos salen corriendo, otros apenas se asoman. No hay brigadistas, ni lista, ni punto de reunión marcado. El punto es “donde no se caiga la barda”. Nadie sabe si ese edificio aguantaría un sismo fuerte. Pero el simulacro contará igual como participación exitosa.

        En 2026, la Ciudad de México decidió institucionalizar tres simulacros sísmicos al año. La jefa de gobierno ha dicho que el objetivo es fortalecer de forma constante la cultura de la prevención y mejorar la capacidad de respuesta ante emergencias. La medida suena razonable. La pregunta incómoda es otra: ¿qué cambia realmente con más simulacros?

1. El eje institucional: cumplir no es aprender

        En el discurso oficial, los simulacros sirven para evaluar tiempos de reacción, rutas de evacuación, fallas en altavoces y coordinación entre dependencias. En la práctica, la experiencia muestra un patrón conocido: algunas instituciones aprenden, otras solo cumplen.

        Corporativos, dependencias centrales y escuelas privadas suelen planear el ejercicio, activar brigadas, hacer conteos y redactar reportes. En cambio, miles de oficinas pequeñas, comercios y servicios informales viven el simulacro como una interrupción obligatoria. Se sale a la calle porque suena la alerta, no porque exista un plan.

La pregunta clave rara vez se responde de forma pública:

¿qué se corrigió entre un simulacro y otro?

¿qué protocolos cambiaron?

¿qué dependencias fallaron de manera sistemática?

        Sin informes desagregados, sin evaluación verificable, repetir el ejercicio corre el riesgo de convertirse en una coreografía bien ensayada que tranquiliza, pero no transforma.

2. El eje de la desigualdad: no todos ensayan desde el mismo piso

        La política de más simulacros expone una desigualdad estructural. En zonas corporativas como Reforma, Polanco o Santa Fe, los edificios cuentan con diseño antisísmico, planes de continuidad de operaciones, seguros y consultorías privadas en gestión de riesgos. Ahí, el simulacro sirve para afinar logística.

        En colonias populares, conjuntos de vivienda vieja o zonas con autoconstrucción, el escenario es otro: salidas limitadas, escaleras improvisadas, sobrecarga estructural, presencia de personas mayores, niñas y personas con discapacidad. En muchos casos no existen programas internos de protección civil, ni señalización, ni puntos seguros definidos. El simulacro se reduce a una consigna básica: “cuando suene, salgan”.

        El resultado es perverso: se perfecciona la evacuación donde el riesgo de colapso es menor, mientras se deja casi intacta la situación donde la vulnerabilidad estructural es mayor. La alerta suena igual para todos, pero no todos tienen lo mismo detrás del sonido.

3. El eje ritual: imágenes de orden, riesgos intactos

        Aquí aparece el mayor peligro. El simulacro puede convertirse en un ritual legitimador. La ciudad produce imágenes potentes: miles de personas evacuando ordenadamente, autoridades coordinadas, mensajes de resiliencia. Todo parece bajo control.

        Mientras tanto, siguen sin intervenirse edificios que el propio Estado sabe que están en alto riesgo: inmuebles con grietas, hundimientos diferenciales, dictámenes postergados, colonias marcadas en el Atlas de Riesgos como zonas críticas. El peligro está mapeado, pero no corregido. La respuesta más visible no es estructural, es pedagógica y mediática.

        Repetir simulacros sin cerrar la brecha material puede normalizar una idea peligrosa: que la prevención consiste, sobre todo, en saber correr cuando suena la alerta, no en vivir en condiciones seguras.

¿Prevención para quién?

        Tres simulacros al año permiten mostrar orden, disciplina y control. Lo que no muestran es la desigualdad sobre la que se ensaya.

        Una ciudad que sabe dónde están sus edificios en riesgo y aun así se limita a pedirle a la gente que salga cuando suene la alerta no está fortaleciendo la prevención: está trasladando la responsabilidad.

        El simulacro termina. La gente vuelve a su escritorio, a su cuarto en azotea, a su escalera improvisada. El riesgo se queda. Mientras la ciudad ensaya evacuaciones, convive con edificios que ya sabe que pueden fallar. Mientras celebra la cultura de la prevención, normaliza la desigualdad del peligro.

        Cuando el simulacro se vuelve costumbre y la intervención estructural se posterga, la prevención deja de ser política pública y se convierte en coartada.

            Quizá el mayor riesgo no sea que la alerta falle. Quizá sea que funcione tan bien… que deje de incomodarnos.

 

2 comentarios:

  1. Cruda y triste realidad. Pero también es importante mencionar que esas empresas que capacitan aportan en parte a estas zonas vulnerables, ya que la gente de ahí busca trabajos y en ellos reciben formaciones que los hacen más conscientes y aunque no permea al 100%. Llega información. Ahora, es aquí donde las funciones capacitadoras y preventivas de la autoridad deben reflejarse visiblemente.

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  2. David, coincido contigo en un punto clave: en muchos casos, la capacitación que impulsan empresas y organizaciones sí logra llevar información y generar conciencia en contextos vulnerables. No es menor. Ahí donde el Estado no llega, a veces llegan formadores, brigadas, protocolos mínimos que pueden marcar diferencia.
    Justamente por eso el texto apunta más alto: si la información ya circula —aunque sea de manera desigual—, entonces la pregunta es qué hace la autoridad con ese conocimiento acumulado. La capacitación privada no puede ni debe sustituir la función preventiva, correctiva y estructural del Estado.
    El riesgo aparece cuando el simulacro se vuelve el eje visible de la política pública y no el complemento de intervenciones más profundas: reforzamientos, dictámenes, cierres, reubicaciones, programas focalizados en zonas de alta vulnerabilidad. Ahí es donde la prevención deja de ser compartida y se vuelve trasladada.
    Gracias por el apunte. El debate que abres es justo el que necesitamos: cómo pasar de la pedagogía del riesgo a la corrección del riesgo, sin descargar la responsabilidad en quien menos capacidad tiene para modificar su entorno.


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