INFRA ROJO
Simulacros: reacción entrenada, prevención pendiente
Por Jose Rafael Moya Saavedra
El anuncio del primer
simulacro de sismo de 2026 en la Ciudad de México, programado para el 18
de febrero a las 11:00 horas, vuelve a colocar sobre la mesa un tema
recurrente en la gestión del riesgo: la tendencia a presentar los simulacros
como acciones de prevención, cuando en realidad cumplen otra función muy
distinta.
Conviene decirlo con claridad,
sin eufemismos: los simulacros no previenen los sismos ni reducen el riesgo
estructural, urbano o social. Lo que hacen —y lo hacen bien cuando están
bien diseñados— es agilizar la reacción de personas e instituciones
frente a un evento que ya ocurrió o está ocurriendo.
Prevención no es reacción
En gestión integral del riesgo,
la prevención se construye mucho antes de que suene la alerta sísmica.
Vive en otros territorios:
- en
los reglamentos de construcción y su cumplimiento real,
- en
el mantenimiento de inmuebles,
- en
la identificación de vulnerabilidades,
- en
la planeación urbana,
- en
la reducción de riesgos acumulados que, por cotidianos, se vuelven
invisibles.
Nada de eso se corrige durante un simulacro.
Eso es prevención y se hace
antes, y casi nunca se presume en conferencias de prensa ni en spots
institucionales.
Pensemos en una oficina o en una
escuela cualquiera: participan puntualmente en todos los simulacros, salen en
fila, se toman la foto y regresan al salón o al escritorio. Pero las salidas de
emergencia siguen bloqueadas con archiveros, las puertas de escape permanecen
con llave, las instalaciones eléctricas tienen años sin mantenimiento y nadie
ha revisado si el edificio cumple con el reglamento de construcción vigente.
El simulacro luce impecable; las
condiciones de riesgo no se mueven un milímetro.
Lo que sí hacen los simulacros
Donde los simulacros sí son
fundamentales es en el terreno de la respuesta. Entrenan reflejos,
ordenan movimientos, reducen el pánico, clarifican roles y permiten medir
tiempos reales de evacuación, comunicación y atención.
Un simulacro bien ejecutado:
- reduce
la improvisación,
- acelera
la toma de decisiones,
- mejora
la coordinación,
- expone
fallas operativas que pueden corregirse antes de una emergencia real.
Pero para que un simulacro tenga
sentido, no basta con hacerlo: hay que evaluarlo y corregir.
Si después del ejercicio no se modifican rutas de evacuación, no se reubican
obstáculos, no se ajustan tiempos ni se actualizan protocolos, el simulacro se
convierte en un rito vacío.
Un buen simulacro debería terminar siempre en una lista
de cambios concretos, con responsables y fechas, no solo en una foto para
redes sociales.
Dicho sin rodeos: él simulacro es una herramienta de
diagnóstico.
Si no genera decisiones y mejoras
visibles, lo que estamos haciendo no es gestión del riesgo: es teatro
administrativo.
Riesgo desigual, simulacro uniforme
Los simulacros suenan igual en
toda la ciudad, pero el riesgo no se reparte parejo. No es lo mismo ensayar la
evacuación desde un edificio corporativo con normas reforzadas y salidas
despejadas, que, desde una vecindad agrietada, un tercer piso de lámina o una
escuela pública rodeada de construcciones irregulares.
La coreografía del simulacro es la misma.
La capacidad real de sobrevivir al sismo, no.
En la práctica, los simulacros
tienden un velo de uniformidad sobre una ciudad profundamente desigual: todos
se agachan, todos se forman, todos cuentan segundos; solo algunos tienen
edificios que de verdad resisten.
La prevención es política pública, no voluntarismo
La prevención no es un acto
individual ni un esfuerzo aislado de cada oficina o escuela: es una
responsabilidad de política pública.
Pasa por:
- autoridades
locales que aplican —o toleran violaciones a— los reglamentos de
construcción,
- instancias
de vivienda que corrigen o perpetúan estructuras precarias,
- autoridades
educativas que garantizan —o no— escuelas seguras,
- dependencias
que deciden si se invierte en mantenimiento o se patea el problema al
siguiente sexenio.
La prevención no se ensaya: se gobierna.
Nombrar las cosas por su nombre
El problema no es que existan simulacros… El problema es venderlos
como prevención.
Las instituciones mexicanas no fallan en reaccionar: fallan
en anticipar, mantener y corregir.
Y ningún número de simulacros al año puede sustituir eso.
Simular es necesario.
Entrenar la reacción es indispensable.
Pero confundir reacción con prevención es parte del problema estructural de la
gestión del riesgo en México.
Los simulacros no reducen el riesgo.
Solo reducen el caos cuando el riesgo ya explotó.
Y esa diferencia —técnica, política y ética— importa.
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