sábado, 24 de enero de 2026

 

INFRA ROJO

Simulacros: reacción entrenada, prevención pendiente

Por Jose Rafael Moya Saavedra

El anuncio del primer simulacro de sismo de 2026 en la Ciudad de México, programado para el 18 de febrero a las 11:00 horas, vuelve a colocar sobre la mesa un tema recurrente en la gestión del riesgo: la tendencia a presentar los simulacros como acciones de prevención, cuando en realidad cumplen otra función muy distinta.

Conviene decirlo con claridad, sin eufemismos: los simulacros no previenen los sismos ni reducen el riesgo estructural, urbano o social. Lo que hacen —y lo hacen bien cuando están bien diseñados— es agilizar la reacción de personas e instituciones frente a un evento que ya ocurrió o está ocurriendo.

Prevención no es reacción

En gestión integral del riesgo, la prevención se construye mucho antes de que suene la alerta sísmica. Vive en otros territorios:

  • en los reglamentos de construcción y su cumplimiento real,
  • en el mantenimiento de inmuebles,
  • en la identificación de vulnerabilidades,
  • en la planeación urbana,
  • en la reducción de riesgos acumulados que, por cotidianos, se vuelven invisibles.

Nada de eso se corrige durante un simulacro.

Eso es prevención y se hace antes, y casi nunca se presume en conferencias de prensa ni en spots institucionales.

Pensemos en una oficina o en una escuela cualquiera: participan puntualmente en todos los simulacros, salen en fila, se toman la foto y regresan al salón o al escritorio. Pero las salidas de emergencia siguen bloqueadas con archiveros, las puertas de escape permanecen con llave, las instalaciones eléctricas tienen años sin mantenimiento y nadie ha revisado si el edificio cumple con el reglamento de construcción vigente.

El simulacro luce impecable; las condiciones de riesgo no se mueven un milímetro.

Lo que sí hacen los simulacros

Donde los simulacros sí son fundamentales es en el terreno de la respuesta. Entrenan reflejos, ordenan movimientos, reducen el pánico, clarifican roles y permiten medir tiempos reales de evacuación, comunicación y atención.

Un simulacro bien ejecutado:

  • reduce la improvisación,
  • acelera la toma de decisiones,
  • mejora la coordinación,
  • expone fallas operativas que pueden corregirse antes de una emergencia real.

Pero para que un simulacro tenga sentido, no basta con hacerlo: hay que evaluarlo y corregir.
Si después del ejercicio no se modifican rutas de evacuación, no se reubican obstáculos, no se ajustan tiempos ni se actualizan protocolos, el simulacro se convierte en un rito vacío.

Un buen simulacro debería terminar siempre en una lista de cambios concretos, con responsables y fechas, no solo en una foto para redes sociales.

Dicho sin rodeos: él simulacro es una herramienta de diagnóstico.

Si no genera decisiones y mejoras visibles, lo que estamos haciendo no es gestión del riesgo: es teatro administrativo.

Riesgo desigual, simulacro uniforme

Los simulacros suenan igual en toda la ciudad, pero el riesgo no se reparte parejo. No es lo mismo ensayar la evacuación desde un edificio corporativo con normas reforzadas y salidas despejadas, que, desde una vecindad agrietada, un tercer piso de lámina o una escuela pública rodeada de construcciones irregulares.

La coreografía del simulacro es la misma.
La capacidad real de sobrevivir al sismo, no.

En la práctica, los simulacros tienden un velo de uniformidad sobre una ciudad profundamente desigual: todos se agachan, todos se forman, todos cuentan segundos; solo algunos tienen edificios que de verdad resisten.

La prevención es política pública, no voluntarismo

La prevención no es un acto individual ni un esfuerzo aislado de cada oficina o escuela: es una responsabilidad de política pública.

Pasa por:

  • autoridades locales que aplican —o toleran violaciones a— los reglamentos de construcción,
  • instancias de vivienda que corrigen o perpetúan estructuras precarias,
  • autoridades educativas que garantizan —o no— escuelas seguras,
  • dependencias que deciden si se invierte en mantenimiento o se patea el problema al siguiente sexenio.

La prevención no se ensaya: se gobierna.

Nombrar las cosas por su nombre

El problema no es que existan simulacros… El problema es venderlos como prevención.

Las instituciones mexicanas no fallan en reaccionar: fallan en anticipar, mantener y corregir.

Y ningún número de simulacros al año puede sustituir eso.

Simular es necesario.
Entrenar la reacción es indispensable.
Pero confundir reacción con prevención es parte del problema estructural de la gestión del riesgo en México.

Los simulacros no reducen el riesgo.
Solo reducen el caos cuando el riesgo ya explotó.

Y esa diferencia —técnica, política y ética— importa.

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