INFRA ROJO |Serie: Calor extremo 2026 (1)
La temporada que dejó de ser excepción
INFRA ROJO · Entrega 1
QUÉ | Marzo dejó de ser primavera en la Ciudad de México
Por Jose Rafael Moya Saavedra
A las siete de la mañana, la
Ciudad de México todavía engaña.
En Coyoacán, en la Narvarte, en
Toluca o en Neza, la gente sale con su rutina intacta: chamarra ligera, café en
vaso térmico, el pensamiento puesto en el tráfico y no en el clima. Marzo
siempre fue así. El último respiro antes del calor “de verdad”. Una tregua
entre el frío que se va y las lluvias que algún día llegarán.
Pero a las once la ciudad empieza
a cambiar de piel.
El sol cae vertical sobre el
Valle de México. No hay nubes, no hay viento. El aire se vuelve denso. El
asfalto del Periférico, de Insurgentes, de la México–Toluca, empieza a devolver
el calor como si la ciudad respirara hacia afuera. El trayecto que normalmente
se soporta se vuelve pesado. La cabeza duele. El cuerpo se cansa antes. Nadie
habla de emergencia, pero la incomodidad se vuelve colectiva.
Eso es lo que trae marzo 2026 a
la CDMX: no un golpe súbito, sino una tensión que se instala.
Durante décadas pensamos el calor
como un problema del verano, de mayo o de junio. Marzo era transición. Un mes
noble. Hoy ya no. Marzo se ha convertido en el punto donde el sistema urbano
empieza a crujir sin hacer ruido.
En la Ciudad de México el calor no actúa solo. Aquí se
mezcla con todo:
- con
la contaminación que se cocina al mediodía,
- con
la falta de viento que encierra el aire sucio en la cuenca,
- con
la presión sobre el transporte, la electricidad y los hospitales,
- con
millones de personas obligadas a seguir funcionando como si nada pasara.
El calor en la CDMX no se vive, se administra mal.
A diferencia de otras regiones,
aquí las temperaturas no siempre rompen récords espectaculares. No hacen falta
45 grados para que el riesgo aparezca. Basta con varios días consecutivos
arriba de 28 o 30 grados, con radiación intensa y cielo limpio, para que la
ciudad entre en modo frágil.
El ozono sube.
Las contingencias ambientales se asoman.
Las actividades físicas al aire libre se vuelven peligrosas, aunque nadie las
suspenda.
Los hospitales empiezan a ver más consultas por deshidratación, presión alta,
fatiga extrema.
Y todo eso ocurre sin una narrativa de riesgo clara.
Porque marzo no suena a emergencia.
Porque la primavera sigue apareciendo en el calendario.
Porque el calor todavía se confunde con “buen clima”.
Ahí está el error.
Marzo 2026 se perfila como un mes
bisagra para el Valle de México: el momento en que el invierno se retira de
golpe y el calor se instala antes de que la ciudad esté preparada para
gestionarlo. No es solo un cambio de temperatura; es un cambio de régimen.
Las mañanas frescas engañan.
El mediodía castiga.
La tarde acumula.
La noche no alcanza a disipar.
Y mientras tanto, la ciudad sigue
operando al límite: escuelas abiertas, obras en marcha, jornadas laborales
intactas, tráfico interminable, parques llenos, vendedores en la calle bajo el
sol directo. El riesgo se reparte de manera desigual, pero se construye de
forma colectiva.
Infra Rojo no habla de un colapso
inmediato. Habla de algo más incómodo: de cómo la Ciudad de México se está
acostumbrando a funcionar cada vez más cerca del punto de falla.
Marzo ya no es el mes amable que recordábamos.
Es el aviso temprano de una temporada larga, seca y exigente.
Una advertencia que, si se ignora, reaparece más adelante en forma de
contingencia, incendio, apagón o saturación hospitalaria.
En la CDMX, el calor no grita.
Se filtra.
Y cuando por fin se reconoce como problema, ya lleva semanas
trabajando en silencio.
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