jueves, 6 de noviembre de 2025

 

INFRA ROJO La Línea del Riesgo

El país de las 2,500 interpretaciones (Tercera Parte)

La política del desastre: cuando el riesgo se volvió negocio y narrativa

Por José Rafael Moya Saavedra

I. La política del desastre

He aprendido, después de tantos años observando incendios, derrumbes, explosiones y tormentas, que en México el desastre no destruye poder: lo consolida.
            Cada tragedia se convierte en un escenario donde el discurso sustituye a la acción y el dolor colectivo se administra con eficacia mediática.

En este país, la emergencia es el nuevo lenguaje del control.

La protección civil —que alguna vez fue concebida como disciplina de Estado, con fundamento técnico y espíritu humanista— terminó colonizada por la política.

Los manuales quedaron en los estantes; lo que importa ahora es la imagen del funcionario con casco, el sobrevuelo del helicóptero, la conferencia de prensa entre ruinas.

He estado en esas escenas. He visto cómo el fuego aún humea y, sin embargo, ya hay cámaras esperando la declaración del día. He visto cómo la prioridad deja de ser salvar, y pasa a ser narrar: la tragedia convertida en relato, la gestión del riesgo convertida en guion.

La política del desastre tiene un guion predecible.

·       Primero, el impacto: sirenas, declaraciones, condolencias.

·       Luego, la promesa: “no volverá a pasar”.

·       Después, el olvido.

·       Y al final, la foto: funcionarios recorriendo los escombros, con chalecos limpios y frases ensayadas sobre resiliencia.

Mientras tanto, los sistemas siguen sin presupuesto, las comunidades sin capacitación y los consultores éticos sin contratos. El riesgo no se gestiona: se recicla. El desastre no se enfrenta: se administra.

II. De la gestión al espectáculo

La gestión de riesgos se convirtió en espectáculo político. Cada emergencia es ahora una oportunidad para medir presencia, empatía y control.

El desastre funciona como espejo electoral: entre más visible sea el funcionario, más se le percibe como “cercano”.

Las zonas cero se convirtieron en foros mediáticos donde se disputa la narrativa de la compasión. He visto alcaldes que llegan con convoyes de cámaras, gobernadores que improvisan discursos frente a casas aún humeantes, presidentes que ordenan reconstrucciones inmediatas sin diagnóstico alguno. Todo para demostrar acción, aunque lo único que se multiplique sea la improvisación.

            En México, el desastre da votos. No porque la gente crea, sino porque la gente olvida. La tragedia se recicla con cada administración: nuevas siglas, mismos errores, igual ausencia de ética.

He escuchado a más de un político decir en voz baja que “una buena inundación” o “una crisis bien manejada” puede mejorar los índices de aprobación.

Y lo dicen sin cinismo aparente, como si el sufrimiento ajeno fuera un componente más de la planeación estratégica.

III. La política del desastre: negocio y narrativa

El concepto de “la política del desastre” describe con precisión una realidad mexicana: la captura de la gestión del riesgo como negocio administrativo y como narrativa política.

Durante décadas, la política pública frente a los desastres se construyó sobre la reacción y no sobre la prevención.

Esta lógica redituable —donde la tragedia garantiza visibilidad, recursos y contratos— convirtió el desastre en moneda política y fuente de lucro.

La eliminación del FONDEN en 2020 no erradicó el problema: lo desplazó hacia un control más discrecional y opaco, donde la ayuda depende de la voluntad del poder.

Así, la reconstrucción sustituyó a la previsión, y la compasión televisada reemplazó la responsabilidad técnica.

Esta “mercantilización del riesgo” ocurre cuando intereses políticos o empresariales transforman la gestión técnica en oportunidad de negocio: aseguradoras fantasmas, contratos sin transparencia, consultores sin perfil técnico, o narrativas del desastre diseñadas para justificar transferencias extraordinarias mientras la prevención efectiva queda marginada.

La narrativa oficial transforma cada tragedia en una bandera. Se habla de “cómo se respondió” más que de “por qué no se previno.” Y en ese desliz semántico se esconde la omisión estructural: el Estado que no previene se celebra a sí mismo por reaccionar.

Casos emblemáticos de la política del desastre

FONDEN y la politización de recursos

El Fondo de Desastres Naturales (FONDEN) se transformó en símbolo de discrecionalidad. Auditorías de la ASF documentaron la asignación irregular de contratos, el inflado de daños y la canalización de recursos hacia empresas vinculadas políticamente. Su desaparición en 2020 no resolvió el problema: lo centralizó.
(Fuente: Auditoría Superior de la Federación, Informes de Fiscalización 2018-2020).

Guardería ABC (Sonora, 2009)

El incendio reveló la ausencia de normativas vinculantes y la contratación por afinidad política. La narrativa gubernamental privilegió la “reacción ejemplar”, ocultando que el origen fue la corrupción estructural y la falta de vigilancia técnica.
(Fuente: CNDH Recomendación 49/2009; Comisión Investigadora del Senado).

Incendio Waldo’s (Hermosillo, 2025)

Una cadena de negligencias —instalaciones fuera de norma, sistemas sin validación y permisos vencidos— expuso la fragilidad del control estatal. El caso se transformó en espectáculo político, con promesas mediáticas y sanciones tardías.
(Fuente: Protección Civil Sonora; reportes periodísticos 2025).

Seguros fantasma y omisiones en Veracruz

Durante inundaciones recientes se descubrió que varias pólizas de protección civil eran inexistentes o sin cobertura. Las autoridades desviaron la atención hacia el dramatismo del evento, dejando impunes los contratos fraudulentos.
(Fuente: Contraloría del Estado de Veracruz, Congreso Local, 2024-2025).

Sismos de 2017 y reconstrucción selectiva

El discurso de la “reconstrucción solidaria” ocultó un proceso de distribución desigual de recursos. Contratos dirigidos, favoritismos electorales y opacidad en los censos reflejaron el uso político de la tragedia.
(Fuente: ASF; Transparencia Mexicana; Animal Político, 2018-2019).

Estos episodios confirman que la tragedia en México no es solo un fenómeno natural ni una falla institucional: es un reflejo moral. Cuando el desastre se vuelve negocio y narrativa, el riesgo deja de medirse en intensidad y se mide en conveniencia.

IV. El riesgo como industria

He visto contratos firmarse con más prisa que un plan de emergencia. He visto cómo las tragedias abren una puerta invisible: la del negocio.

Después de cada desastre aparecen los mismos apellidos, las mismas empresas, los mismos consultores improvisados que ofrecen soluciones milagrosas, licitaciones a modo y diagnósticos “exprés”.

En México, el riesgo tiene presupuesto, pero no ética. El desastre se convirtió en industria: genera gasto, contratos, viáticos, asesorías y licitaciones directas disfrazadas de urgencia.

Mientras los damnificados siguen esperando materiales, las cuentas públicas muestran cifras millonarias en “acciones de reconstrucción” que pocas veces llegan a destino.

V. Medios, discurso y desinformación

He visto cómo la tragedia se convierte en contenido. En cada desastre hay cámaras que llegan antes que las ambulancias, y funcionarios que declaran mientras las víctimas aún gritan entre los escombros.

Los medios ya no informan el riesgo: lo administran emocionalmente. La emergencia se edita, se musicaliza, se empaqueta para consumo rápido.

El incendio o el derrumbe se reducen a una secuencia que genera empatía momentánea y olvido inmediato. La televisión necesita héroes, y la política los fabrica. El noticiero necesita drama, y el gobierno lo ofrece.

Así, medios y poder construyen una coreografía donde el fuego ilumina al funcionario y la tragedia humaniza su imagen.

VI. El ciudadano frente a la catástrofe administrada

          Cada vez que ocurre una tragedia, la gente sale primero. Antes que el Estado, antes que las autoridades, antes que las cámaras.

He visto madres organizando evacuaciones, vecinos levantando muros de contención, voluntarios improvisando refugios. La sociedad mexicana tiene una capacidad de reacción admirable.
Pero esa virtud se ha convertido, paradójicamente, en excusa del poder.

El discurso oficial celebra “la solidaridad del pueblo” para encubrir la ineficacia del sistema.
        Se aplaude la fuerza ciudadana porque suple lo que el gobierno no hace. Y así, el heroísmo cotidiano se vuelve parte del paisaje del abandono.

He escuchado testimonios de familias que, tras perderlo todo, agradecen que “al menos vinieron los vecinos”. No mencionan a Protección Civil, ni a la autoridad, ni al consultor que firmó el programa inexistente. Porque nunca llegaron, o llegaron tarde. El Estado aparece después, cuando la tragedia ya es nota.

En ese vacío institucional, el ciudadano aprende a sobrevivir sin confiar. Aprende que el riesgo no es natural, sino político. Que las alertas pueden ser selectivas, las inspecciones negociables, los simulacros de papel. Y aprende, también, que la prevención no da votos, pero la tragedia sí.

En el México de la catástrofe administrada, el ciudadano se defiende con su propia intuición.
            Sabe leer las grietas mejor que los dictámenes, siente el olor del gas antes que el sensor lo detecte, escucha el río antes de que la autoridad lo declare desbordado.

Porque ha aprendido —a la fuerza— que el sistema no lo protegerá.

Y sin embargo, sigue actuando. Sigue organizando colectas, cargando cubetas, arriesgando la vida por otros. Esa ética civil, esa fuerza espontánea, es lo único que impide que el país colapse del todo.
        Pero también es la prueba más dolorosa de que la institucionalidad ha fallado.

VII. La reconstrucción pendiente

He vuelto, meses después, a algunos de esos lugares donde la tragedia dejó cicatrices.
En Hermosillo, en Tula, en Tihuatlán, en Acapulco. Y lo que encuentro no es reconstrucción, sino resistencia.

·       Las casas siguen sin techo, pero las familias ya levantaron paredes de cartón y dignidad.

·       Las escuelas improvisaron aulas bajo lonas, los vecinos organizaron colectas, los paramédicos voluntarios aún guardan botiquines con lo que pueden.

La verdadera reconstrucción no la hace el gobierno: la hace la gente.

En Chiapas, conocí brigadistas comunitarios que patrullan por las noches para prevenir incendios forestales.

En Veracruz, madres que elaboran sus propios planes de evacuación porque “no confían en los de la autoridad”.

En Guerrero, pescadores que aprendieron a leer el mar mejor que cualquier sistema de alerta temprana.

En todos esos casos, la prevención se sostiene por la ética del ciudadano, no por la estructura del Estado.

He visto también otro tipo de reconstrucción: la del discurso. Pasado el desastre, los gobiernos publican informes llenos de cifras, logros y fotografías con cintas inaugurales.

·       Dicen “reconstruimos” cuando apenas remendaron.

·       Dicen “lecciones aprendidas” cuando lo que hay son errores repetidos.

La reconstrucción verdadera no empieza con presupuesto, sino con memoria. Y la memoria, en México, es un bien escaso.

Cada administración sepulta la anterior, y con ella los aprendizajes, los registros, las evaluaciones. Volvemos a empezar desde cero, pero con menos confianza y más desconfianza.

He aprendido que la resiliencia no es resistirlo todo, sino aprender a no repetir lo mismo.
Y en eso, como país, seguimos reprobando.

Aun así, en cada tragedia encuentro signos de esperanza: comunidades que se organizan, jóvenes que se forman como técnicos de emergencia, instituciones académicas que buscan profesionalizar el servicio.

La reconstrucción más importante no es de concreto, sino de conciencia.
Y esa —pese a todo— ya comenzó.

VII. País de cenizas que aún respira

He visto arder demasiadas veces este país. A veces el fuego empieza con una chispa eléctrica; otras, con una omisión.

Pero siempre —siempre— termina revelando lo mismo: un sistema que aprende tarde, que promete mucho y recuerda poco.

Cada incendio, cada colapso, cada inundación es una metáfora de lo que somos: un territorio que se repite a sí mismo en su propia fragilidad.

Vivimos entre alarmas que nadie escucha y simulacros que tranquilizan más que enseñan.
La cultura del riesgo se volvió un acto de fe, no de conocimiento.

He aprendido que en México los desastres no se miden por magnitud, sino por memoria.
            Y en eso, el olvido nos supera. Cuando todo se apaga, el país sigue igual: los discursos intactos, las causas intactas, las heridas abiertas.

Solo cambian los nombres y las fechas, como si la tragedia tuviera calendario oficial.

Pero incluso entre las ruinas, hay señales de vida. He visto estudiantes de protección civil estudiar con devoción, bomberos que revisan equipo sin presupuesto, profesores que enseñan ética junto a la técnica, comunidades que se organizan sin permiso de nadie.

En ese esfuerzo silencioso —no en el ruido del poder— vive la posibilidad de un país distinto.

Porque lo que mantiene en pie a México no son sus instituciones, sino su gente. La que carga cubetas, la que rescata perros entre el humo, la que levanta techos con retazos y esperanza.
            Ahí está la verdadera resiliencia: en el gesto anónimo, en la voluntad que no se rinde, en la ética civil que todavía respira bajo las cenizas.

No sé si este país algún día entenderá que la prevención no es gasto, sino dignidad; que la ética no es ornamento, sino cimiento. Pero sigo creyendo que sí puede.

Porque cada vez que el fuego vuelve, también vuelven las manos que lo enfrentan.
Y mientras esas manos existan, México no será solo un país de desastres, sino un país de sobrevivientes que todavía se atreve a esperar.

Y eso, aunque duela, ya es una forma de esperanza.

 Referencias

OCDE. (2017). Integrity Review of Mexico: Taking a Stronger Stance Against Corruption. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/9789264278022-en

Sanromán Aranda, R. (2015). Ethical principles and civil obligation.

Falcón-Cortés, A., Aldana, A., & Larralde, H. (2021).  

Coordinación General de Protección Civil del Estado de México. (2020). Consultores Externos: Documento oficial. Gobierno del Estado de México.

World Justice Project. (2022). Mexico States Rule of Law Index 2021–2022. https://worldjusticeproject.org


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