INFRA ROJO La Línea del Riesgo
El país de las 2,500 interpretaciones (Tercera
Parte)
La política del desastre: cuando el riesgo se
volvió negocio y narrativa
Por José Rafael Moya Saavedra
I. La política del desastre
He aprendido, después de
tantos años observando incendios, derrumbes, explosiones y tormentas, que en
México el desastre no destruye poder: lo consolida.
Cada tragedia se convierte en un escenario donde el discurso sustituye a la
acción y el dolor colectivo se administra con eficacia mediática.
En este país, la emergencia
es el nuevo lenguaje del control.
La protección civil —que
alguna vez fue concebida como disciplina de Estado, con fundamento técnico y
espíritu humanista— terminó colonizada por la política.
Los manuales quedaron en los
estantes; lo que importa ahora es la imagen del funcionario con casco, el
sobrevuelo del helicóptero, la conferencia de prensa entre ruinas.
He estado en esas escenas. He
visto cómo el fuego aún humea y, sin embargo, ya hay cámaras esperando la
declaración del día. He visto cómo la prioridad deja de ser salvar, y pasa a
ser narrar: la tragedia convertida en relato, la gestión del riesgo
convertida en guion.
La política del desastre tiene un guion predecible.
· Primero,
el impacto: sirenas, declaraciones, condolencias.
· Luego,
la promesa: “no volverá a pasar”.
· Después,
el olvido.
· Y al
final, la foto: funcionarios recorriendo los escombros, con chalecos limpios y
frases ensayadas sobre resiliencia.
Mientras tanto, los sistemas
siguen sin presupuesto, las comunidades sin capacitación y los consultores
éticos sin contratos. El riesgo no se gestiona: se recicla. El desastre no se
enfrenta: se administra.
II. De la gestión al espectáculo
La gestión de riesgos se
convirtió en espectáculo político. Cada emergencia es ahora una oportunidad
para medir presencia, empatía y control.
El desastre funciona como
espejo electoral: entre más visible sea el funcionario, más se le percibe como “cercano”.
Las zonas cero se convirtieron
en foros mediáticos donde se disputa la narrativa de la compasión. He visto
alcaldes que llegan con convoyes de cámaras, gobernadores que improvisan
discursos frente a casas aún humeantes, presidentes que ordenan
reconstrucciones inmediatas sin diagnóstico alguno. Todo para demostrar acción,
aunque lo único que se multiplique sea la improvisación.
En México, el desastre da votos. No
porque la gente crea, sino porque la gente olvida. La tragedia se
recicla con cada administración: nuevas siglas, mismos errores, igual ausencia
de ética.
He escuchado a más de un
político decir en voz baja que “una buena inundación” o “una
crisis bien manejada” puede mejorar los índices de aprobación.
Y lo dicen sin cinismo
aparente, como si el sufrimiento ajeno fuera un componente más de la planeación
estratégica.
III. La política del desastre: negocio y
narrativa
El concepto de “la
política del desastre” describe con precisión una realidad mexicana: la
captura de la gestión del riesgo como negocio administrativo y como narrativa
política.
Durante décadas, la política
pública frente a los desastres se construyó sobre la reacción y no sobre la
prevención.
Esta lógica redituable —donde
la tragedia garantiza visibilidad, recursos y contratos— convirtió el desastre
en moneda política y fuente de lucro.
La eliminación del FONDEN en
2020 no erradicó el problema: lo desplazó hacia un control más discrecional y
opaco, donde la ayuda depende de la voluntad del poder.
Así, la reconstrucción
sustituyó a la previsión, y la compasión televisada reemplazó la
responsabilidad técnica.
Esta “mercantilización
del riesgo” ocurre cuando intereses políticos o empresariales
transforman la gestión técnica en oportunidad de negocio: aseguradoras
fantasmas, contratos sin transparencia, consultores sin perfil técnico, o
narrativas del desastre diseñadas para justificar transferencias
extraordinarias mientras la prevención efectiva queda marginada.
La narrativa oficial
transforma cada tragedia en una bandera. Se habla de “cómo se respondió”
más que de “por qué no se previno.” Y en ese desliz semántico se
esconde la omisión estructural: el Estado que no previene se celebra a sí mismo
por reaccionar.
Casos emblemáticos de la política del desastre
FONDEN y la politización de recursos
El Fondo de Desastres
Naturales (FONDEN) se transformó en símbolo de discrecionalidad. Auditorías de
la ASF documentaron la asignación irregular de contratos, el inflado de daños y
la canalización de recursos hacia empresas vinculadas políticamente. Su desaparición
en 2020 no resolvió el problema: lo centralizó.
(Fuente: Auditoría Superior de la Federación, Informes de Fiscalización
2018-2020).
Guardería ABC (Sonora, 2009)
El incendio reveló la ausencia
de normativas vinculantes y la contratación por afinidad política. La narrativa
gubernamental privilegió la “reacción ejemplar”, ocultando que el origen fue la
corrupción estructural y la falta de vigilancia técnica.
(Fuente: CNDH Recomendación 49/2009; Comisión Investigadora del Senado).
Incendio Waldo’s (Hermosillo, 2025)
Una cadena de negligencias
—instalaciones fuera de norma, sistemas sin validación y permisos vencidos—
expuso la fragilidad del control estatal. El caso se transformó en espectáculo
político, con promesas mediáticas y sanciones tardías.
(Fuente: Protección Civil Sonora; reportes periodísticos 2025).
Seguros fantasma y omisiones en Veracruz
Durante inundaciones recientes
se descubrió que varias pólizas de protección civil eran inexistentes o sin
cobertura. Las autoridades desviaron la atención hacia el dramatismo del
evento, dejando impunes los contratos fraudulentos.
(Fuente: Contraloría del Estado de Veracruz, Congreso Local, 2024-2025).
Sismos de 2017 y reconstrucción selectiva
El discurso de la “reconstrucción
solidaria” ocultó un proceso de distribución desigual de recursos.
Contratos dirigidos, favoritismos electorales y opacidad en los censos
reflejaron el uso político de la tragedia.
(Fuente: ASF; Transparencia Mexicana; Animal Político, 2018-2019).
Estos episodios confirman que
la tragedia en México no es solo un fenómeno natural ni una falla
institucional: es un reflejo moral. Cuando el desastre se vuelve negocio y
narrativa, el riesgo deja de medirse en intensidad y se mide en conveniencia.
IV. El riesgo como industria
He visto contratos firmarse
con más prisa que un plan de emergencia. He visto cómo las tragedias abren una
puerta invisible: la del negocio.
Después de cada desastre
aparecen los mismos apellidos, las mismas empresas, los mismos consultores
improvisados que ofrecen soluciones milagrosas, licitaciones a modo y
diagnósticos “exprés”.
En México, el riesgo tiene
presupuesto, pero no ética. El desastre se convirtió en industria: genera
gasto, contratos, viáticos, asesorías y licitaciones directas disfrazadas de
urgencia.
Mientras los damnificados
siguen esperando materiales, las cuentas públicas muestran cifras millonarias
en “acciones de reconstrucción” que pocas veces llegan a destino.
V. Medios, discurso y desinformación
He visto cómo la tragedia se
convierte en contenido. En cada desastre hay cámaras que llegan antes que las
ambulancias, y funcionarios que declaran mientras las víctimas aún gritan entre
los escombros.
Los medios ya no informan el
riesgo: lo administran emocionalmente. La emergencia se edita, se musicaliza,
se empaqueta para consumo rápido.
El incendio o el derrumbe se
reducen a una secuencia que genera empatía momentánea y olvido inmediato. La
televisión necesita héroes, y la política los fabrica. El noticiero necesita
drama, y el gobierno lo ofrece.
Así, medios y poder construyen
una coreografía donde el fuego ilumina al funcionario y la tragedia humaniza su
imagen.
VI. El ciudadano frente a la catástrofe
administrada
Cada vez que ocurre una tragedia, la
gente sale primero. Antes que el Estado, antes que las autoridades, antes que
las cámaras.
He visto madres organizando
evacuaciones, vecinos levantando muros de contención, voluntarios improvisando
refugios. La sociedad mexicana tiene una capacidad de reacción admirable.
Pero esa virtud se ha convertido, paradójicamente, en excusa del poder.
El discurso oficial celebra “la
solidaridad del pueblo” para encubrir la ineficacia del sistema.
Se aplaude la fuerza ciudadana porque suple lo que el gobierno no hace. Y
así, el heroísmo cotidiano se vuelve parte del paisaje del abandono.
He escuchado testimonios de
familias que, tras perderlo todo, agradecen que “al menos vinieron los
vecinos”. No mencionan a Protección Civil, ni a la autoridad, ni al
consultor que firmó el programa inexistente. Porque nunca llegaron, o llegaron
tarde. El Estado aparece después, cuando la tragedia ya es nota.
En ese vacío institucional, el
ciudadano aprende a sobrevivir sin confiar. Aprende que el riesgo no es
natural, sino político. Que las alertas pueden ser selectivas, las inspecciones
negociables, los simulacros de papel. Y aprende, también, que la prevención no
da votos, pero la tragedia sí.
En el México de la catástrofe
administrada, el ciudadano se defiende con su propia intuición.
Sabe leer las grietas mejor que los dictámenes, siente el olor del gas antes
que el sensor lo detecte, escucha el río antes de que la autoridad lo declare
desbordado.
Porque ha aprendido —a la
fuerza— que el sistema no lo protegerá.
Y sin embargo, sigue actuando.
Sigue organizando colectas, cargando cubetas, arriesgando la vida por otros. Esa
ética civil, esa fuerza espontánea, es lo único que impide que el país colapse
del todo.
Pero también es la prueba más dolorosa de que la institucionalidad ha fallado.
VII. La reconstrucción pendiente
He vuelto, meses después, a
algunos de esos lugares donde la tragedia dejó cicatrices.
En Hermosillo, en Tula, en Tihuatlán, en Acapulco. Y lo que encuentro no es
reconstrucción, sino resistencia.
· Las
casas siguen sin techo, pero las familias ya levantaron paredes de cartón y
dignidad.
· Las
escuelas improvisaron aulas bajo lonas, los vecinos organizaron colectas, los
paramédicos voluntarios aún guardan botiquines con lo que pueden.
La verdadera reconstrucción no la hace el gobierno: la
hace la gente.
En Chiapas, conocí
brigadistas comunitarios que patrullan por las noches para prevenir incendios
forestales.
En Veracruz, madres que
elaboran sus propios planes de evacuación porque “no confían en los de la
autoridad”.
En Guerrero,
pescadores que aprendieron a leer el mar mejor que cualquier sistema de alerta
temprana.
En todos esos casos, la
prevención se sostiene por la ética del ciudadano, no por la estructura del
Estado.
He visto también otro tipo de
reconstrucción: la del discurso. Pasado el desastre, los gobiernos publican
informes llenos de cifras, logros y fotografías con cintas inaugurales.
·
Dicen “reconstruimos” cuando
apenas remendaron.
· Dicen “lecciones
aprendidas” cuando lo que hay son errores repetidos.
La reconstrucción verdadera no
empieza con presupuesto, sino con memoria. Y la memoria, en México, es un bien
escaso.
Cada administración sepulta la
anterior, y con ella los aprendizajes, los registros, las evaluaciones. Volvemos
a empezar desde cero, pero con menos confianza y más desconfianza.
He aprendido que la
resiliencia no es resistirlo todo, sino aprender a no repetir lo mismo.
Y en eso, como país, seguimos reprobando.
Aun así, en cada tragedia
encuentro signos de esperanza: comunidades que se organizan, jóvenes que se
forman como técnicos de emergencia, instituciones académicas que buscan
profesionalizar el servicio.
La reconstrucción más
importante no es de concreto, sino de conciencia.
Y esa —pese a todo— ya comenzó.
VII. País de cenizas que aún respira
He visto arder demasiadas
veces este país. A veces el fuego empieza con una chispa eléctrica; otras, con
una omisión.
Pero siempre —siempre— termina
revelando lo mismo: un sistema que aprende tarde, que promete mucho y recuerda
poco.
Cada incendio, cada colapso,
cada inundación es una metáfora de lo que somos: un territorio que se repite a
sí mismo en su propia fragilidad.
Vivimos entre alarmas que
nadie escucha y simulacros que tranquilizan más que enseñan.
La cultura del riesgo se volvió un acto de fe, no de conocimiento.
He aprendido que en México los
desastres no se miden por magnitud, sino por memoria.
Y en eso, el olvido nos supera. Cuando todo se apaga, el país sigue igual: los
discursos intactos, las causas intactas, las heridas abiertas.
Solo cambian los nombres y las
fechas, como si la tragedia tuviera calendario oficial.
Pero incluso entre las ruinas,
hay señales de vida. He visto estudiantes de protección civil estudiar con
devoción, bomberos que revisan equipo sin presupuesto, profesores que enseñan
ética junto a la técnica, comunidades que se organizan sin permiso de nadie.
En ese esfuerzo silencioso —no
en el ruido del poder— vive la posibilidad de un país distinto.
Porque lo que mantiene en pie
a México no son sus instituciones, sino su gente. La que carga cubetas, la que
rescata perros entre el humo, la que levanta techos con retazos y esperanza.
Ahí está la verdadera resiliencia: en el gesto anónimo, en la voluntad que no
se rinde, en la ética civil que todavía respira bajo las cenizas.
No sé si este país algún día
entenderá que la prevención no es gasto, sino dignidad; que la ética no es
ornamento, sino cimiento. Pero sigo creyendo que sí puede.
Porque cada vez que el fuego
vuelve, también vuelven las manos que lo enfrentan.
Y mientras esas manos existan, México no será solo un país de desastres, sino
un país de sobrevivientes que todavía se atreve a esperar.
Y eso, aunque duela, ya es una forma de esperanza.
Referencias
OCDE. (2017). Integrity Review of Mexico: Taking a
Stronger Stance Against Corruption. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/9789264278022-en
Sanromán Aranda,
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Falcón-Cortés, A., Aldana, A., & Larralde,
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oficial. Gobierno del Estado de México.
World Justice
Project. (2022). Mexico
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