domingo, 15 de marzo de 2026




INFRA ROJO

Cuando la prevención se vuelve ceremonia

Por Jose Rafael Moya Saavedra 

        La fotografía fue tomada durante la entrega del Premio PREVER, uno de los reconocimientos internacionales más conocidos en el ámbito de la prevención de riesgos laborales. A primera vista, la imagen parece impecable: trajes oscuros, sonrisas medidas, medallas que devuelven la luz del auditorio. El telón negro del fondo ofrece un decorado neutro, como si la realidad pudiera suspenderse unos minutos para que todo encaje en el encuadre perfecto. Pero basta detenerse un poco más para descubrir que, detrás de esta escena de premios, se revela algo más complejo que la simple celebración de la prevención: la tensión permanente entre el reconocimiento público y el trabajo silencioso que sostiene la seguridad todos los días.

        En la primera fila, los reconocidos sostienen sus diplomas con ambas manos, como si temieran que se les resbalaran. El papel grueso, blanco, orillado en rojo, parece pesar más que las horas de trabajo que representa. Algunos miran fijo a la cámara; otros desvían la mirada, atrapados entre el orgullo y una incomodidad difícil de nombrar. La sonrisa de protocolo se queda a medio camino: ni felicidad desbordada ni gesto neutro. Es la expresión de quien sabe que, mientras posa para la foto, en la planta, en la obra o en la oficina los riesgos no se detienen a aplaudir.

        Detrás de ellos, los pendones de las empresas y organizaciones forman un muro de logotipos que promete seguridad, salud laboral, innovación en prevención. Es el paisaje pulcro del lenguaje institucional de la protección: colores sólidos, eslóganes redondos, palabras como “compromiso”, “excelencia”, “cultura preventiva”. Afuera del auditorio, sin embargo, hay espacios de trabajo donde el casco se usa solo cuando viene la visita, donde el procedimiento escrito nunca llegó al turno de la noche, donde la prisa de la producción empuja, cada día, un poco más allá del límite aceptable.

        El estandarte de colores vivos irrumpe en la monotonía de sacos grises y corbatas discretas. Verde, rojo, dorado: la idea de patria bordada en hilo brillante, sostenida por un hombre de uniforme impecable, insignias alineadas al milímetro. El símbolo arrastra consigo una larga tradición de disciplina y jerarquía: la lógica de la orden que se cumple sin preguntar. A su alrededor, técnicos, directivos y especialistas hablan de participación, de diálogo, de “cultura de seguridad” compartida. La escena encarna esa tensión: entre el mando vertical que históricamente administró el riesgo y el enfoque que hoy exige escuchar a quienes lo viven todos los días.

        La Gestión Integral del Riesgo se cuela en esta ceremonia, aunque nadie la nombre explícitamente. Habla de identificar amenazas, reconocer vulnerabilidades, medir probabilidades, evaluar consecuencias, decidir qué riesgos se aceptan y cuáles se reducen. No ocurre en un solo momento ni en un solo lugar: es un proceso que tiene algo de cartografía y algo de negociación permanente. En cambio, la foto fija solo captura el último eslabón de la cadena: el instante en que el trabajo previo se convierte en diploma, en placa, en aplauso.

        Las placas metálicas, redondas y brillantes, parecen pequeños soles en las manos de los galardonados. En su superficie pulida no se ven, pero podrían estar inscritos nombres que no subirán nunca al escenario: el trabajador que avisó tres veces de una fuga, el supervisor que se negó a “acelerar” un procedimiento inseguro, la enfermera de empresa que documentó un patrón de incidentes repetidos. Son gestos cotidianos que encarnan, sin ceremonia, los principios de la gestión integral: identificar el peligro, exponerlo, insistir en que no puede seguir ahí. Sin esos actos silenciosos, el sistema no funciona, aunque el diploma diga lo contrario.

        La entrega del Premio PREVER celebra, al menos en el discurso, una ética que afirma que la seguridad no es un costo, sino un compromiso con la vida. La gestión integral del riesgo formula esa idea de otra manera: recuerda que ningún reconocimiento clausura la amenaza, que el peligro no desaparece porque alguien reciba una medalla. Obliga a preguntarse qué amenazas no están en la foto, qué vulnerabilidades siguen sin analizarse, qué exposiciones continúan tolerándose porque cambiarlas cuesta dinero, tiempo o prestigio. El riesgo, después de todo, no se deja retratar con facilidad.

        Mirada con atención, la escena del auditorio ofrece pequeñas sorpresas. Un gesto de cansancio en el rostro de alguien que seguramente ha visto accidentes de cerca. Un traje que no oculta la marca del uniforme de trabajo que tuvo que quitarse a toda prisa para llegar a tiempo. El celular que vibra en un bolsillo y recuerda que, en otro lugar, una máquina se detuvo, un reporte está pendiente, un indicador se disparó. Esa vibración silenciosa es quizá la imagen más fiel de la gestión integral: el recordatorio de que el sistema nunca está completamente cerrado, de que siempre hay una amenaza nueva, una vulnerabilidad recién descubierta, un riesgo que se reconfigura.

        La fotografía, al final, congelará este instante: la fila ordenada de reconocidos, el estandarte firme, los logotipos vigilando desde el fondo. Lo que no quedará registrado son las preguntas incómodas que sobreviven al flash. ¿Cuántas de estas organizaciones han discutido en serio sus fallas estructurales? ¿Cuántas han escuchado a quienes viven el riesgo en la primera línea? ¿Cuántas han convertido un incidente en oportunidad de aprendizaje y no en simple estadística? Esa es la mirada que propone la Gestión Integral del Riesgo: no detenerse en la ceremonia, sino usarla como espejo para revisar, detrás del brillo de las placas, la arquitectura real de la protección.

        Tal vez el desafío para quienes hoy sostienen diplomas y medallas sea que la próxima vez la fotografía no se tome solo en un auditorio, sino también en una línea de producción rediseñada, en una obra donde los trabajadores participan en el análisis de riesgos, en un consejo de administración donde la vulnerabilidad tenga el mismo peso que las utilidades. Cuando eso ocurra, la prevención ya no será solo motivo de ceremonia: será, por fin, la expresión cotidiana de una gestión integral que se practica incluso cuando no hay cámaras delante.

 


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