INFRA ROJO
Cuando la prevención se vuelve ceremonia
Por Jose Rafael Moya Saavedra
La fotografía fue tomada durante la entrega del Premio
PREVER, uno de los reconocimientos internacionales más conocidos en el
ámbito de la prevención de riesgos laborales. A primera vista, la imagen parece
impecable: trajes oscuros, sonrisas medidas, medallas que devuelven la luz del
auditorio. El telón negro del fondo ofrece un decorado neutro, como si la
realidad pudiera suspenderse unos minutos para que todo encaje en el encuadre
perfecto. Pero basta detenerse un poco más para descubrir que, detrás de esta
escena de premios, se revela algo más complejo que la simple celebración de la
prevención: la tensión permanente entre el reconocimiento público y el trabajo
silencioso que sostiene la seguridad todos los días.
En la primera fila, los reconocidos sostienen sus diplomas
con ambas manos, como si temieran que se les resbalaran. El papel grueso,
blanco, orillado en rojo, parece pesar más que las horas de trabajo que
representa. Algunos miran fijo a la cámara; otros desvían la mirada, atrapados
entre el orgullo y una incomodidad difícil de nombrar. La sonrisa de protocolo
se queda a medio camino: ni felicidad desbordada ni gesto neutro. Es la
expresión de quien sabe que, mientras posa para la foto, en la planta, en la obra
o en la oficina los riesgos no se detienen a aplaudir.
Detrás de ellos, los pendones de las empresas y
organizaciones forman un muro de logotipos que promete seguridad, salud
laboral, innovación en prevención. Es el paisaje pulcro del lenguaje
institucional de la protección: colores sólidos, eslóganes redondos, palabras
como “compromiso”, “excelencia”, “cultura preventiva”. Afuera del auditorio,
sin embargo, hay espacios de trabajo donde el casco se usa solo cuando viene la
visita, donde el procedimiento escrito nunca llegó al turno de la noche, donde
la prisa de la producción empuja, cada día, un poco más allá del límite
aceptable.
El estandarte de colores vivos irrumpe en la monotonía de
sacos grises y corbatas discretas. Verde, rojo, dorado: la idea de patria
bordada en hilo brillante, sostenida por un hombre de uniforme impecable,
insignias alineadas al milímetro. El símbolo arrastra consigo una larga
tradición de disciplina y jerarquía: la lógica de la orden que se cumple sin
preguntar. A su alrededor, técnicos, directivos y especialistas hablan de
participación, de diálogo, de “cultura de seguridad” compartida. La escena encarna
esa tensión: entre el mando vertical que históricamente administró el riesgo y
el enfoque que hoy exige escuchar a quienes lo viven todos los días.
La Gestión Integral del Riesgo se cuela en esta ceremonia,
aunque nadie la nombre explícitamente. Habla de identificar amenazas, reconocer
vulnerabilidades, medir probabilidades, evaluar consecuencias, decidir qué
riesgos se aceptan y cuáles se reducen. No ocurre en un solo momento ni en un
solo lugar: es un proceso que tiene algo de cartografía y algo de negociación
permanente. En cambio, la foto fija solo captura el último eslabón de la
cadena: el instante en que el trabajo previo se convierte en diploma, en placa,
en aplauso.
Las placas metálicas, redondas y brillantes, parecen
pequeños soles en las manos de los galardonados. En su superficie pulida no se
ven, pero podrían estar inscritos nombres que no subirán nunca al escenario: el
trabajador que avisó tres veces de una fuga, el supervisor que se negó a
“acelerar” un procedimiento inseguro, la enfermera de empresa que documentó un
patrón de incidentes repetidos. Son gestos cotidianos que encarnan, sin
ceremonia, los principios de la gestión integral: identificar el peligro, exponerlo,
insistir en que no puede seguir ahí. Sin esos actos silenciosos, el sistema no
funciona, aunque el diploma diga lo contrario.
La entrega del Premio PREVER celebra, al menos en el
discurso, una ética que afirma que la seguridad no es un costo, sino un
compromiso con la vida. La gestión integral del riesgo formula esa idea de otra
manera: recuerda que ningún reconocimiento clausura la amenaza, que el peligro
no desaparece porque alguien reciba una medalla. Obliga a preguntarse qué
amenazas no están en la foto, qué vulnerabilidades siguen sin analizarse, qué
exposiciones continúan tolerándose porque cambiarlas cuesta dinero, tiempo o
prestigio. El riesgo, después de todo, no se deja retratar con facilidad.
Mirada con atención, la escena del auditorio ofrece pequeñas
sorpresas. Un gesto de cansancio en el rostro de alguien que seguramente ha
visto accidentes de cerca. Un traje que no oculta la marca del uniforme de
trabajo que tuvo que quitarse a toda prisa para llegar a tiempo. El celular que
vibra en un bolsillo y recuerda que, en otro lugar, una máquina se detuvo, un
reporte está pendiente, un indicador se disparó. Esa vibración silenciosa es
quizá la imagen más fiel de la gestión integral: el recordatorio de que el
sistema nunca está completamente cerrado, de que siempre hay una amenaza nueva,
una vulnerabilidad recién descubierta, un riesgo que se reconfigura.
La fotografía, al final, congelará este instante: la fila
ordenada de reconocidos, el estandarte firme, los logotipos vigilando desde el
fondo. Lo que no quedará registrado son las preguntas incómodas que sobreviven
al flash. ¿Cuántas de estas organizaciones han discutido en serio sus fallas
estructurales? ¿Cuántas han escuchado a quienes viven el riesgo en la primera
línea? ¿Cuántas han convertido un incidente en oportunidad de aprendizaje y no
en simple estadística? Esa es la mirada que propone la Gestión Integral del
Riesgo: no detenerse en la ceremonia, sino usarla como espejo para revisar,
detrás del brillo de las placas, la arquitectura real de la protección.
Tal vez el desafío para quienes hoy sostienen diplomas y
medallas sea que la próxima vez la fotografía no se tome solo en un auditorio,
sino también en una línea de producción rediseñada, en una obra donde los
trabajadores participan en el análisis de riesgos, en un consejo de
administración donde la vulnerabilidad tenga el mismo peso que las utilidades.
Cuando eso ocurra, la prevención ya no será solo motivo de ceremonia: será, por
fin, la expresión cotidiana de una gestión integral que se practica incluso
cuando no hay cámaras delante.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario