viernes, 20 de febrero de 2026

 


INFRA ROJO |Serie:  Calor extremo 2026 (3)

La temporada que dejó de ser excepción

INFRA ROJO · Entrega 3

CUANDO | Las horas en que la ciudad se vuelve peligrosa

Por Jose Rafael Moya Saavedra

En la Ciudad de México el riesgo no entra de golpe. Entra por horas.

        A las seis de la mañana todavía se puede abrir la ventana. El aire es fresco. En zonas altas del sur o del poniente incluso hay frío. Ese primer tramo del día refuerza la idea de que “no está tan mal”, de que el calor será soportable.

Pero el reloj empieza a correr.

        Entre las diez y las once de la mañana, el sol ya no ilumina: incide. La radiación se vuelve directa sobre una ciudad hecha de concreto, asfalto y vidrio. No hay nubes que filtren, no hay viento suficiente que limpie. La CDMX empieza a calentarse desde el suelo hacia arriba.

A partir de ahí, cada hora suma riesgo.

        Entre las 11:00 y las 16:00 se abre la ventana crítica. Es el periodo en el que coinciden casi todos los factores:

  • máxima radiación solar,
  • temperaturas en ascenso,
  • tráfico intenso,
  • mayor actividad laboral y escolar,
  • aire estancado en la cuenca.

        Es la franja horaria donde el calor deja de ser incomodidad y empieza a ser amenaza fisiológica. El cuerpo se deshidrata más rápido. La presión arterial se descompensa. La fatiga nubla decisiones. Y, sin embargo, es justo cuando más gente está en la calle.

La ciudad sigue funcionando porque siempre ha funcionado así.

Pero el problema no es solo el mediodía.
El problema es la acumulación.

        Cuando marzo llega más caliente de lo habitual, el sistema urbano no alcanza a “enfriarse” de un día para otro. Las noches no disipan del todo el calor almacenado. Las azoteas siguen calientes. El concreto sigue irradiando. El cuerpo empieza el siguiente día sin haber recuperado del todo.

        Ahí aparece el segundo momento crítico: el tercer o cuarto día consecutivo de calor.

        No importa tanto el pico aislado, sino la persistencia. Tres días seguidos con calor y radiación intensa bastan para disparar:

  • más contingencias ambientales,
  • más consultas médicas,
  • más errores operativos,
  • más incendios periféricos.

La CDMX no colapsa el primer día. Se desgasta.

        Marzo 2026 es especialmente delicado por eso: llega antes de que la ciudad entre mental y operativamente en “modo calor”. Todavía hay actividades físicas al aire libre sin ajuste. Todavía no se reprograman horarios. Todavía se subestima el riesgo porque “no es mayo”.

Y luego está el tercer tiempo del riesgo: la tarde.

        Entre las cuatro y las siete, cuando el sol empieza a bajar, el calor no desaparece. Se queda atrapado. El aire sigue sucio. El tráfico se intensifica. El cansancio acumulado del día pesa más. Es una franja silenciosa, pero peligrosa, donde se mezclan fatiga, contaminación y estrés.

Finalmente, llega la noche.
No refresca como antes.

            Las temperaturas mínimas suben poco a poco, imperceptiblemente. Dormir cuesta más. El cuerpo no descansa igual. Al día siguiente, el umbral de tolerancia al calor es más bajo. El ciclo se repite.

        Eso es lo que hace distinto al riesgo térmico en la Zona Metropolitana del Valle de México: no es un evento, es una secuencia.

Horas críticas dentro de días críticos dentro de meses cada vez más largos.

Y mientras tanto, la ciudad no ajusta su ritmo.
Las escuelas no cambian horarios.
Las obras siguen al sol.
El transporte sigue saturado.
Los parques se llenan justo cuando el ozono está más alto.

I        nfra Rojo subraya esto porque aquí se juega la prevención real: el riesgo no se gestiona solo con pronósticos, sino con reconocimiento del tiempo peligroso.

Marzo 2026 no será crítico todo el día, todos los días.
Será más inquietante: lo será por momentos, suficientes para cobrar factura si no se reconocen.

 

2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gracias por leer con atención.

      Efectivamente, es un tema que debe abordarse con seriedad, porque el riesgo térmico no se presenta como catástrofe visible, sino como desgaste acumulativo.

      No estamos ante un evento extraordinario aislado, sino frente a una secuencia de horas críticas dentro de días consecutivos de exposición, en una ciudad que aún no ajusta su ritmo operativo al nuevo escenario climático.

      La prevención real pasa por reconocer esas ventanas de peligro: reprogramar actividades, adaptar horarios laborales y escolares, ajustar rutinas urbanas y, sobre todo, dejar de subestimar marzo como si aún fuera una tregua térmica.

      El calor extremo ya no es excepción.
      Es condición estructural.

      Y como tal, requiere decisiones estructurales.

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