INFRA ROJO
El día que tembló antes del simulacro... y el sistema no
estaba listo
México entre la alerta y la ausencia de prevención
Por Jose Rafael Moya Saavedra
I. Crónica de un ensayo involuntario
A días del simulacro nacional, la
naturaleza decidió adelantarse al libreto oficial.
La mañana del 4 de mayo, a las
9:19 horas, un sismo de magnitud 5.6 con epicentro en la costa de Oaxaca activó
las alertas en altavoces de varias ciudades, entre ellas la Ciudad de México.
La reacción fue la de siempre: evacuaciones ordenadas, oficinas desalojadas,
gente en las calles mirando hacia arriba como intentando confirmar que el
movimiento había sido real.
Pero esta vez hubo un silencio distinto.
Millones de teléfonos celulares,
que en la narrativa reciente forman parte del nuevo "escudo
tecnológico" frente a los sismos, no emitieron ninguna alerta. Mientras
los altavoces repetían el mensaje, los dispositivos personales —convertidos ya en
una extensión de la percepción del riesgo— permanecieron mudos.
El episodio fue, en los hechos,
un simulacro no planeado. Un ensayo general involuntario del Primer Simulacro
Nacional 2026.
Y lo que dejó ver fue algo más
que una falla técnica: mostró hasta qué punto la política sísmica mexicana ha
reducido la prevención a un sonido que, como hoy, puede no llegar.
II. La explicación oficial... y la paradoja
La explicación llegó rápido.
La Agencia de Transformación
Digital informó que la plataforma de alertamiento en celulares se encontraba
en "mantenimiento rápido" como parte de la
preparación del simulacro del 6 de mayo, y por eso no se envió la alerta al
sismo real.
Es decir: mientras el país se
preparaba para probar el sistema,el sistema estaba parcialmente fuera de
operación.
No es solo una paradoja técnica; es una decisión política.
Porque en un país sísmico, la
continuidad del alertamiento no es opcional: es una condición mínima de
seguridad.
Todo sistema puede fallar. El
error no es la falla misma, sino haber diseñado la protección como si nunca
fuera a fallar.
III. El problema no es la falla... es la dependencia
Aquí aparece el núcleo del problema: México ha construido
una cultura de alerta, pero no una cultura de prevención.
La diferencia es profunda.
La cultura de alerta funciona así:
- suena
→ reacciono
- No
suena → no pasa nada
- falla
→ "el sistema no sirve"
La cultura de prevención implicaría algo distinto:
- entender
el riesgo
- reducir
vulnerabilidades
- prepararse
incluso sin aviso
Lo ocurrió el 4 de mayo demuestra que hemos apostado por lo
primero.
Y eso nos deja expuestos.
El día que la señal no llega, lo
único que nos sostiene es lo que hayamos construido antes: edificios mejor
hechos, organización, memoria, acuerdos mínimos sobre qué hacer cuando la
tecnología no responde.
IV. El marco normativo: lo que dice el papel
Desde el punto de vista institucional, el país no carece de
herramientas.
La Ley General de Protección Civil establece
con claridad que la gestión del riesgo debe ser:
- Integral
- preventiva
- orientada
a la reducción de vulnerabilidades
El Marco de Sendai
(2015–2030) —suscrito por México— es todavía más explícito: la
prioridad no es reaccionar mejor cuando ya ocurrió el desastre, sino reducir
el riesgo antes de que ocurra.
En el ámbito laboral, normas como
la NOM-001-STPS-2008 (condiciones de seguridad en centros de
trabajo) obligan a:
- identificar
riesgos
- fortalecer
estructuras
- capacitar
al personal
Y se suman otras normas de
seguridad que insisten en lo mismo: no depender solo de una señal de
emergencia, sino transformar las condiciones que vuelven vulnerables los
espacios de trabajo.
Ninguna de estas normas coloca la alerta como eje del
sistema.
Sin embargo, en la práctica, eso es exactamente lo que ha
ocurrido.
V. El simulacro como ritual de Estado
El simulacro nacional debería ser una herramienta de
aprendizaje.
Pero en muchos casos se ha convertido en otra cosa:
- un
evento mediático
- una
coreografía institucional
- un
indicador de participación, no de resiliencia
Se mide:
- Cuántas
Personas Evacuaron
- cuánto
tiempo tardaron
- cuántos
altavoces funcionaron
Pero no se mide:
- qué
edificios siguen siendo vulnerables
- qué
rutas de evacuación son inviables
- qué
protocolos fallan en condiciones reales
El resultado es un fenómeno conocido: simulación sin
transformación.
No se trata de desechar el
simulacro. Ha salvado vidas, ha instalado reflejos útiles y ha obligado a
muchas instituciones a pensar, al menos un día al año, en el tema.
El problema es conformarse con la
coreografía sin intervenir en las condiciones que harán mortal al siguiente
sismo.
VI. Tres capas de vulnerabilidad expuestas
El sismo del 4 de mayo dejó ver tres niveles de fragilidad:
1. Técnica
Un sistema de alerta que puede
quedar parcialmente inhabilitado por mantenimiento, sin garantías claras de
redundancia operativa.
2. Política
Una discusión centrada en el
símbolo —la "alerta presidencial", el mensaje, el volumen— más que en
la eficacia del sistema.
3. Pedagógica
Una ciudadanía entrenada para
evacuar... pero no para comprender el riesgo.
Es la escena cotidiana: oficinas
que realizan un simulacro impecable en edificios con grietas visibles; escuelas
con rutas de evacuación pintadas en el piso, pero bardas inestables; mercados
con salidas marcadas y pasillos saturados.
La forma se cumple, el fondo
permanece igual.
VII. El riesgo de una ciudadanía espectadora
El modelo actual genera una lógica peligrosa:
- la
gente espera la señal
- actúa
durante unos minutos
- regresa
a la normalidad
- olvida
Sin ello:
- Organización
Vecinal Sostenida
- memoria
operativa del riesgo
- Exigencia
estructural al Estado
Y eso es crítico.
Porque los desastres no ocurren por el sismo... ocurren por
la vulnerabilidad.
Mientras la conversación pública
gire solo alrededor de si sonó o no sonó la alerta, seguirán quedando fuera las
preguntas incómodas:
¿en qué condiciones están nuestros edificios?,
¿quién supervisa que las normas se cumplan?,
¿qué rutas tenemos para denunciar un riesgo antes de que se convierta en
tragedia?
VIII. La lección incómoda
El 4 de mayo no fue un gran sismo.
Fue algo más revelador: un espejo.
Un momento en el que la
naturaleza interrumpió el guion institucional y mostró el sistema tal como es.
Y lo que mostró es incómodo:
·
No falló la tierra.
·
Falló la forma en que decidimos prepararnos para
cuando se mueva.
Cierre
México seguirá temblando.
Eso es inevitable.
Lo que no debería ser inevitable
es que la protección dependa de una señal.
Porque el día que esa señal no
llegue —como ocurrió parcialmente hoy— lo
único que quedará será lo que se haya construido antes.
Y hoy, esa construcción sigue siendo insuficiente.
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