domingo, 7 de septiembre de 2025

 

INFRA ROJO – Crónica

Las culebras del viento: tradición del susto, ausencia de prevención

Por Jose Rafael Moya Saavedra

 

El 3 de septiembre de 2025, San Cristóbal de las Casas amaneció con un cielo encapotado. De pronto, el viento se arremolinó con fuerza y apareció la figura alargada, serpenteante, que los vecinos conocen demasiado bien: la culebra. El tornado recorrió barrios como Mexicanos, El Cerrillo y Santa Lucía, arrancando techos, derribando árboles y dejando tras de sí miedo y destrucción.

En Mexicanos, las familias relatan el pánico doméstico: “pensé que la casa se iba a venir abajo, los vidrios temblaban y las puertas parecían a punto de salir volando”. Otro vecino cuenta: “todo pasó en menos de cinco minutos, pero fue suficiente para quedarnos sin luz y ver la calle llena de ramas y láminas”.

En El Cerrillo, la herida fue económica: comerciantes del mercado artesanal vieron cómo sus puestos quedaban aplastados en cuestión de minutos. Una locataria resumió la angustia: “cuando salimos, el techo ya no estaba y los vecinos gritaban buscando ayuda; lo peor es que nos quedamos sin trabajo de un día para otro”.

Y en Santa Lucía, entre ramas caídas y calles bloqueadas, la solidaridad se mezcló con el caos: “escuchamos un estruendo, luego corrimos a ayudar; los bomberos llegaron rápido, pero parecía que la culebra nos había dejado sin aire”.

No es la primera vez. En los últimos 18 años, 24 tornados tipo “culebra” han descendido sobre San Cristóbal. Y sin embargo, cada episodio se vive como si fuera una sorpresa inevitable. La ciudad parece no reconocer que estas serpientes de viento no son anomalías: son parte del clima, del relieve y de la temporada de lluvias que año con año vuelve a recordarnos nuestra vulnerabilidad.

Lo cotidiano —los mercados, los techos de lámina, las plazas coloniales— se convierte en terreno frágil ante el embate de estas ráfagas. Los testimonios coinciden: miedo, crisis nerviosas, pérdidas materiales, suspensión de luz, calles cerradas. Pero también revelan algo más profundo: la memoria corta del riesgo. Cada vez se limpia, se repara y se vuelve a empezar, sin que se consoliden medidas estructurales de prevención.

La culebra no es solo un fenómeno meteorológico: es también un espejo social. En San Cristóbal, la tradición es nombrar y temer al viento, pero la prevención estructural sigue ausente. Techos endebles, mercados sin refuerzo, planes comunitarios insuficientes… todo queda expuesto cada vez que la serpiente baja del cielo.

Porque en México no solo en Chiapas se presentan estas “culebras”: Chimalhuacán, Coyuca de Benítez, Sainapuchi, Hidalgo, Oaxaca, Veracruz y la Península también las han visto y padecido. Y en cada sitio la historia se repite: susto, improvisación, memoria efímera.

Las culebras del viento seguirán apareciendo. La pregunta es si seguiremos respondiendo con asombro y miedo, o si lograremos convertir el susto en acción preventiva. Porque mientras la tradición sea nombrarlas y temerlas, y no reforzar casas, mercados y comunidades, la ausencia de prevención será siempre la verdadera amenaza.

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