INFRA ROJO – Crónica
Las culebras del viento: tradición del susto, ausencia de
prevención
Por Jose Rafael Moya Saavedra
El 3 de septiembre de 2025, San
Cristóbal de las Casas amaneció con un cielo encapotado. De pronto, el viento
se arremolinó con fuerza y apareció la figura alargada, serpenteante, que los
vecinos conocen demasiado bien: la culebra. El tornado recorrió barrios
como Mexicanos, El Cerrillo y Santa Lucía, arrancando techos, derribando
árboles y dejando tras de sí miedo y destrucción.
En Mexicanos, las familias
relatan el pánico doméstico: “pensé que la casa se iba a venir abajo, los
vidrios temblaban y las puertas parecían a punto de salir volando”.
Otro vecino cuenta: “todo pasó en menos de cinco minutos, pero fue
suficiente para quedarnos sin luz y ver la calle llena de ramas y láminas”.
En El Cerrillo, la herida
fue económica: comerciantes del mercado artesanal vieron cómo sus puestos
quedaban aplastados en cuestión de minutos. Una locataria resumió la angustia: “cuando
salimos, el techo ya no estaba y los vecinos gritaban buscando ayuda; lo peor
es que nos quedamos sin trabajo de un día para otro”.
Y en Santa Lucía, entre
ramas caídas y calles bloqueadas, la solidaridad se mezcló con el caos: “escuchamos
un estruendo, luego corrimos a ayudar; los bomberos llegaron rápido, pero
parecía que la culebra nos había dejado sin aire”.
No es la primera vez. En los
últimos 18 años, 24 tornados tipo “culebra” han descendido sobre San
Cristóbal. Y sin embargo, cada episodio se vive como si fuera una sorpresa
inevitable. La ciudad parece no reconocer que estas serpientes de viento no son
anomalías: son parte del clima, del relieve y de la temporada de lluvias que
año con año vuelve a recordarnos nuestra vulnerabilidad.
Lo cotidiano —los mercados, los
techos de lámina, las plazas coloniales— se convierte en terreno frágil ante el
embate de estas ráfagas. Los testimonios coinciden: miedo, crisis nerviosas,
pérdidas materiales, suspensión de luz, calles cerradas. Pero también revelan
algo más profundo: la memoria corta del riesgo. Cada vez se limpia, se
repara y se vuelve a empezar, sin que se consoliden medidas estructurales de
prevención.
La culebra no es
solo un fenómeno meteorológico: es también un espejo social. En San Cristóbal,
la tradición es nombrar y temer al viento, pero la prevención estructural sigue
ausente. Techos endebles, mercados sin refuerzo, planes comunitarios
insuficientes… todo queda expuesto cada vez que la serpiente baja del cielo.
Porque en México no solo en
Chiapas se presentan estas “culebras”: Chimalhuacán, Coyuca de
Benítez, Sainapuchi, Hidalgo, Oaxaca, Veracruz y la Península también las
han visto y padecido. Y en cada sitio la historia se repite: susto,
improvisación, memoria efímera.
Las culebras del
viento seguirán apareciendo. La pregunta es si seguiremos respondiendo con
asombro y miedo, o si lograremos convertir el susto en acción preventiva.
Porque mientras la tradición sea nombrarlas y temerlas, y no reforzar casas,
mercados y comunidades, la ausencia de prevención será siempre la verdadera
amenaza.
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