viernes, 12 de septiembre de 2025

 

INFRA ROJO

De San Juanico al Puente de la Concordia: dos CÓDIGOS NEGROS, una misma lección

 Por Jose Rafael Moya Saavedra

El reloj apenas marcaba las 14:20 de la tarde cuando un estruendo sacudió el oriente de la Ciudad de México. Una pipa de gas estalló en el Puente de la Concordia y el fuego se elevó como una antorcha que se veía a kilómetros de distancia. El humo negro cubrió el cielo y el sonido de las sirenas se multiplicó entre las avenidas, anunciando que la capital enfrentaba una emergencia de gran escala.

“¡Código Negro!”, se escuchó en la radio de los cuerpos de emergencia. La frase breve, seca, fue la señal para los hospitales: todos debían prepararse. No era un simulacro ni una alarma menor. Era la máxima alerta hospitalaria, la orden de alistar quirófanos, abrir áreas de quemados, movilizar personal y esperar lo peor: decenas de heridos graves.

En minutos, los helicópteros Cóndor comenzaron a descender en azoteas de hospitales especializados. Ambulancias llegaban en fila a las puertas de urgencias. Dentro, médicos y enfermeras corrían contra el reloj, preparando camillas, revisando insumos, abriendo salas. Afuera, familiares con el rostro tiznado por el humo buscaban un nombre en las listas improvisadas de lesionados.

El Hospital Rubén Leñero, el Belisario Domínguez, el Balbuena, el Juan Ramón de la Fuente, entre otros, recibieron el primer embate. Algunos pacientes llegaron con quemaduras de segundo y tercer grado, otros con fracturas múltiples, otros apenas sostenidos por el hilo de la respiración. En la desesperación, muchos familiares denunciaron falta de medicamentos y materiales: vendas, antibióticos, sedantes. “Nos dijeron que compráramos lo que faltaba”, relató una mujer mientras mostraba la receta escrita a mano.

Mientras tanto, en el Centro Regulador de Urgencias Médicas (CRUM) se desplegaba el mapa de la ciudad con luces rojas parpadeantes. La Secretaría de Salud coordinaba los traslados y el flujo de pacientes. “No hay saturación absoluta”, insistieron los voceros oficiales. Pero los hechos decían otra cosa: la red hospitalaria estaba bajo presión máxima, sostenida por la coordinación, el esfuerzo del personal médico… y el apoyo de la sociedad que improvisaba centros de acopio de medicinas y vendas.

La ciudad recordaba así, en carne viva, lo que significaba vivir al borde del colapso hospitalario. No era la primera vez: en 1984, con las explosiones de San Juanico, la capacidad hospitalaria fue rebasada al punto de la improvisación. Hoy, cuatro décadas después, el sistema es más sólido, pero la vulnerabilidad persiste.

El Código Negro: la señal de máxima alerta

No todos lo saben, pero detrás de esa frase seca —“Código Negro”— se esconde el mecanismo que pone a la red hospitalaria de la capital en estado de guerra contra la muerte.

En la Ciudad de México, el Código Negro es la clave que activa la máxima alerta hospitalaria. No significa colapso, significa que el sistema entra en su capacidad total de respuesta. Los quirófanos se abren, las áreas de quemados se habilitan, los médicos de guardia reciben refuerzos, y el personal que estaba fuera de turno recibe llamadas para presentarse de inmediato.

La lógica es simple y brutal: en un desastre con decenas de heridos graves, los hospitales deben funcionar como un solo cuerpo. Lo que importa no es la rutina, sino salvar el mayor número de vidas.

El protocolo lo establece la Secretaría de Salud de la CDMX, en coordinación con el Sistema de Atención Médica de Urgencias (SAMU) y el Centro Regulador de Urgencias Médicas (CRUM). Cuando la Dirección General de un hospital autoriza la activación, toda la red se articula bajo un mando único, con la lógica del Sistema de Comando de Incidentes.

En cuestión de minutos, el “código negro” se traduce en imágenes concretas:

  • Camillas alineadas en pasillos improvisados como áreas de triage.
  • Médicos de bata verde corriendo entre salas con rostros concentrados.
  • Puertas de quirófanos abiertas más horas de lo habitual.
  • Familiares esperando en la intemperie, sosteniendo recetas y botellas de agua, mientras buscan información.

La ciudad entera se convierte en un hospital expandido. Lo que falta en una sala puede llegar de otra, lo que se satura en un centro se distribuye en otro. El mapa de la emergencia se enciende con luces rojas, y la consigna es una sola: resistir la presión de la tragedia.

Hospitales bajo presión: la batalla en los pasillos

El Hospital Rubén Leñero fue de los primeros en sentir la presión. En cuestión de minutos, la sala de urgencias se llenó de cuerpos envueltos en sábanas chamuscadas, pacientes que gritaban de dolor y médicos que corrían de un lado a otro. “Lo más duro fueron los niños, llegaron con quemaduras muy graves”, dijo un enfermero que llevaba el rostro cubierto por una mascarilla ennegrecida de humo.

En el Hospital Belisario Domínguez, la imagen era similar: familiares con recetas en la mano buscaban farmacias cercanas para comprar antibióticos, analgésicos y sedantes. “Nos dijeron que no había suficiente en ese momento y que teníamos que ayudar”, relató la madre de un joven internado con quemaduras de segundo grado.

El Hospital Balbuena habilitó pasillos como áreas de triage. El personal médico improvisó camillas con tablones y sábanas, mientras los helicópteros Cóndor descargaban pacientes graves en hospitales de alta especialidad como el Instituto Nacional de Rehabilitación.

La falta de insumos se hizo evidente. Vendas, gasas, antibióticos, sedantes para pacientes con quemaduras: todo empezó a escasear en pocas horas. Ante esa realidad, se activaron centros de acopio en universidades, parroquias y plazas públicas. Lo que el Estado no alcanzaba a cubrir de inmediato, lo cubrían ciudadanos con donaciones: cajas de guantes, botellas de agua, medicamentos comprados de bolsillo.

La Secretaría de Salud aseguró que no hubo “saturación absoluta”. Pero en los pasillos, la palabra más escuchada era otra: desbordados.

“Yo tenía cinco pacientes al mismo tiempo”, reconoció una residente de urgencias. “Era decidir a quién ponerle primero el analgésico, a quién estabilizar, a quién mandar al quirófano. Eso es lo que significa el Código Negro: trabajar en el límite”.

San Juanico 1984 vs. Puente de la Concordia 2025: dos heridas, un mismo espejo

Para muchos médicos veteranos, la explosión en el Puente de la Concordia revivió un fantasma: San Juanico, 19 de noviembre de 1984. Aquella madrugada, la cadena de explosiones de gas licuado en San Juan Ixhuatepec convirtió al Valle de México en escenario de guerra. Las cifras oficiales hablan de más de 500 muertos y 2,000 heridos graves. La realidad superó cualquier cálculo: hospitales rebasados, familias improvisando curaciones en patios, cuerpos apilados en morgues improvisadas.

En contraste, en 2025 la magnitud fue menor: alrededor de 10 muertos y más de 90 heridos graves. Sin embargo, la señal de alarma fue la misma: la capacidad hospitalaria se tensó hasta el límite.

Las diferencias son claras:

  • En 1984 no existían protocolos de triage masivo ni coordinación centralizada; hoy, el Código Negro y el CRUM permiten organizar traslados y distribuir pacientes.
  • En San Juanico hubo faltantes masivos de insumos y la sociedad tuvo que improvisar atención; en 2025, aunque hubo escasez puntual, la infraestructura actual permitió contener mejor la emergencia.
  • Hace cuatro décadas, las morgues se desbordaron y se cavaron fosas comunes; hoy, la logística mortuoria pudo manejarse sin colapso.

Pero también persisten las sombras:

  • En ambos casos, la sociedad civil tuvo que intervenir con donaciones y acopios para cubrir lo que faltaba.
  • La presión hospitalaria fue evidente: médicos trabajando al borde del agotamiento, familiares deambulando con recetas en la mano, y la certeza de que ningún sistema está completamente blindado ante un desastre masivo.

Un médico que trabajó en ambos escenarios lo resumió con crudeza:

En San Juanico llorábamos porque no teníamos nada. Hoy lloramos porque, aunque tenemos más, sigue sin alcanzar”.

Colofón: la fragilidad y la fuerza

Cuando cae la noche sobre la ciudad, los helicópteros han dejado de volar y las sirenas se apagan poco a poco. En los pasillos de los hospitales queda el eco del día: camillas vacías, vendas manchadas, médicos exhaustos con la mirada perdida, familiares dormidos en sillas de plástico. El Código Negro se desactiva, pero la memoria de la emergencia sigue viva.

El Puente de la Concordia se convirtió en símbolo de lo que somos: una ciudad capaz de movilizar a su red hospitalaria, de responder con protocolos, de evitar un colapso absoluto. Pero también un espejo de nuestras heridas: un sistema de salud que aún depende de donaciones, de acopios improvisados, de familias que cubren lo que falta.

La comparación con San Juanico recuerda que hemos avanzado: hoy tenemos helicópteros, triage, protocolos y coordinación. Pero también deja claro que seguimos siendo vulnerables: bastó una explosión para tensar al límite la capacidad hospitalaria de la capital.

En medio de la tragedia, lo que permanece es lo humano. Una enfermera que no soltó la mano de un niño quemado. Un estudiante que corrió a donar vendas y guantes. Una madre que rezaba frente a la puerta cerrada del quirófano.

El Código Negro es, al final, un recordatorio: los hospitales son muros que resisten, pero el verdadero sostén está en quienes los habitan. Cada vida salvada es fruto de un sistema que lucha, pero también de la compasión que florece en los momentos más oscuros.

Porque en esta ciudad, incluso cuando el humo cubre el cielo y la muerte ronda cerca, la vida insiste en abrirse paso.

 

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