INFRA ROJO
De San Juanico al Puente de la Concordia: dos CÓDIGOS
NEGROS, una misma lección
Por Jose
Rafael Moya Saavedra
El reloj apenas marcaba las 14:20
de la tarde cuando un estruendo sacudió el oriente de la Ciudad de México. Una
pipa de gas estalló en el Puente de la Concordia y el fuego se elevó como una
antorcha que se veía a kilómetros de distancia. El humo negro cubrió el cielo y
el sonido de las sirenas se multiplicó entre las avenidas, anunciando que la
capital enfrentaba una emergencia de gran escala.
“¡Código Negro!”, se
escuchó en la radio de los cuerpos de emergencia. La frase breve, seca, fue la
señal para los hospitales: todos debían prepararse. No era un simulacro ni una
alarma menor. Era la máxima alerta hospitalaria, la orden de alistar
quirófanos, abrir áreas de quemados, movilizar personal y esperar lo peor:
decenas de heridos graves.
En minutos, los helicópteros
Cóndor comenzaron a descender en azoteas de hospitales especializados.
Ambulancias llegaban en fila a las puertas de urgencias. Dentro, médicos y
enfermeras corrían contra el reloj, preparando camillas, revisando insumos, abriendo
salas. Afuera, familiares con el rostro tiznado por el humo buscaban un nombre
en las listas improvisadas de lesionados.
El Hospital Rubén Leñero,
el Belisario Domínguez, el Balbuena, el Juan Ramón de la
Fuente, entre otros, recibieron el primer embate. Algunos pacientes
llegaron con quemaduras de segundo y tercer grado, otros con fracturas
múltiples, otros apenas sostenidos por el hilo de la respiración. En la
desesperación, muchos familiares denunciaron falta de medicamentos y
materiales: vendas, antibióticos, sedantes. “Nos dijeron que compráramos
lo que faltaba”, relató una mujer mientras mostraba la receta escrita a
mano.
Mientras tanto, en el Centro
Regulador de Urgencias Médicas (CRUM) se desplegaba el mapa de la ciudad
con luces rojas parpadeantes. La Secretaría de Salud coordinaba los traslados y
el flujo de pacientes. “No hay saturación absoluta”, insistieron
los voceros oficiales. Pero los hechos decían otra cosa: la red hospitalaria
estaba bajo presión máxima, sostenida por la coordinación, el esfuerzo del
personal médico… y el apoyo de la sociedad que improvisaba centros de acopio de
medicinas y vendas.
La ciudad recordaba así, en
carne viva, lo que significaba vivir al borde del colapso hospitalario. No era
la primera vez: en 1984, con las explosiones de San Juanico, la capacidad
hospitalaria fue rebasada al punto de la improvisación. Hoy, cuatro décadas
después, el sistema es más sólido, pero la vulnerabilidad persiste.
El Código Negro: la señal de máxima alerta
No todos lo saben, pero detrás
de esa frase seca —“Código Negro”— se esconde el mecanismo que
pone a la red hospitalaria de la capital en estado de guerra contra la muerte.
En la Ciudad de México, el Código
Negro es la clave que activa la máxima alerta hospitalaria. No
significa colapso, significa que el sistema entra en su capacidad total de
respuesta. Los quirófanos se abren, las áreas de quemados se habilitan, los
médicos de guardia reciben refuerzos, y el personal que estaba fuera de turno
recibe llamadas para presentarse de inmediato.
La lógica es simple y brutal:
en un desastre con decenas de heridos graves, los hospitales deben funcionar
como un solo cuerpo. Lo que importa no es la rutina, sino salvar el mayor
número de vidas.
El protocolo lo establece la Secretaría
de Salud de la CDMX, en coordinación con el Sistema de Atención Médica
de Urgencias (SAMU) y el Centro Regulador de Urgencias Médicas (CRUM).
Cuando la Dirección General de un hospital autoriza la activación, toda la red
se articula bajo un mando único, con la lógica del Sistema de Comando de
Incidentes.
En cuestión de minutos, el “código negro” se
traduce en imágenes concretas:
- Camillas
alineadas en pasillos improvisados como áreas de
triage.
- Médicos
de bata verde corriendo entre salas con rostros
concentrados.
- Puertas
de quirófanos abiertas más horas de lo habitual.
- Familiares
esperando en la intemperie, sosteniendo recetas y
botellas de agua, mientras buscan información.
La ciudad entera se convierte
en un hospital expandido. Lo que falta en una sala puede llegar de otra, lo que
se satura en un centro se distribuye en otro. El mapa de la emergencia se
enciende con luces rojas, y la consigna es una sola: resistir la presión de la
tragedia.
Hospitales bajo presión: la batalla en los
pasillos
El Hospital Rubén Leñero
fue de los primeros en sentir la presión. En cuestión de minutos, la sala de
urgencias se llenó de cuerpos envueltos en sábanas chamuscadas, pacientes que
gritaban de dolor y médicos que corrían de un lado a otro. “Lo más duro
fueron los niños, llegaron con quemaduras muy graves”, dijo un
enfermero que llevaba el rostro cubierto por una mascarilla ennegrecida de
humo.
En el Hospital Belisario
Domínguez, la imagen era similar: familiares con recetas en la mano
buscaban farmacias cercanas para comprar antibióticos, analgésicos y sedantes.
“Nos dijeron que no había suficiente en ese momento y que teníamos que
ayudar”, relató la madre de un joven internado con quemaduras de
segundo grado.
El Hospital Balbuena
habilitó pasillos como áreas de triage. El personal médico improvisó camillas
con tablones y sábanas, mientras los helicópteros Cóndor descargaban pacientes
graves en hospitales de alta especialidad como el Instituto Nacional de
Rehabilitación.
La falta de insumos se hizo
evidente. Vendas, gasas, antibióticos, sedantes para pacientes con quemaduras:
todo empezó a escasear en pocas horas. Ante esa realidad, se activaron centros
de acopio en universidades, parroquias y plazas públicas. Lo que el Estado
no alcanzaba a cubrir de inmediato, lo cubrían ciudadanos con donaciones: cajas
de guantes, botellas de agua, medicamentos comprados de bolsillo.
La Secretaría de Salud aseguró
que no hubo “saturación absoluta”. Pero en los pasillos, la
palabra más escuchada era otra: desbordados.
“Yo tenía cinco pacientes al
mismo tiempo”, reconoció una residente de urgencias. “Era
decidir a quién ponerle primero el analgésico, a quién estabilizar, a quién
mandar al quirófano. Eso es lo que significa el Código Negro: trabajar en el
límite”.
San Juanico 1984 vs. Puente de la Concordia
2025: dos heridas, un mismo espejo
Para muchos médicos veteranos,
la explosión en el Puente de la Concordia revivió un fantasma: San Juanico,
19 de noviembre de 1984. Aquella madrugada, la cadena de explosiones de gas
licuado en San Juan Ixhuatepec convirtió al Valle de México en escenario de
guerra. Las cifras oficiales hablan de más de 500 muertos y 2,000 heridos
graves. La realidad superó cualquier cálculo: hospitales rebasados,
familias improvisando curaciones en patios, cuerpos apilados en morgues
improvisadas.
En contraste, en 2025 la
magnitud fue menor: alrededor de 10 muertos y más de 90 heridos graves.
Sin embargo, la señal de alarma fue la misma: la capacidad hospitalaria se
tensó hasta el límite.
Las diferencias son claras:
- En
1984 no existían protocolos de triage masivo ni coordinación centralizada;
hoy, el Código Negro y el CRUM permiten organizar traslados
y distribuir pacientes.
- En
San Juanico hubo faltantes masivos de insumos y la sociedad tuvo
que improvisar atención; en 2025, aunque hubo escasez puntual, la
infraestructura actual permitió contener mejor la emergencia.
- Hace
cuatro décadas, las morgues se desbordaron y se cavaron fosas comunes;
hoy, la logística mortuoria pudo manejarse sin colapso.
Pero también persisten las sombras:
- En
ambos casos, la sociedad civil tuvo que intervenir con donaciones y
acopios para cubrir lo que faltaba.
- La
presión hospitalaria fue evidente: médicos trabajando al borde del
agotamiento, familiares deambulando con recetas en la mano, y la certeza
de que ningún sistema está completamente blindado ante un desastre
masivo.
Un médico que trabajó en ambos escenarios lo resumió con
crudeza:
“En San Juanico llorábamos porque no teníamos nada.
Hoy lloramos porque, aunque tenemos más, sigue sin alcanzar”.
Colofón: la fragilidad y la fuerza
Cuando cae la noche sobre la
ciudad, los helicópteros han dejado de volar y las sirenas se apagan poco a
poco. En los pasillos de los hospitales queda el eco del día: camillas vacías,
vendas manchadas, médicos exhaustos con la mirada perdida, familiares dormidos
en sillas de plástico. El Código Negro se desactiva, pero la
memoria de la emergencia sigue viva.
El Puente de la
Concordia se convirtió en símbolo de lo que somos: una ciudad capaz de
movilizar a su red hospitalaria, de responder con protocolos, de evitar un
colapso absoluto. Pero también un espejo de nuestras heridas: un sistema
de salud que aún depende de donaciones, de acopios improvisados, de familias
que cubren lo que falta.
La comparación con San Juanico
recuerda que hemos avanzado: hoy tenemos helicópteros, triage, protocolos y
coordinación. Pero también deja claro que seguimos siendo vulnerables: bastó
una explosión para tensar al límite la capacidad hospitalaria de la capital.
En medio de la tragedia, lo
que permanece es lo humano. Una enfermera que no soltó la mano de un niño
quemado. Un estudiante que corrió a donar vendas y guantes. Una madre que
rezaba frente a la puerta cerrada del quirófano.
El Código Negro
es, al final, un recordatorio: los hospitales son muros que resisten, pero el
verdadero sostén está en quienes los habitan. Cada vida salvada es fruto de un
sistema que lucha, pero también de la compasión que florece en los momentos más
oscuros.
Porque en esta ciudad, incluso cuando el humo cubre el
cielo y la muerte ronda cerca, la vida insiste en abrirse paso.
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