sábado, 6 de septiembre de 2025

 

INFRA ROJO

La ciudad partida IV: memoria, cultura y derecho a decidir

Por José Rafael Moya Saavedra

El desalojo nunca es solo un acto legal. Es una herida abierta.


          En Antes del olvido (2018), la cámara de Iria Gómez Concheiro nos dejó ver lo que muchos prefieren ignorar: una vecindad en el Centro Histórico convertida en ruina humana, vecinos arrojados a la calle, pertenencias reducidas a montones bajo lonas. La promesa de “modernización” se traduce en olvido, despojo y ruptura de comunidad.

La gentrificación, presentada como revitalización, en realidad arrasa con lo más profundo de la ciudad: sus memorias. Lo que se pierde no son solo muros ni rentas accesibles, sino el tejido invisible que hace posible la vida urbana: las vecinas que se cuidan entre sí, los mercados donde se transmiten recetas y oficios, las fiestas patronales que dan identidad a un barrio.

Planeación sin comunidad: la ciudad que no escucha

El desarrollo urbano en México sigue marcado por una lógica de escritorio. Los planes se dibujan en oficinas, con mapas que señalan corredores estratégicos, usos de suelo reconfigurados y megaproyectos que atraen inversión. Pero rara vez se consulta a quienes sostienen el barrio día a día.

        Las ciudades se diseñan para el capital, no para la vida. El resultado es una planeación territorial que privilegia el embellecimiento para el turista y el confort del nómada digital, mientras arrasa con las comunidades originarias.

El urbanismo contemporáneo comete un error grave: confundir progreso con sustitución.

  • Se inauguran ciclovías, pero no se pavimentan calles en colonias periféricas.
  • Se construyen torres de cristal, mientras miles de familias viven en asentamientos sin drenaje.
  • Se promueven Airbnb y co-workings, mientras se borran oficios y comercios tradicionales.

La planeación territorial, que debería equilibrar desarrollo, cultura y seguridad, se ha vuelto rehén de la especulación inmobiliaria. Los planes cambian cada sexenio, los usos de suelo se negocian como favores, y las comunidades rara vez son escuchadas.

Memoria y cultura: los cimientos invisibles

Cada colonia es un libro abierto de memoria cultural:

  • El patio de vecindad donde niños jugaban y abuelas contaban historias.
  • El mercado donde las recetas, los olores y los sabores se transmiten como herencia viva.
  • La fiesta patronal que recuerda que el barrio es algo más que coordenadas en un mapa.

    Arrancar esos espacios es condenar a la ciudad a volverse mercancía sin alma.
Porque una ciudad puede tener rascacielos y cafés de autor, pero si no respeta la tradición cultural, lo que construye son vitrinas vacías.

Antes del olvido: espejo y advertencia

En la película, el patio de la vecindad se convierte en símbolo. No es solo espacio físico, es memoria compartida, identidad, raíz. Ese patio nos recuerda que la ciudad no puede planearse sin las voces que le dan vida.

El filme, con actores naturales y personajes entrañables, muestra que el desalojo no solo borra hogares: borra historias. Y al hacerlo, nos advierte del riesgo de una modernización sin alma, que sustituye comunidad por mercado.

 El reto de la planeación territorial

Si queremos ciudades resilientes, la planeación territorial no puede ser solo un documento técnico ni una excusa para la inversión. Necesita integrar cuatro principios básicos:

  1. Participación comunitaria real: escuchar y dialogar con vecinos antes de cualquier cambio de uso de suelo.
  2. Respeto a la tradición cultural: reconocer fiestas, oficios y símbolos barriales como patrimonio vivo.
  3. Equidad en la inversión: que los recursos públicos lleguen primero a las zonas olvidadas, no solo a los corredores turísticos.
  4. Continuidad en el planeamiento: planes que sobrevivan más allá del sexenio, con visión de largo plazo.

            La ciudad debe pensarse como un organismo vivo: con raíces (memoria), con cuerpo (infraestructura) y con alma (comunidad). Desarrollar sin respetar cualquiera de estas dimensiones es condenarla a la fragilidad.

Colofón

La ciudad partida IV nos deja una verdad incómoda: resistir la gentrificación no es aferrarse al pasado, es defender la dignidad de quienes hacen posible la vida urbana.

El futuro de nuestras ciudades dependerá de si tenemos el valor de cambiar la ecuación: dejar de construir vitrinas para el capital y empezar a planear territorios para la vida.

Porque cada desalojo no es solo un cambio de uso de suelo:

·       es un ladrillo arrancado a la memoria colectiva,

·       un patio que se queda sin voces,

·       un barrio que muere un poco más.

La pregunta es clara:

¿seguiremos diseñando ciudades para la foto del “antes y después”, o construiremos ciudades que sepan escuchar y honrar la memoria de quienes les dieron vida?

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