INFRA ROJO
La ciudad partida IV: memoria, cultura y
derecho a decidir
Por José Rafael Moya Saavedra
El
desalojo nunca es solo un acto legal. Es una herida abierta.
En Antes del olvido
(2018), la cámara de Iria Gómez Concheiro nos dejó ver lo que muchos
prefieren ignorar: una vecindad en el Centro Histórico convertida en ruina
humana, vecinos arrojados a la calle, pertenencias reducidas a montones bajo
lonas. La promesa de “modernización” se traduce en olvido, despojo y ruptura de
comunidad.
La gentrificación, presentada
como revitalización, en realidad arrasa con lo más profundo de la ciudad: sus
memorias. Lo que se pierde no son solo muros ni rentas accesibles, sino el
tejido invisible que hace posible la vida urbana: las vecinas que se cuidan
entre sí, los mercados donde se transmiten recetas y oficios, las fiestas
patronales que dan identidad a un barrio.
Planeación sin comunidad: la ciudad que no
escucha
El desarrollo urbano en México
sigue marcado por una lógica de escritorio. Los planes se dibujan en oficinas,
con mapas que señalan corredores estratégicos, usos de suelo reconfigurados y
megaproyectos que atraen inversión. Pero rara vez se consulta a quienes
sostienen el barrio día a día.
Las ciudades se diseñan para el capital, no para la vida. El
resultado es una planeación territorial que privilegia el embellecimiento para
el turista y el confort del nómada digital, mientras arrasa con las comunidades
originarias.
El urbanismo contemporáneo comete un error grave: confundir
progreso con sustitución.
- Se
inauguran ciclovías, pero no se pavimentan calles en colonias periféricas.
- Se
construyen torres de cristal, mientras miles de familias viven en
asentamientos sin drenaje.
- Se
promueven Airbnb y co-workings, mientras se borran oficios y comercios
tradicionales.
La planeación territorial, que
debería equilibrar desarrollo, cultura y seguridad, se ha vuelto rehén de la
especulación inmobiliaria. Los planes cambian cada sexenio, los usos de suelo
se negocian como favores, y las comunidades rara vez son escuchadas.
Memoria y cultura: los cimientos invisibles
Cada colonia es un libro abierto de memoria cultural:
- El
patio de vecindad donde niños jugaban y abuelas contaban historias.
- El
mercado donde las recetas, los olores y los sabores se transmiten como
herencia viva.
- La
fiesta patronal que recuerda que el barrio es algo más que coordenadas en
un mapa.
Arrancar esos espacios es
condenar a la ciudad a volverse mercancía sin alma.
Porque una ciudad puede tener rascacielos y cafés de autor, pero si no respeta
la tradición cultural, lo que construye son vitrinas vacías.
Antes del olvido:
espejo y advertencia
En la película, el patio de la
vecindad se convierte en símbolo. No es solo espacio físico, es memoria
compartida, identidad, raíz. Ese patio nos recuerda que la ciudad no puede
planearse sin las voces que le dan vida.
El filme, con actores
naturales y personajes entrañables, muestra que el desalojo no solo borra
hogares: borra historias. Y al hacerlo, nos advierte del riesgo de una
modernización sin alma, que sustituye comunidad por mercado.
El reto de la planeación territorial
Si queremos ciudades
resilientes, la planeación territorial no puede ser solo un documento técnico
ni una excusa para la inversión. Necesita integrar cuatro principios básicos:
- Participación
comunitaria real: escuchar y dialogar con vecinos antes de
cualquier cambio de uso de suelo.
- Respeto
a la tradición cultural: reconocer fiestas,
oficios y símbolos barriales como patrimonio vivo.
- Equidad
en la inversión: que los recursos públicos lleguen
primero a las zonas olvidadas, no solo a los corredores turísticos.
- Continuidad
en el planeamiento: planes que sobrevivan más allá del
sexenio, con visión de largo plazo.
La ciudad debe pensarse como un organismo vivo: con raíces
(memoria), con cuerpo (infraestructura) y con alma (comunidad). Desarrollar sin
respetar cualquiera de estas dimensiones es condenarla a la fragilidad.
Colofón
La ciudad partida IV nos
deja una verdad incómoda: resistir la gentrificación no es aferrarse al pasado,
es defender la dignidad de quienes hacen posible la vida urbana.
El futuro de nuestras ciudades
dependerá de si tenemos el valor de cambiar la ecuación: dejar de construir
vitrinas para el capital y empezar a planear territorios para la vida.
Porque cada desalojo no es solo un cambio de uso de suelo:
·
es un ladrillo arrancado a la memoria
colectiva,
·
un patio que se queda sin voces,
·
un barrio que muere un poco más.
La pregunta es clara:
¿seguiremos diseñando ciudades para la foto del
“antes y después”, o construiremos ciudades que sepan escuchar y honrar la
memoria de quienes les dieron vida?
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