Tornados tipo “culebra” en México: riesgos recurrentes y
desafíos de prevención
Por José Rafael Moya Saavedra
En el imaginario colectivo, los
tornados pertenecen a Kansas, a películas como Twister, o a los campos
infinitos de Estados Unidos. Sin embargo, México tiene sus propios tornados:
más discretos, más breves, pero igual de letales. Les decimos culebras
porque parecen serpientes que bajan del cielo, torbellinos que se arrastran
retorcidos entre montañas, casas y mercados.
San Cristóbal de las Casas,
Chiapas, es hoy el epicentro de este fenómeno: 24 tornados registrados entre
2007 y 2025. Ahí, la población ha aprendido a convivir con ellos como quien
convive con un visitante incómodo que aparece sin avisar. Pero basta abrir el
mapa para entender que no es un problema exclusivo: el país entero ha
sentido en carne propia estas serpientes de viento.
México en la ruta
de las culebras
📍 Estado de México
(Chimalhuacán).
En pleno corazón urbano, un
torbellino derribó árboles y techos ligeros, y arrojó motociclistas al suelo.
El saldo fue “solo” de daños materiales, pero el miedo corrió más rápido que el
viento. Testigos recuerdan cómo la rutina se detuvo de golpe: el mercado cerró,
la calle quedó vacía, y por un instante todos pensaron en lo peor.
📍 Chihuahua
(Sainapuchi).
Allí el viento no llegó solo:
vino acompañado de granizo y levantó objetos como si fueran hojas secas.
Campesinos aseguraron que nunca habían visto algo así en su vida. En esa
inmensidad del norte, donde se cree que todo es inmóvil y árido, un tornado partió
la memoria en dos.
📍 Guerrero (Coyuca de
Benítez).
En la
costa y la sierra, el viento se llevó techos de casas y negocios. Hubo
lesionados, un recordatorio doloroso de que en regiones donde el mar ya es
amenaza constante, también el cielo tiene su manera de atacar.
📍 Hidalgo (Tepozán,
Almoloya).
Aquí, los
techos de lámina volaron en cuestión de minutos, dejando a diez familias y seis
graneros sin protección. La escena fue tan desconcertante que activaron el Plan
DN-III-E: soldados recogiendo restos de madera, vecinos con crisis nerviosas y
viviendas inhabitables por días.
📍 Oaxaca.
Los cronistas del siglo XIX ya
registraban estas culebras. Una y otra vez dejaron casas y templos destruidos,
y mercados en ruinas. La historia oral oaxaqueña está marcada por ellas: no son
sorpresa, sino parte de una memoria que a veces se olvida… hasta que regresa
con violencia.
📍 Zona Golfo y
Península.
Aquí las llaman trombas marinas.
El espectáculo es hasta pintoresco para el turista: columnas de agua que se
elevan sobre el mar, como si un dedo gigante tocara la superficie. Pero los
pescadores saben la verdad: cuando azotan de lleno, destruyen embarcaciones,
arrancan palapas y dejan comunidades incomunicadas.
📍 Zacatecas.
Menos frecuentes, pero
suficientes para sembrar miedo. La gente los graba con celulares y los sube a
redes sociales, videos virales que dejan ver techos arrancados y polvo en
espiral. Aunque los daños sean menores, la pregunta queda: ¿y si la próxima vez
son más fuertes?
📍 San Cristóbal de las
Casas, Chiapas.
El caso más reciente, en
septiembre de 2025, fue un parteaguas: 77 viviendas dañadas, mercados
afectados, vehículos destruidos, calles sin electricidad y familias enteras en
crisis. Lo más revelador fue la diferencia social del impacto: mientras en el
barrio de Mexicanos las pérdidas fueron familiares —techos, camas, cocinas—, en
El Cerrillo el golpe fue económico: puestos, locales y el mercado artesanal.
Una misma culebra, dos tragedias distintas.
¿Por qué aparecen?
La receta del tornado tipo
culebra está en la atmósfera: aire caliente y húmedo que sube, aire frío que
baja y desestabiliza, cumulonimbus que crecen como torres de vapor, y vientos
que se cruzan y se retuercen.
San
Cristóbal, con sus 2,100 msnm, es un laboratorio natural: lluvias de mayo a
agosto, relieve montañoso, humedad atrapada. Aunque lo reciente demuestra que
ya no respetan calendario: también llegan en septiembre, octubre… o cuando
quieren.
Lo que se hace… y lo que falta
Los gobiernos han intentado responder:
- Alertas
meteorológicas.
- Refuerzo
de techos en barrios con lámina o teja.
- Rutas
de evacuación en mercados y escuelas.
- Brigadas
de limpieza bajo el Plan DN-III-E.
- Entrega
de materiales tras la emergencia.
Pero los desafíos siguen:
- Registro
fragmentado. Cada estado los llama distinto; la estadística nacional
está llena de huecos.
- Viviendas
vulnerables. La lámina sigue siendo destino fatal de estos
torbellinos.
- Cultura
preventiva débil. Aunque la gente ya los vivió, cada vez parece “la
primera vez”.
- Sistematización
escasa. Lo aprendido en un evento rara vez se convierte en política
para el siguiente.
Lo que deberíamos
hacer
- Homologar
registros. Una culebra en Chiapas y una tromba en Yucatán deben ser
parte de la misma base de datos.
- Reforzar
techos y viviendas. No basta con lámina nueva; se requieren materiales
y diseño seguros.
- Incluir
a la comunidad. Simulacros, brigadas locales, memoria social.
- Crear
un banco histórico de fenómenos. Que cada caso sea lección, no solo
anécdota.
- Educar
en riesgos climáticos. No como materia de relleno, sino como parte de
la cultura ciudadana.
Conclusión
El tornado tipo culebra no es un
accidente aislado: es parte del paisaje mexicano, tan nuestro como los
temblores o los huracanes. La diferencia es que aún no lo hemos asumido como
tal.
Hoy el reto no es preguntarnos si
volverán, sino estar listos para que no nos sorprendan.
La prevención no puede seguir siendo la entrega de láminas después de la
tragedia.
Debe convertirse en memoria compartida, en acción colectiva, en políticas que
anticipen.
Porque estas culebras de viento
seguirán bajando del cielo.
La pregunta es: ¿nos van a encontrar preparados o vulnerables?
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