sábado, 6 de septiembre de 2025

 

Tornados tipo “culebra” en México: riesgos recurrentes y desafíos de prevención

Por José Rafael Moya Saavedra

En el imaginario colectivo, los tornados pertenecen a Kansas, a películas como Twister, o a los campos infinitos de Estados Unidos. Sin embargo, México tiene sus propios tornados: más discretos, más breves, pero igual de letales. Les decimos culebras porque parecen serpientes que bajan del cielo, torbellinos que se arrastran retorcidos entre montañas, casas y mercados.

San Cristóbal de las Casas, Chiapas, es hoy el epicentro de este fenómeno: 24 tornados registrados entre 2007 y 2025. Ahí, la población ha aprendido a convivir con ellos como quien convive con un visitante incómodo que aparece sin avisar. Pero basta abrir el mapa para entender que no es un problema exclusivo: el país entero ha sentido en carne propia estas serpientes de viento.

 México en la ruta de las culebras

📍 Estado de México (Chimalhuacán).

En pleno corazón urbano, un torbellino derribó árboles y techos ligeros, y arrojó motociclistas al suelo. El saldo fue “solo” de daños materiales, pero el miedo corrió más rápido que el viento. Testigos recuerdan cómo la rutina se detuvo de golpe: el mercado cerró, la calle quedó vacía, y por un instante todos pensaron en lo peor.

📍 Chihuahua (Sainapuchi).

Allí el viento no llegó solo: vino acompañado de granizo y levantó objetos como si fueran hojas secas. Campesinos aseguraron que nunca habían visto algo así en su vida. En esa inmensidad del norte, donde se cree que todo es inmóvil y árido, un tornado partió la memoria en dos.

📍 Guerrero (Coyuca de Benítez).

              En la costa y la sierra, el viento se llevó techos de casas y negocios. Hubo lesionados, un recordatorio doloroso de que en regiones donde el mar ya es amenaza constante, también el cielo tiene su manera de atacar.

📍 Hidalgo (Tepozán, Almoloya).

              Aquí, los techos de lámina volaron en cuestión de minutos, dejando a diez familias y seis graneros sin protección. La escena fue tan desconcertante que activaron el Plan DN-III-E: soldados recogiendo restos de madera, vecinos con crisis nerviosas y viviendas inhabitables por días.

📍 Oaxaca.

Los cronistas del siglo XIX ya registraban estas culebras. Una y otra vez dejaron casas y templos destruidos, y mercados en ruinas. La historia oral oaxaqueña está marcada por ellas: no son sorpresa, sino parte de una memoria que a veces se olvida… hasta que regresa con violencia.

📍 Zona Golfo y Península.

Aquí las llaman trombas marinas. El espectáculo es hasta pintoresco para el turista: columnas de agua que se elevan sobre el mar, como si un dedo gigante tocara la superficie. Pero los pescadores saben la verdad: cuando azotan de lleno, destruyen embarcaciones, arrancan palapas y dejan comunidades incomunicadas.

📍 Zacatecas.

Menos frecuentes, pero suficientes para sembrar miedo. La gente los graba con celulares y los sube a redes sociales, videos virales que dejan ver techos arrancados y polvo en espiral. Aunque los daños sean menores, la pregunta queda: ¿y si la próxima vez son más fuertes?

📍 San Cristóbal de las Casas, Chiapas.

El caso más reciente, en septiembre de 2025, fue un parteaguas: 77 viviendas dañadas, mercados afectados, vehículos destruidos, calles sin electricidad y familias enteras en crisis. Lo más revelador fue la diferencia social del impacto: mientras en el barrio de Mexicanos las pérdidas fueron familiares —techos, camas, cocinas—, en El Cerrillo el golpe fue económico: puestos, locales y el mercado artesanal. Una misma culebra, dos tragedias distintas.

 ¿Por qué aparecen?

La receta del tornado tipo culebra está en la atmósfera: aire caliente y húmedo que sube, aire frío que baja y desestabiliza, cumulonimbus que crecen como torres de vapor, y vientos que se cruzan y se retuercen.

              San Cristóbal, con sus 2,100 msnm, es un laboratorio natural: lluvias de mayo a agosto, relieve montañoso, humedad atrapada. Aunque lo reciente demuestra que ya no respetan calendario: también llegan en septiembre, octubre… o cuando quieren.

Lo que se hace… y lo que falta

Los gobiernos han intentado responder:

  • Alertas meteorológicas.
  • Refuerzo de techos en barrios con lámina o teja.
  • Rutas de evacuación en mercados y escuelas.
  • Brigadas de limpieza bajo el Plan DN-III-E.
  • Entrega de materiales tras la emergencia.

Pero los desafíos siguen:

  • Registro fragmentado. Cada estado los llama distinto; la estadística nacional está llena de huecos.
  • Viviendas vulnerables. La lámina sigue siendo destino fatal de estos torbellinos.
  • Cultura preventiva débil. Aunque la gente ya los vivió, cada vez parece “la primera vez”.
  • Sistematización escasa. Lo aprendido en un evento rara vez se convierte en política para el siguiente.

 Lo que deberíamos hacer

  1. Homologar registros. Una culebra en Chiapas y una tromba en Yucatán deben ser parte de la misma base de datos.
  2. Reforzar techos y viviendas. No basta con lámina nueva; se requieren materiales y diseño seguros.
  3. Incluir a la comunidad. Simulacros, brigadas locales, memoria social.
  4. Crear un banco histórico de fenómenos. Que cada caso sea lección, no solo anécdota.
  5. Educar en riesgos climáticos. No como materia de relleno, sino como parte de la cultura ciudadana.

 Conclusión

El tornado tipo culebra no es un accidente aislado: es parte del paisaje mexicano, tan nuestro como los temblores o los huracanes. La diferencia es que aún no lo hemos asumido como tal.

Hoy el reto no es preguntarnos si volverán, sino estar listos para que no nos sorprendan.
La prevención no puede seguir siendo la entrega de láminas después de la tragedia.
Debe convertirse en memoria compartida, en acción colectiva, en políticas que anticipen.

Porque estas culebras de viento seguirán bajando del cielo.
La pregunta es: ¿nos van a encontrar preparados o vulnerables?

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