INFRA ROJO La Línea del Riesgo
El país de las 2,500 interpretaciones (Segunda Parte)
El incendio que reveló el vacío moral de la prevención
Por José Rafael Moya Saavedra
Donde el humo revela más que el fuego
El incendio comenzó en silencio,
como suelen empezar las tragedias que nadie quiso evitar. Una chispa, un
cortocircuito, un transformador instalado donde no debía estar: dentro del
local, a escasos metros de los anaqueles. Eran poco más de las tres de la tarde
cuando el humo empezó a llenar la tienda Waldo’s, en Hermosillo.
Afuera, el sol partía la calle en dos mitades luminosas; adentro, la oscuridad
se espesaba con el olor a plástico quemado, a descuido y a omisión.
Cuando las llamas tocaron el
techo, los primeros en correr fueron los empleados. No había rutas de
evacuación señalizadas. No había salidas de emergencia. No había, siquiera, un
plan.
El fuego avanzó con la velocidad
de una verdad que nadie quiere escuchar: el país no está preparado para
prevenir, solo para lamentar.
Las investigaciones posteriores
confirmaron lo que la escena ya gritaba entre las cenizas: el establecimiento
llevaba cuatro años operando sin permisos, sin dictamen, sin programa interno
de protección civil, sin mantenimiento en los sistemas de detección y sin
validaciones técnicas actualizadas. En el lugar había un transformador
eléctrico instalado sin cumplir con la NOM-001-SEDE-2018, una violación
directa a las normas básicas de seguridad eléctrica.
El incendio se extinguió en
cuestión de horas, pero el humo moral tardará años en disiparse.
Porque lo que ardió en Waldo’s no fueron solo mercancías baratas, sino la
credibilidad de todo un sistema que simula prevenir mientras perpetúa la
negligencia.
En los días siguientes, el
gobierno de Sonora removió al titular estatal de Protección Civil y anunció
investigaciones. Sin embargo, lo que se reveló en Hermosillo no fue un hecho
aislado, sino la expresión más visible de una enfermedad nacional: la descomposición
ética e institucional de la protección civil en México.
El dictamen sin verdad y la firma sin conciencia
En el fondo del problema, late
una pregunta que incomoda: ¿qué valor tiene una firma sin conciencia?
En el universo de la protección
civil mexicana, los consultores y responsables técnicos se han convertido en
una figura ambigua. Algunos son verdaderos profesionales; otros, simples
intermediarios del cumplimiento. La diferencia entre ambos no está en el papel
membretado, sino en la ética.
Durante años, la figura del
consultor se deformó. Pasó de ser un garante técnico del cumplimiento normativo
a un facilitador burocrático del negocio. Se multiplicaron los dictámenes
exprés, los programas clonados y las capacitaciones improvisadas,
todo bajo la promesa de “cumplir rápido y sin problemas”.
Lo que antes era una disciplina
técnica rigurosa —fundada en la ciencia, la ingeniería y la responsabilidad
social— se transformó en una industria del trámite.
Una cultura donde el documento
vale más que la acción, la firma más que la verificación, y la simulación más
que la prevención.
Los colegios y organismos
gremiales han advertido desde hace años que la falta de ética profesional
amenaza la seguridad pública. Pero los vacíos institucionales y la
debilidad regulatoria permiten que personas sin acreditación, sin formación y
sin actualización sigan elaborando programas y dictámenes.
Así, la protección civil se
convirtió en un mercado gris: donde se compra la validación, no la competencia.
Cada firma sin sustento es una chispa. Y cada omisión,
una condena que tarde o temprano arde.
El poder de la afinidad sobre la competencia
En la política mexicana, el
mérito técnico suele perder ante la lealtad partidista. La protección civil,
lejos de ser la excepción, es uno de sus laboratorios más evidentes.
En varios estados, los titulares
de las unidades de protección civil son nombrados por afinidad política, no por
experiencia o preparación. En San Luis Potosí, por ejemplo, el perfil
oficial permite asumir el cargo con una certificación básica; en Zacatecas,
los directores municipales fueron designados por compromisos políticos; en Veracruz,
la titular estatal, Guadalupe Osorno Maldonado, ha sido señalada por sus
omisiones durante las inundaciones de 2025, sin contar con formación técnica en
gestión de riesgos; y en Chiapas, tres funcionarios fueron detenidos por
extorsionar a empresarios a cambio de no clausurar sus negocios.
El patrón se repite con precisión
estadística: funcionarios sin conocimiento técnico, decisiones sin sustento
y emergencias sin respuesta.
En teoría, la Ley General de
Protección Civil exige profesionalización; en la práctica, la
discrecionalidad la sustituye. Cada administración reinicia el sistema, cambia
estructuras, borra proyectos, despide técnicos y nombra improvisados. La
prevención pierde memoria cada tres o seis años.
Cuando quien coordina un sistema
de emergencias no distingue entre amenaza, vulnerabilidad y riesgo,
lo que queda es la simulación. Y en la simulación, la tragedia es solo cuestión
de tiempo.
Proveedores que venden seguridad de papel
La cadena del riesgo no se rompe
en los despachos: también se corrompe en los talleres.
Los sistemas de detección, alarma, supresión y evacuación —que deberían ser la
última línea de defensa— son instalados con frecuencia por empresas sin
certificación, sin validaciones técnicas, sin conocimiento actualizado de las
normas NFPA, ISO o NOM aplicables.
El resultado es una
infraestructura que aparenta proteger, pero no resiste una emergencia real.
Alarmas que no suenan, extintores sin presión, sensores mal calibrados,
detectores desconectados o paneles sin respaldo eléctrico. Todo esto validado
por inspectores que, en muchos casos, no comprenden el funcionamiento de lo que
aprueban.
El incendio de Waldo’s
mostró el extremo visible de este fenómeno: equipos inexistentes o
inservibles, aprobados por firmas complacientes.
Es el mismo esquema que se repite
en bodegas industriales, hospitales públicos, escuelas, centros nocturnos y
edificios gubernamentales.
La tecnología de la seguridad ha
avanzado; lo que no ha avanzado es la cultura técnica ni la integridad de
quienes la operan.
Aulas sin brújula, títulos sin sustento
El fuego también alcanza las
aulas. Ahí, donde debería gestarse la nueva generación de gestores de riesgo,
se enseña con materiales obsoletos, programas improvisados y una desconexión
peligrosa con la realidad.
Aunque México cuenta con
licenciaturas y programas técnicos en instituciones como la Escuela Nacional
de Protección Civil o la Universidad Autónoma de la Ciudad de México,
los perfiles de egreso siguen siendo difusos. Cada escuela diseña su propio
enfoque, sin estándares nacionales, sin homologación de competencias y, sobre
todo, sin un eje ético que articule la formación técnica con el sentido de
servicio.
El país produce profesionistas
sin norte: egresados que conocen la jerga, pero no la responsabilidad moral que
implica firmar un dictamen; técnicos que repiten fórmulas, pero no comprenden
el valor humano de la prevención.
En las aulas se habla de
simulacros, pero se enseña poco sobre la simulación como vicio institucional.
Y mientras tanto, la actualización tecnológica —las normas NFPA, las
certificaciones ISO, las prácticas OIT-SAFEWORK— avanza a un
ritmo que las universidades no alcanzan.
El resultado es una brecha
creciente entre lo que se enseña y lo que se exige. Los consultores salen al
campo sin saber evaluar vulnerabilidades, los funcionarios improvisan ante
emergencias, y los organismos públicos operan con estructuras de hace veinte
años. En este contexto, la profesionalización no es una meta: es una deuda.
Chiapas, Veracruz y los otros incendios invisibles
Chiapas: la extorsión como política de inspección
En junio de 2025, tres
funcionarios de la Secretaría de Protección Civil de Chiapas fueron detenidos
por extorsionar a un empresario restaurantero en Tuxtla Gutiérrez. El modus
operandi era tan burdo como frecuente: exigían dinero a cambio de no clausurar
establecimientos.
El caso se volvió símbolo del
deterioro institucional. La autoridad encargada de prevenir el riesgo se
convirtió en una amenaza más.
Tras el escándalo, el gobierno
estatal lanzó una convocatoria de recertificación obligatoria para
consultores y profesionales acreditados. Se revocaron registros, se revisaron
antecedentes, se exigieron comprobantes de formación y experiencia. Un intento
de limpiar el sistema, aunque tardío y parcial.
Chiapas mostró lo que muchos gobiernos esconden: que sin ética pública, la
protección civil se convierte en extorsión legalizada.
Veracruz: la improvisación que costó vidas
En el norte de Veracruz, entre
Poza Rica y Tihuatlán, las lluvias de 2025 dejaron un saldo de destrucción y
muerte.
·
Las alertas no se emitieron a tiempo.
·
Los refugios no se activaron.
·
Las familias evacuaron por cuenta propia.
Y mientras el agua arrasaba
calles y viviendas, la Secretaría de Protección Civil observaba el desastre
desde la distancia burocrática.
La titular, Guadalupe Osorno
Maldonado, fue señalada por legisladores y expertos por carecer de
formación técnica en gestión de riesgos. Antropóloga social de profesión,
enfrentó el desastre con herramientas políticas, no técnicas.
La diputada Lorena Piñón
la acusó de “negligencia institucional” y exigió su destitución,
calificando el nombramiento como “una forma de corrupción que cuesta
vidas”.
El caso evidenció un problema de
fondo: la protección civil no puede ser gestionada por la buena voluntad ni por
el discurso de empatía. Requiere conocimiento, método, ciencia y
responsabilidad moral.
Cuando la técnica se sustituye
por el oficio político, la tragedia se vuelve previsible.
Zacatecas y San Luis Potosí: la costumbre de la
mediocridad
En Zacatecas, la
designación de directores municipales sin experiencia técnica se ha vuelto
rutina.
En San Luis Potosí, la ley
permite ocupar el cargo con una simple certificación básica.
En ambos casos, el resultado es idéntico: estructuras reactivas, cuerpos de
emergencia sin capacitación, protocolos copiados y simulacros diseñados para la
foto.
Ahí, donde debería haber ciencia, hay costumbre. Y donde
debería haber vocación, hay improvisación administrativa.
Ciudad de México: luces y sombras del modelo capitalino
La capital del país es, sin duda,
uno de los referentes más avanzados en materia de gestión de riesgos.
Bajo la conducción de Miriam
Urzúa Venegas, la Secretaría de Gestión Integral de Riesgos y Protección
Civil ha impulsado políticas de prevención sólidas, marcos normativos modernos
y una visión estratégica que vincula la planeación urbana con la reducción del
riesgo. Su formación en geografía y su trayectoria en políticas públicas la
colocan entre las funcionarias más preparadas y comprometidas del sector.
Sin embargo, el problema no está
en la cabeza del sistema, sino en sus extremidades institucionales.
En varias alcaldías y direcciones
locales, la designación de responsables sin formación técnica, sin carrera
profesional en gestión de riesgos y con rotación constante, debilita la
ejecución del modelo capitalino.
La profesionalización parcial genera una paradoja: la Ciudad
de México posee uno de los marcos legales más avanzados del país, pero
su aplicación es desigual y frágil en el territorio.
Un edificio puede ser seguro en
Benito Juárez y riesgoso en Iztapalapa, no por su estructura, sino por la
preparación —o falta de ella— de quien supervisa.
La Secretaría capitalina ha
construido un andamiaje técnico y normativo digno de reconocimiento, pero
mientras las alcaldías sigan siendo islas políticas desconectadas del sistema
central, la ciudad seguirá navegando entre la excelencia institucional y la
vulnerabilidad cotidiana.
Mérito, técnica y vocación: la reconstrucción pendiente
Si algo une a todos estos casos
—Hermosillo, Chiapas, Veracruz, Zacatecas, la Ciudad de México— es la ausencia
de una ética pública del riesgo.
Una cultura que entienda que
proteger la vida no es un trámite ni un contrato: es una vocación de servicio
sustentada en la ciencia, la honestidad y el deber moral.
México necesita un sistema que
devuelva a la protección civil su carácter profesional y su legitimidad ética.
No se trata de una nueva ley,
sino de un nuevo principio: el mérito como norma, la certificación como
garantía, la transparencia como método.
El futuro de la gestión del riesgo en México pasa por tres
pilares:
- Ética
profesional, como cimiento moral.
- Técnica
certificada, como garantía de competencia.
- Permanencia
institucional, como antídoto contra la improvisación.
La prevención no puede seguir
dependiendo de héroes ni de discursos. Debe basarse en estructuras que
funcionen incluso cuando los reflectores se apagan.
Un país que mide su respuesta por el número de
tragedias no es resiliente: es reincidente.
El país que apaga sin prevenir
El humo del incendio en
Hermosillo aún flota sobre las calles, invisible pero persistente. No solo es
el recuerdo de una tienda que ardió, sino el símbolo de un país que confunde la
reacción con la prevención.
Aquí, cada tragedia genera titulares, conferencias, promesas… y olvido. Hasta
que el próximo fuego nos recuerda que seguimos sin aprender.
México es, todavía, un país que apaga sin prevenir. Un
país donde la ética se tramita, la técnica se improvisa y la responsabilidad se
posterga.
Pero también es un país donde
algunos siguen creyendo: bomberos que reclaman estándares, ingenieros que
certifican con rigor, consultores que se niegan a firmar sin verificar,
profesores que enseñan la ética como parte de la ciencia.
Ellos son la línea roja que
separa la simulación del deber. Y mientras esa línea exista, el fuego no habrá
ganado del todo.
Porque el verdadero propósito de la protección civil no es
apagar incendios. Es evitar que vuelvan a empezar.
Referencias normativas y técnicas
- NOM-001-SEDE-2018,
Instalaciones Eléctricas (Utilización). Secretaría de Energía / DGN.
- Ley
General de Protección Civil, Diario Oficial de la Federación,
reforma 2023.
- Ley
de Gestión Integral de Riesgos y Protección Civil de la Ciudad de México,
Gaceta Oficial, 2021.
- NFPA 72 (National Fire Alarm and Signaling Code,
2022).
- ISO
45001:2018, Sistemas de Gestión de la Seguridad y Salud en el
Trabajo.
- OIT-SAFEWORK,
Programa Internacional de Seguridad y Salud en el Trabajo.
Estimado Rafa, muy buen articulo. Comparto la necesidad inmediata de reafirmar la ética profesional.
ResponderBorrarGracias, estimado Rafa. Coincido plenamente contigo: la ética profesional no es un adorno, sino el cimiento de toda gestión responsable. Cuando se pierde ese eje, la prevención se vuelve simulacro y la seguridad, simple trámite. Reafirmar la ética es volver a darle sentido humano a la técnica.
ResponderBorrarUn abrazo fuerte y gracias por leer con mirada crítica y comprometida.
— Rafael Moya