INFRA ROJO
¿Quién gana con el maíz parado?
Por Jose Rafael Moya Saavedra
Ganan, sobre todo, quienes tienen
liquidez, capacidad de almacenar, acceso al crédito y poder para mover las
reglas.
Pierden casi todos los demás.
Cuando el maíz se queda inmóvil
en las bodegas, no se trata de un accidente ni de una falla técnica. Es un escenario
funcional para ciertos actores del sistema agroalimentario, y profundamente
destructivo para el resto del campo.
Los ganadores visibles
Las grandes empresas compradoras
—Maseca/Gruma, Minsa, Cargill y firmas similares— no pierden
cuando el maíz se detiene. Al contrario: ganan margen y tiempo. Con liquidez
suficiente y cadenas de suministro diversificadas, pueden esperar a que el
productor se ahogue en deudas, mientras el grano pierde valor en la bodega.
En la práctica, esto ocurre
mediante contratos de compra anunciados con un precio y un calendario de pago
que, en los hechos, se difieren o se re-negocian. El productor, presionado por
créditos, gastos y plazos, termina aceptando descuentos para cobrar “rápido”.
El diferencial entre el precio
comprometido en mesas oficiales y el precio efectivo que recibe el agricultor
es la porción del subsidio que no llega a la parcela: se queda en manos de
acopiadores e industria.
A su lado operan acopiadores y
grandes bodegueros con espalda financiera, actores menos visibles pero
decisivos. Retienen grano, trasladan costos de almacenamiento al productor y
presionan precios a la baja. Luego venden mejor posicionados, ya sea directamente
a la industria o como intermediarios. En esa intermediación se captura una
renta que no vuelve al campo, sino que se queda en la capa especulativa del
sistema.
Ganancias políticas y financieras
El Estado también obtiene una
ganancia de corto plazo, aunque sea políticamente riesgosa. Al no subir el
precio a 7,200 pesos por tonelada ni rediseñar de fondo la política del maíz,
se ahorra recursos fiscales. Puede afirmar que “ya puso apoyos”, que “acompañó
al productor” y que lo demás es decisión del mercado.
Pero no se trata de un Estado
homogéneo.
A nivel federal, dependencias
como SADER y Segalmex definen precios de referencia, esquemas de
compra y reglas de apoyo que marcan el tono del mercado. A nivel estatal,
gobiernos y organismos locales operan ventanillas, determinan quién entra a los
padrones y cómo se aplican esos lineamientos. Entre ambos niveles, financieras
de fomento y banca comercial terminan fijando, en los hechos, quién puede
aguantar el ciclo y quién queda fuera.
Las reglas de operación de los
apoyos exigen al productor cumplir plazos, entregar documentos y asumir costos
de almacenamiento que no siempre se reconocen plenamente. Mientras tanto,
bancos y financieras siguen cobrando intereses y comisiones sobre créditos
puente que solo se pueden liquidar rematando la cosecha.
El subsidio entra por una
ventanilla, pero sale por otra vía descuentos, comisiones y tiempo perdido.
La responsabilidad de la crisis,
por tanto, no recae en una abstracción llamada “Estado”, sino en decisiones muy
concretas de diseño de programas federales, operación estatal y supervisión —o
ausencia de ella— sobre acopiadores, bodegueros e industria.
Los que pierden (casi todos)
Pierden, primero, los productores
y las comunidades rurales. El maíz sin vender significa deuda, menor inversión,
reducción de superficie sembrada en el siguiente ciclo y desgaste del tejido
social. La protesta, los bloqueos y la radicalización no son capricho: son la
reacción de quienes han sido convertidos en colchón de la especulación ajena.
Pierde también el país.
Mientras hay bodegas llenas sin
comprador, México importa volúmenes récord de maíz, sobre todo amarillo, pero
cada vez más blanco. Se consolida así un modelo en el que la seguridad
alimentaria depende de barcos, traders y precios internacionales, no de la
producción nacional.
El maíz parado hoy es la dependencia de mañana.
La conclusión incómoda
El conflicto no gira solo en torno a un precio.
Gira en torno a quién absorbe el riesgo del modelo agroalimentario.
Hoy, ese riesgo lo cargan los productores.
Las ganancias, en cambio, se concentran.
Si se quisiera repartir el riesgo
de otro modo, habría que mover al menos tres piezas: compras públicas que fijen
un piso real al precio, seguros y financiamiento que protejan al productor en
lugar de al intermediario, y una regulación efectiva sobre acopiadores para
impedir que el maíz parado se convierta en un negocio a costa del campo.
¿Puede hablarse de soberanía alimentaria cuando el
maíz nacional solo vale cuando estorba menos que el importado?
Esa es la pregunta que el maíz
parado deja sobre la mesa. Y mientras no se responda con política pública real
—no solo con apoyos parciales—, la crisis seguirá repitiéndose, ciclo tras
ciclo.
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