martes, 13 de enero de 2026

 

INFRA ROJO – LA CIUDAD QUE ARDE (PARTE III)

Gas, luz y edificios: la política urbana que la Ciudad de México sigue postergando
Por José Rafael Moya Saavedra

En Taxqueña, el gas acumulado explotó.
En Zamora 75, una chispa eléctrica incendió un edificio.

En ambos casos, la ciudad reaccionó bien después.
En ninguno, actuó antes.

La lección conjunta de estas dos escenas no es técnica ni anecdótica. Es política: la Ciudad de México carece de una política urbana explícita para reconvertir el riesgo tecnológico-doméstico en edificios de vivienda. Gas y electricidad —los dos servicios más extendidos y cotidianos— se han convertido también en las dos vías más previsibles del desastre urbano.

El riesgo que se administra, no se reduce

Durante años, la gestión del riesgo en la ciudad ha operado bajo una lógica implícita: contener el daño cuando ocurre, no reducir la probabilidad de que ocurra.

Los datos son conocidos. En la última década, la Ciudad de México ha acumulado cientos de explosiones por gas y decenas de miles de incendios, de los cuales más de la mitad en vivienda se relacionan con cortocircuitos y sobrecargas eléctricas. No se trata de episodios aislados, sino de una recurrencia constante que se repite colonia tras colonia, año tras año.

Aun así, no existe una estrategia integral que trate al gas y a la electricidad como riesgos tecnológicos estructurales, al mismo nivel que sismos o inundaciones. Se les sigue clasificando como “fallas domésticas”, cuando en edificios de varios niveles ya no lo son. En contextos de alta densidad, una fuga o un cortocircuito dejan de ser un problema privado y se convierten en amenaza colectiva.

El edificio como punto ciego de la política urbana

La vivienda multifamiliar es hoy la frontera del riesgo urbano, pero también su mayor vacío normativo.

En la práctica:

  • no hay revisiones periódicas obligatorias de instalaciones de gas en condominios;
  • no existe un programa sistemático de diagnóstico y sustitución de redes eléctricas antiguas;
  • los cuartos de medidores, tanques compartidos y ductos verticales quedan fuera de una supervisión continua;
  • los planes internos de emergencia siguen siendo excepcionales, no regla.

Buena parte de estos incidentes se concentra en edificios construidos entre los años sesenta y noventa, donde instalaciones pensadas para otra demanda hoy soportan más aparatos, más consumo y mayor densidad, sin haber sido reconvertidas. La ciudad regula el uso de suelo, la densidad y la altura, pero no acompaña esa verticalidad con una política equivalente de seguridad tecnológica.

Lo que exige la gestión integral del riesgo (y no se cumple)

Desde la gestión integral del riesgo —y desde el propio Marco de Sendai— el mandato es claro: prevenir la creación de nuevos riesgos y reducir los existentes. No hay distinción entre peligros “naturales” y “tecnológicos” cuando ambos producen pérdidas humanas, materiales y sociales.

Aplicado a la Ciudad de México, eso implicaría al menos cuatro líneas de acción que hoy no existen de forma articulada:

  1. Reconversión de instalaciones
    Programas públicos, con incentivos, créditos o subsidios, para sustituir redes de gas y electricidad envejecidas en edificios multifamiliares, priorizando inmuebles antiguos y zonas de alta recurrencia.
  2. Inspección periódica obligatoria
    No voluntaria ni reactiva. Revisiones técnicas regulares de instalaciones compartidas, con registros verificables y consecuencias reales por incumplimiento.
  3. Gobernanza del edificio
    Obligar a que los condominios cuenten con planes de emergencia por gas e incendios eléctricos, brigadas internas, señalización y protocolos claros de evacuación.
  4. Datos para aprender
    Una base pública integrada de incidentes por gas y electricidad —fugas, flamazos, explosiones, cortocircuitos e incendios— que permita identificar patrones, zonas críticas y fallas recurrentes. Un arreglo mínimo sería el reporte obligatorio y estandarizado de cada evento, su integración periódica en una base pública y mesas de revisión interinstitucionales para traducir datos en intervenciones concretas sobre edificios.

Sin estos elementos, la ciudad seguirá apagando fuegos sin reducir su frecuencia.

El costo de no reconvertir

Cada explosión contenida y cada incendio sofocado sin corrección estructural traslada el costo:

  • a las familias que pierden su hogar,
  • a los vecinos desplazados,
  • a los cuerpos de emergencia saturados,
  • y al erario, que paga atención y reconstrucción, pero no prevención.

La pregunta ya no es si la ciudad puede pagar una política de reconversión tecnológica. La pregunta es cuánto cuesta seguir sin ella.

De lo inevitable a lo inaceptable

Llamar “accidente” a Taxqueña o a Zamora 75 diluye responsabilidades.
Tratar estos eventos como inevitables los normaliza.

La gestión integral del riesgo propone lo contrario: volver políticamente inaceptable que un edificio estalle o arda por fallas previsibles. No como excepción trágica, sino como fracaso de política pública.

Infra Rojo – Parte III

El gas no explota solo.
La electricidad no incendia sola.

Ambos lo hacen donde el mantenimiento se pospone, la inspección se omite y la política urbana decide mirar hacia otro lado. Mientras la ciudad no reconvierta sus edificios, seguirá reaccionando con sirenas. Y cada sirena será la confirmación de una decisión tomada antes: no prevenir.

 

NOTA EDITORIAL

Este análisis se apoya en el Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres, en información pública de la Secretaría de Gestión Integral de Riesgos y Protección Civil de la Ciudad de México, reportes operativos del Heroico Cuerpo de Bomberos y datos de INEGI sobre antigüedad del parque habitacional.

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